sábado, 20 de agosto de 2011

KAKA

Ojalá tuviera la capacidad de Hugo Chávez para hablar tanta mierda. Lo digo literalmente. No es cualquiera el que se manda un discurso durante horas -y en cadena nacional- de sus insorportables ganas de defecar.  El que debería de evacuar inmediatamente y de una vez por todas es él de su silla presidencial, luego de habernos deleitado con aquella larga anécdota en la que casi estalla visceralmente:  De cómo se le alteraron los nervios, de cómo sudaba y temblaba y de cómo finalmente logró hacerlo con la potencia de un misil bolivariano. Qué va. Si es por cagarse en un país, ¡que lo diga Chávez! Yo no puedo. 
Sin embargo, quiero aprovechar este espacio para ver si ventilo un temita personal que he llevado condensado durante casi 35 años.   A ver si acabo con esta resistencia de una vez por todas y me libero de otro dilema mental más.  
Debo aceptar que me incomoda y hasta me da algo de envidia escuchar a parejas hablando de sus flatulencias y liberaciones intestinales abiertamente.  Más bizarro me resulta ver a un amigo soltando un sonoro peo en frente de su novia. Viceversa ni se diga. Y si salió groseramente apestoso, es casi imposible que la vergüenza se disipe de mi memoria algún día. Es como si toda la pena que debería sentir esa persona me la transmitiera a mi y mientras todos se ríen y celebran la gracia, yo aprieto algo más que mis ojos.   Sí, lo sé, soy un anormal. Ese menester de la vida tan común para muchos para mi ha sido algo tan íntimo y trascendental que jamás quise compartirlo con algún psicólogo, ni cuando era un culicagado.  Con mis amigos nunca he tenido lío alguno en hablar cualquier asquerosidad, ni dudaría en levantar el muslo para darles una probadita del brunch que llevo cargado marinándose durante horas, pero extrañamente con ninguna novia me he tirado una puercada de ese tipo.   Siempre he respetado su espacio, incluso he preferido usar el baño de visitas cuando sé que he digerido algo que probablemente terminará flotando como feto de mono descompuesto. Qué irónico. Uno comparte con su pareja lo más privado de su anatomía y nada es más invasivo y desconsiderado que el buen sexo.  Sin embargo, cuando se trata de esa otra necesidad básica, la cúspide de la digestion, me puedo convertir en el más célibe tibet-ano.
Mi novia se burla diciendo que de niño me extrajeron los intestinos. Que yo simplemente no hago pupú. Que ni Freud podría explicar tanta retención.
Que en la escuela algo me tuvo que haber traumado durante la clase del aparato digestivo.  La verdad es que puede ser.   De hecho siempre me dio pena pedirle permiso a la maestra para ir al baño y que  ella, sin importarle un culo con uno, sacara el papel higiénico en frente de mis compañeros y se enrollara en la mano la ración con la que te limpiarías,   Mientras escuchabas risitas pícaras susurrándote… “cagonauta”...
Pero la causa de que yo viva disimulando mi capacidad excretora quizás va más allá.  A mis ocho años en una competenciá de natación casi se me rompen las tripas aguantando el tránsito de mi colon. Sentía grandes burbujas masajeándome el vientre como si fuera a parir un alien. No encontraba el baño.  Cuando logré ver la puerta con el letrero de hombres y que nadie me estaba viendo, entré corriendo y la cerré rápidamente pero no había luz. El cuartito era tan pequeño como mi tolerancia intestinal, así que fui bajándome la truza y por ahi mismo arrojando sin apuntar todo lo que traía en mi. Flojo y a presión como desague de tanque séptico pero en miniatura. ¿Cómo no? Había desayunado cereal y tragado agua con cloro de la piscina. Lo peor fue abrir la puerta y ver que había embarrado hasta el lavamanos.  Qué odisea en aquel sanitario tan insalubre y oscuro del cual aún no he logrado salir. Quizás por eso es que desde entonces mis sesiones sentado en el inodoro son tan rápidas, que siempre procure que el agua de la tasa quede impecable y que el olor se haya ido, Ojalá tenga a mano aerosol, un fósforo o perfume.  Si no, ahí me quedo escondido, echando cuentos con ese espíritu fétido que me visita a diario y que siempre llega puntual. 
Un amigo decía que la verdadera razón del mal olor de la Bahía de Panamá es que todas las mujeres bonitas se peen disimuladamente en Avenida Balboa.
Yo siento que cualquiera de ellas lo gozaría frente a su pareja con mayor tranquilidad que yo en la confianza y el calor de mi hogar. No crean que me fue placentero contarles un episodio tan desagradable pero como dije, de pronto me sirve de terapia para despejarme en cuerpo y alma de este comportamiento compulsivo que me ha cohibido durante tanto tiempo.
Mi velocidad en el baño nunca me ha dado tiempo de leer ni de fumar pero la próxima vez que vaya, llevaré este escrito conmigo a ver si finalmente me cago de la risa de todo esto.



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