viernes, 19 de agosto de 2011

PELUCA

Hace ya muchos años, 1985 para ser exactos, miraba a la gente pasar desde la ventana del carro de mi abuelo. Estacionados, esperando no recuerdo qué, revivo el momento en el que este personaje de melena larga, con jacket de denim y blue jeans rotos caminaba por la acera junto a otros amigos, cantando “Breakthoveen” del grupo español Barón Rojo.  A mis nueve años ya tenía idea de lo que era el Heavy Metal así que, aunque desconocía la canción, me sentí identificado -más bien inspirado- con la estampa rebelde de aquel flaco, fulo, pelilargo. Una especie rarísima en nuestra mescolanza panameña.

Parte de mi infancia la viví en El Cangrejo, a unas cuadras de donde él residía, por ende era fácil encontrármelo en sitios de ocio cercanos: El 7 Eleven de la Universidad, las canchas de La Salle, los videojuegos de Taco Times... 
Con el tiempo de frecuentar los mismos lugares descubrimos que compartíamos la misma onda.  Las mismas aficiones, gustos y excentricidades. 
Recuerdo perfectamente la primera vez que nos saludamos: ¡Hey Ricardo! ¡Qué pasó Noel!. Mi madre, que en ese momento me acompañaba al Mc Donald’s de Vía España, preguntó asustada: “¿y ese loco quién es?. ¿De dónde sacas amigos más viejos que tú? ¡y con esas fachas!... cuidadito...”. "Mamá, es un paciero del Psico Pedagógico que juega buco basketbol". En eso no puedo mentir. Ricardo era todo un atleta.  Basket, Soccer, Futbol Americano, ahí te lo encontrabas birriando hasta tarde con la gente del barrio.
Años después mi vieja comprendió que era un buen pela’o y que teníamos muchísimo en común cuando, años después, mi psicólogo resultó también ser el suyo.

En fin. Nunca tuve cuidado en elegir mis amistades, pateaba calle con quien me cayera bien y Ricardo sin duda era de esos.  Una tarde soleada del ‘87, mientras montábamos patineta  en el parque de Vía Argentina, se apareció con su facha rockera asustando a los niños, correteándolos como si fuera un monstruo. Los pobres chiquillos huían despaboridos.  Cagados de risa al ver aquella escena, nos invitó a su casa a oir música y a comer hamburguesas preparadas por su abuela. S
entados en la mesa junto a sus abuelos, una simpática pareja de origen español, nos tocó una quesoburguesa a cada uno, él se devoró dos en menos de un minuto y las bajó con un gran vaso plástico de soda que solía guardar en la nevera.  


Con el estómago lleno y hediondos a patineta, nos llevó a su cuarto para deleitarnos con sus últimos discos y cassettes de música "ácida" en su recién comprado mini componente Sony, y mientras los ritmos agitados nos mantenían haciendo headbanging, air-guitar y air-drums, aproveché para robarle un cassette. Realmente pensaba grabarlo y devolvérselo pero no le tenía suficiente confianza para pedírselo prestado así que me lo lleve sostenido en el elástico de los calzoncillos, tapado por mi t-shirt.
Confianza agarró él cuando pasó a visitarme al día siguiente. Los vecinos se asomaban al balcón curiosos al escucharle llamándome a toda voz. Nunca le importó intercom ni timbre, este hábito de gritar sin consideración alguna para que le abrieran lo supo mantener toda la vida.  
Ricardo entró a mi casa y nos quedamos toda la tarde echando cuentos pero antes de retirarse se le ocurrió revisar el maletín de mis cassettes y ahi fue que se dio cuenta que un Maxell de 60 tenía un orden similar al que se le había extraviado. Con una sonrisa de picardía me perdonó el atrevimiento y yo le devolví su cassette. Como represalia le tuve que prestar un t-shirt y una revista que jamás me regresó. Hacer trueques “muy convenientes” fue otra cualidad que lo caracterizó siempre.  
Desde ese día Ricardo se convirtió en mi inseparable amigo con quien viví una innumerable cantidad de anécdotas que bien podrían servir de guión para la más jocosa y emotiva película. Sé que muchos tendrán también su historia con él pero es muy probable que se entrelace con la mía cual episodio de Star Wars, su cinta de culto favorita.

