Como me comentaba un buen amigo al que admiro mucho por su increible talento y más por su sencillez: “Quizás ser genio es una maldición. A veces el ser humano no está apto para tanto poder”.
Este tema lo escribí antes en una nota más corta pero hoy que estudio formalmente música, después de años de hacerlo empíricamente, lo vuelvo a tocar ahora con un arreglo en escala mayor y un tono más agradable para que lo interpreten a su modo.
“Amadeus” de Milos Forman (1984), adaptación de la obra de teatro de Peter Schaffer, es una película que no me deja de encantar por más veces que la vea. Su majestuosa dirección que la convirtió en una cinta inmortal; la musicalización perfectamente sincronizada en cada escena y por supuesto, la excelente personificación del prodigio irreverente, Mozart,y sus allegados desde su infancia hasta su paupérrimo funeral, la hicieron ganadora de 8 premios de la Academia bien merecidos.
Pero este filme me es entretenida además, por la forma tan interesante en la que narra el cruce de las vidas de Mozart y de Antonio Salieri, quien lo “asesoró” en el ámbito musical. Aunque ambos fueron virtuosos, educados con la más alta excelencia musical, la película muestra sus palmarias diferencias respecto a “lo que nace y lo que se hace”, creando también la disyuntiva entre venerar lo tradicional versus desafiarlo con osadía y nuevas ideas.
Por un lado, el talento absoluto de Wolfgang manifestado en el más insolente estilo de vida. Esa intransigencia respaldada por un don "uno en un millón" innato, movido por el deseo de romper paradigmas y compartir con el mundo lo que, por naturaleza, traía en su mente. A veces arrogante pero con la inocencia y gracia auténtica necesaria para que diera gusto escucharle alardeando de su genialidad. No con verborrea de erudito pretencioso sino a punta de notas magistralmente combinadas.
Y por otro lado, la aptitud musical de Salieri; su inquebrantable disciplina, su firme entrega, lealtad y compromiso con el sistema imperante de la época; sus votos de humildad -y castidad -con los que agradecía el enorme éxito obtenido en su pasión primordial, pero con los que a su vez disimulaba el más profundo recelo de ver como un travieso y carismático personaje lograba opacarlo de forma tan espontánea. La envidia lo consumía al deslumbrarse por la destreza fenomenal de aquel loco insurrecto, carente de todos los valores cultivados por él durante toda la vida, los que le valieron para ser considerado gran maestro compositor de Europa.
Mientras que uno, con su risa maniática, de un solo plumillazo escribía obras de magnitudes jamás antes alcanzadas, el otro utilizaba su agilidad ahora para manipularlo sigilosamente y provocar su fracaso y, como cuentan las malas lenguas, su muerte. Tras el fallecimiento inesperado de su padre, los probelmas económicos y su gusto por el alcohol, Mozart se hunidó en una intensa depresiónn hasta morir en su cama y ser enterrado en una fosa común. No sin antes escribir bajo presión su renombrado Requiem, “ayudado” por su apreciado amigo Antonio Salieri, quien aún no se sabe si fue quien lo finalizó o algún pupilo de Mozart.
Tal como lo comprueban miles de casos psicológicos, donde la ortodoxia extrema nos lleva a perder la sanidad mental, el estricto ideal de Salieri alterado con frustración, lo presionó al punto de conspirar contra su colega, de lo que finalmente se arrepintió, quedando en el manicomio a causa del suicidio fallido con el que pretendía apagar su cargo de conciencia.
Es curioso saber que al único a quien Mozart obedecía con respeto absoluto y hasta miedo era a su padre, quien aún reconociendo la singularidad de su hijo jamás se dejó complacer a causa del desorden y la terquedad soñadora que le caracterizaban. Esto me hace pensar en esa eterna búsqueda de la perfección inherente en todo artista, la cual lo vuelve eternamente inconforme, por buena que haya sido considerada alguna obra previa. Supongo entonces que el reto le resultaba mayor, al no lograr satisfacer del todo a quien, sacrificadamente le permitió desarrollar su extraordinario talento desde niño.
En fin, como narran otras fuentes, quizás esta historia sea pura leyenda, desde la descripición de la personalidad de Mozart hasta su rivalidad con Salieri, pero no se puede negar que este cuento audiovisual supo inventarse para inspirar a muchos. Y es que tanto para los que amamos la música como para los que no, esta situación Mozart-Salieri nos puede sonar conocida en cualquier ámbito, pasatiempo o profesión de la vida.
Se puede, sin haber nacido genios sobresalientes, contar con ese espíritu revolucionario tan estimulante para desarrollar y exponer lo que tanto nos gusta a quien quiera escucharnos y ser recordados por siempre. Sólo hay que tratar que la convicción y la competitividad no nos ciegue de apreciar las virtudes de los demás y las bendiciones adquiridas para ser reconocidos.
Y aunque es obvio que de grandes rencores y tristezas se sacan piezas muy interesantes, cuidado que nuestros celos y resentimiento se vuelven la inspiración para ayudarle a alguien a escribir su Requiem, o el nuestro propio.

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