Viendo algunas fotos de mi boda, descubrí que mi propio hermano dejó entrar a 5
wedding crashers. Aparentemente, como lo muestra la película de David Dobkin,
esta tradición de meternos donde nadie nos ha llamado -mientras haya comida,
guaro y solteras disponibles- seguirá aplicándose hasta el final de la
Humanidad.
Yo en matrimonios nunca me infiltré pero sí en quinceaños. En aquella época no fui invitado a tantos como algunos “niños bien”, populares, de supuesta buena familia…pero aunque me invitaran formalmente, a veces las ganas de colarme, de conspirar e invadir sigilosamente, eran más fuertes que yo. Así que, desde mi teléfono de disco, terminaba llamando a algunos non-gratos para unírmeles e ingeniar la mejor forma de arriesgarnos en grupo.
A muchos lugares entré dándole al bouncer un nombre que acababa de leer en la lista de invitados. A veces algún amigo invitado me prestaba su nombre para entrar antes que él. Cuando llegaba mi cómplice, para comprobar su identidad simplemente mostraba un carné de identificación (y una leve dósis de molestia falsa) mientras uno ya llevaba rato adentro, gozando gratis, pasando desapercibido como mismísimo agente encubierto.
Una vez me metí tanto en el papel de Misión Imposible, que me subí con un amigo al enorme techo de un club social, lo cruzamos entero como reptiles al acecho y caímos, literalmente, por un balcón en la fiesta. Qué SWAT ni qué nada. Mis pasos se escucharon menos que mis latidos palpitando adrenalina.
Así mismo hicimos en todo tipo de reuniones, no importaba si eran organizadas por yeyecitos, por zonians (éstas por razones obvias resultaban más complicadas) o por alguna banda de maleantes en barrios peligrosos. Con nuestros planes bien calculados lográbamos estar en todas. Sumándole que si te castigaban en casa había que zafarse de aquello primero.
Pocos fueron los bullies que nos sacaron de algún evento -recuerdo a uno que nos largó apuntándonos con el revólver de su viejo- pero
con el tiempo, por el simple hecho de haber compartido aquellos años en una sociedad tan pequeña, varios de esos “heroes” de la farándula terminaron siendo buena gente con uno, algunos involucrándose en asuntos bastante más indignantes y bochornosos que invadir chupatas privadas. Las vueltas que da la vida…
Me llegué a meter por tanto patio, muro, puerta trasera y ventana mal cerrada, que sólo cuando me aburrí de hacerlo pude reflexionar sobre lo innecesario que es compartir espacio con gente irrelevante para uno (y viceversa por supuesto). Ah… pero en aquellas dulces primaveras, de malcriaditos con frenos y espinillas, había que demostrar que uno podía mantenerse a flote en cualquier mar de hormonas turbulentas.
Ahora que uno es el que inventa movidas exclusivas y excluyentes, sabe que muy rara vez alguien echará a algún extraño cuando la rumba está buena, a no ser que evidentemente el descarado se esté cagando en la velada. Pero aunque la armonía reine en el ambiente más acogedor, nunca faltará el troglodita borracho, esperando desplegar su power trip con quien sea. En fin.
Si hablamos de odiseas titánicas en el arte de colarse, tendría que resaltar dos fortalezas impenetrables: Las torres Pacific Hills, los multifamiliares más high del Panamá noventero. Para cruzarlos, primero tenías que subir a pié la gran loma de Dos Mares. Si es por tener calle, dudo que alguna generación muleara y se soyara la entrepierna tanto como la nuestra. Luego, para evadir la caseta de seguridad, tenías que escalar un cerro que daba al área social. Si hacías una toma aérea del lugar un viernes por la noche, bien podrías encontrarte con un panal de zánganos -en todo el sentido de la palabra- que con los pantalones llenos de tierra y césped, quedaban bailando en filita (los pela’os frente a las pela’as), cigarillo en mano, bebiendo Malibú con jugo de naranja.
El otro sitio emblemático, también inaccesible pero mucho más severo a la hora de rebotarte: El Hotel Marriott (Ahora el Sheraton) frente a Atlapa. Ningún Caballo de Troya hubiera traspasado las murallas de este imponente monumento greco-romano, el cual siempre tuvo más guardias de seguridad que huéspedes. Hasta en el inodoro te escoltaba un gorila en guayabera y walkie-talkie con evidentes ganas de echarte a patadas. Nunca supe quien fue la quinceañera aquella noche de suerte pero puedo jactarme de haber engañado todas las cámaras del hotel, acompañado de 3 amigos, una década antes del remake de Ocean’s Eleven. Fingiendo jugar en el casino, subimos varios pisos por las escaleras internas hasta llegar a una puerta secundaria del gran salón. Entramos de 2 en 2, abotonándonos el saco con natural indiferencia; la misma que mantuvimos para sacarle el jugo con vodka a aquella celebración. Quedamos saltando en círculo al ritmo de la Salsa de Pedro (en este caso, de Pedro por su casa) abrazados a los familiares de la cumpleañera y fuimos los últimos en irnos con los bolsillos repletos de comida. Como cierre triunfal, recuerdo estar degustando ceviche con el padre de la susodicha, hablando sobre la entonces reciente Invasión Yankee. Comentándole con la boca llena: "Tío, dicen que aquí cayeron buco paracaidistas..."
