Es increíble como un ser tan insignificantemente pequeño y hasta cierto grado inofensivo me pueda alterar el sistema nervioso a tal nivel, que si no lo mato, y remato, no puedo seguir enfocado en lo que sea que esté haciendo. La cucaracha es un ser que para mí debe morir mil veces. Es decir, que no le falte una pata para andar sino todas las vidas posibles que lleve en su exoesqueleto carey oscuro. Con ese cuento de que sobreviven hasta un desastre nuclear, prefiero cerciorarme que no haya ni la más mínima posibilidad de que vuelva a mover sus largas antenitas... ni esas patitas peludas tan repugnantes que me producen escalofríos sólo de imaginarlas rozándome la piel. Una serpiente venenosa entre mis sábanas no me espantaría tanto como una cucarachita mandinga, sino pregúntenle a mi ángel de la guarda el insecticida, los apretones que le he dado al dispararle a alguna de cerca convirtiendo todo ese gas tóxico en una ráfaga líquida, ahogando a la condenada hasta dejarla inmóvil. Pocas cosas me producen tanto alivio como esas últimas vibraciones de desesperación que sufren justo antes de pasar a mejor vida.
Tengo un amigo dueño de una fumigadora que me cobra barato, en parte por amistad y también porque sabe bien que mi fobia me hace llamarlo cada dos semanas desde que me mudé. Gracias a eso, aquí no he visto ninguna, ni he descubierto alguno de esos huevecillos en forma de poroto de donde saldrán otras miles... porque según el Discovery Channel, donde hay una hay un montón. Espero nunca vuelva a encontrarme acorralado en una esquina de la regadera al descubrir que hay una –y de las voladoras- caminando sobre la manigueta del agua caliente.
Y es que ahí está el detalle: Llegar a verla. Si no notamos que anda cerca, no habría de qué preocuparse, todo seguiría normal pero la paranoia se desata al saber que por ahí anda la asquerosa y no podremos seguir viviendo hasta exprimirle con el zapato todo esa cremita ámbar que lleva dentro. Si no la pillamos, no pasa nada. Podríamos reiterar entonces que “ojos que no ven, corazón que no siente”. Tal como ocurre cuando hay infidelidad en las relaciones amorosas.
A estas alturas todos hemos de saber lo que se siente cuando hay un insecto merodeando cerca de nuestra pareja. Lo peor es saber que nuestro pastel está siendo lo suficientemente dulce para atraer aún más al insecto. Uno se da cuenta porque… después de todo, ¿quién no ha sido el insecto alguna vez?.
Uno sabe claramente lo que se requiere para meterse sigilosamente por la ventana, esconderse debajo de la cama, permanecer encerrado en el armario hasta poder salir libremente mientras no haya nadie que pisotee nuestros propósitos. Entonces, no es que uno no confíe de su pareja, es que uno desde hace mucho tiempo está clarito en lo insistente y persuasiva que puede ser una alimaña en su intención de pellizcar lo que es ajeno, porque aunque muchos bichitos parecieran no matar una mosca, si la flora es buena y se presta, podrían resultar peor que una plaga de langostas. Así que cuando a uno le provoca aplastar a la arañita, es porque sabe bien que ha estado tejiendo una red muy grande.
Tampoco es nada nuevo que cuando uno anda bien acompañado es cuando más lo voltean a ver. Nuestra acompañante es como un sirope que hace que todas esas abejitas que permanecían calmadas empiecen a revolotear cerca de uno en busca de esa miel privada y exclusiva. Pero cuidado, que si te distraes mucho y descuidas a tu abeja reina, siempre puede aparecer un zángano cuyo único propósito es puyarla. No necesariamente para quedarse con ella, tan sólo para pasar un dulce momento el cual requiere de dos abejorros igual de inquietos (situación tan ponzoñosa que siempre deja a alguno con el corazón inflamado). Así es. La luz que irradia una buena relación de luciérnagas, atrae todo tipo de zancudos. Algunos fáciles de eliminar, otros con los que hay que ser más repelente aún. Yo he visto el veneno que puede dejar una pequeña picada, hasta en las frutas aparentemente más maduras.
En fin. Pienso que para no sentirse seguro -ni de uno hacia alguien ni de alguien hacia uno- es mejor seguir soltero, picando y saboreando libremente el polen de las flores que la naturaleza nos ponga en frente, las cuales a veces vienen en racimos. Por ahí aparecerá alguien que nos deje nuevamente quietos, como bicho en bombillo de luz.
Aún así, hasta en la relación ideal, siempre habrá noches en las que dormiremos con un ojo abierto por el constante zumbido de alitas invasoras al acecho. En ese caso, mejor es embarrarnos de Off mutuamente y descansar tranquilos, confiados y seguros de que ninguna mosca va a comerse lo que no es suyo. Dije simplemente “echarse Off” porque al final es imposible eliminarlos por completo. Insectos siempre habrá. Después de todo es la especie que más habita en el planeta.

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