Yo en matrimonios nunca me infiltré pero sí en quinceaños. En aquella época no fui invitado a tantos como algunos “niños bien”, populares, de supuesta buena familia…pero aunque me invitaran formalmente, a veces las ganas de colarme, de conspirar e invadir sigilosamente, eran más fuertes que yo. Así que, desde mi teléfono de disco, terminaba llamando a algunos non-gratos para unírmeles e ingeniar la mejor forma de arriesgarnos en grupo.
A muchos lugares entré dándole al bouncer un nombre que acababa de leer en la lista de invitados. A veces algún amigo invitado me prestaba su nombre para entrar antes que él. Cuando llegaba mi cómplice, para comprobar su identidad simplemente mostraba un carné de identificación (y una leve dósis de molestia falsa) mientras uno ya llevaba rato adentro, gozando gratis, pasando desapercibido como mismísimo agente encubierto.
Una vez me metí tanto en el papel de Misión Imposible, que me subí con un amigo al enorme techo de un club social, lo cruzamos entero como reptiles al acecho y caímos, literalmente, por un balcón en la fiesta. Qué SWAT ni qué nada. Mis pasos se escucharon menos que mis latidos palpitando adrenalina.
Así mismo hicimos en todo tipo de reuniones, no importaba si eran organizadas por yeyecitos, por zonians (éstas por razones obvias resultaban más complicadas) o por alguna banda de maleantes en barrios peligrosos. Con nuestros planes bien calculados lográbamos estar en todas. Sumándole que si te castigaban en casa había que zafarse de aquello primero.
Pocos fueron los bullies que nos sacaron de algún evento -recuerdo a uno que nos largó apuntándonos con el revólver de su viejo- pero
con el tiempo, por el simple hecho de haber compartido aquellos años en una sociedad tan pequeña, varios de esos “heroes” de la farándula terminaron siendo buena gente con uno, algunos involucrándose en asuntos bastante más indignantes y bochornosos que invadir chupatas privadas. Las vueltas que da la vida…
Me llegué a meter por tanto patio, muro, puerta trasera y ventana mal cerrada, que sólo cuando me aburrí de hacerlo pude reflexionar sobre lo innecesario que es compartir espacio con gente irrelevante para uno (y viceversa por supuesto). Ah… pero en aquellas dulces primaveras, de malcriaditos con frenos y espinillas, había que demostrar que uno podía mantenerse a flote en cualquier mar de hormonas turbulentas.
Ahora que uno es el que inventa movidas exclusivas y excluyentes, sabe que muy rara vez alguien echará a algún extraño cuando la rumba está buena, a no ser que evidentemente el descarado se esté cagando en la velada. Pero aunque la armonía reine en el ambiente más acogedor, nunca faltará el troglodita borracho, esperando desplegar su power trip con quien sea. En fin.
Si hablamos de odiseas titánicas en el arte de colarse, tendría que resaltar dos fortalezas impenetrables: Las torres Pacific Hills, los multifamiliares más high del Panamá noventero. Para cruzarlos, primero tenías que subir a pié la gran loma de Dos Mares. Si es por tener calle, dudo que alguna generación muleara y se soyara la entrepierna tanto como la nuestra. Luego, para evadir la caseta de seguridad, tenías que escalar un cerro que daba al área social. Si hacías una toma aérea del lugar un viernes por la noche, bien podrías encontrarte con un panal de zánganos -en todo el sentido de la palabra- que con los pantalones llenos de tierra y césped, quedaban bailando en filita (los pela’os frente a las pela’as), cigarillo en mano, bebiendo Malibú con jugo de naranja.
El otro sitio emblemático, también inaccesible pero mucho más severo a la hora de rebotarte: El Hotel Marriott (Ahora el Sheraton) frente a Atlapa. Ningún Caballo de Troya hubiera traspasado las murallas de este imponente monumento greco-romano, el cual siempre tuvo más guardias de seguridad que huéspedes. Hasta en el inodoro te escoltaba un gorila en guayabera y walkie-talkie con evidentes ganas de echarte a patadas. Nunca supe quien fue la quinceañera aquella noche de suerte pero puedo jactarme de haber engañado todas las cámaras del hotel, acompañado de 3 amigos, una década antes del remake de Ocean’s Eleven. Fingiendo jugar en el casino, subimos varios pisos por las escaleras internas hasta llegar a una puerta secundaria del gran salón. Entramos de 2 en 2, abotonándonos el saco con natural indiferencia; la misma que mantuvimos para sacarle el jugo con vodka a aquella celebración. Quedamos saltando en círculo al ritmo de la Salsa de Pedro (en este caso, de Pedro por su casa) abrazados a los familiares de la cumpleañera y fuimos los últimos en irnos con los bolsillos repletos de comida. Como cierre triunfal, recuerdo estar degustando ceviche con el padre de la susodicha, hablando sobre la entonces reciente Invasión Yankee. Comentándole con la boca llena: "Tío, dicen que aquí cayeron buco paracaidistas..."