Recién ocurrida la Invasión Yankee, solíamos reunirnos en las Galerías Obarrio, en la Discotienda Grecha y en Bolerama principalmente. Desde ahi organizábamos nuestras movidas, idas a quinceaños y a cualquier evento en el que pudiéramos irrumpir. De aquellas largas andanzas se formó nuestro clan de “Los Thrashers”: una infame manada de rockeros del que Ricardo formaba parte importante. Contrario a otros chiquillos inadaptados y problemáticos de la época, Ricardo nunca fue de buscar peleas, ni de dañar lo ajeno. 
Su forma de ventilar las inquetudes y traumas de la adolescencia siempre fue inofensiva dentro de su personalidad irreverente, de su notoria expresividad y de las travesuras propias de cualquier joven creativo e insurrecto, como lo era y de sobra. De eso puede dar fe cualquiera que le haya dado bote al verlo caminando con su walkman y su cartuchera de cintura por cualquier parte de la ciudad, en sus shorts, zapatillas y camisa negra de Slayer.

Entre otras aventuras memorables, una vez Ricardo llegó ebrio a casa y su madre trasnochada y enfurecida aprovechó para cortarle la melena mientras dormía. Para sorpresa nuestra, al día siguiente nos mandó a todos al carajo pensando que habíamos sido nosotros los autores de aquella maldad tan atroz (hasta hace poco la señora le confesó que había sido ella y no quienes lo llevamos cargado esa mañana).  Como consecuencia de aquella trasquilada tan dispareja y de sus frecuentes y radicales cambios de cabello unos amigos lo bautizaron con el apodo de “Peluca”. Así sucedió una de aquellas noches de Rock en vivo en Groucho Pub, un legendario bar de Vía Argentina que frecuentábamos siempre y al que Ricardo tenía que colarme por ser yo menor de edad.

En aquel tiempo, todos los que sabíamos tocar (bien o mal) algún instrumento decidimos formar bandas de Metal y Punk y entre el montón de musicuchos de la época, Ricardo sobresalía como buen baterista lo que lo llevó a formar parte de muchas agrupaciones emergentes en la escena local;  algunas de esas aún siguen vigentes y hasta con reconocimiento en el extranjero.
Varias bandas armé yo con Peluca, algunas muy pesadas, otras no tanto, con algunas lucrábamos bastante, con otras no ganábamos ni un centavo. Lo cierto es que con todas nos divertimos sonando durísimo, delirando estar de gira por las tarimas más grandes del mundo; poseídos por la música que verdaderamente nos gustaba y que nos volvió, de salida, casi que hermanos.  Así tocamos en vivo cualquier cantidad de veces por varios lugares del país y en todo tipo de eventos pero ninguna presentación fue tan espectacular como aquella Nochebuena del '90 en la que después de cenar, nos juntamos en su casa, sacamos guitarra y batería y sobre la acera tocamos a todo volumen un buen par de temas hasta donde nos los supiéramos, es decir, hasta la mitad. El público: Una ex-novia inglesa tan guapa y divertida como siempre las supo escoger. Al terminar aquel repertorio, no recuerdo si por queja de algún vecino o por voluntad propia, guardamos las cosas y nos fuimos a una fiesta navideña junto a otros amigos rockeros hasta que saliera el sol y varias horas más.

Celebrando con uno de esos grupitos, en agosto del ‘95 fuimos víctimas de un accidente de tránsito de consecuencias muy graves.  Mi carro fue embestido por un camión de carga y los cinco que íbamos de fiesta por la avenida quedamos hospitalizados con múltiples lesiones. Unos meses antes había fallecido de forma trágica nuestro amigo Camacho, un día después nuestro amigo Germi. A nosotros no nos tocaba. Esa noche tan oscura, nacimos de nuevo.
El choque resintió nuestra anatomía dejándonos grandes cicatrices de recuerdo pero nos enseñó que pese a los estrellones que nos da la vida, nuestra amistad seguiría inquebrantable muchísimos años más.  Así Peluca, recuperado de los golpes, siguió destacándose como músico, comediante, actor, co-fundador del gremio Panamarock y sobre todo, como una persona muy querida por quienes alguna vez lo escucharon bromear, echar chistes como si fuera una rockola y hablar sin parar -y sin filtro- de sus particulares vivencias.

Siendo parte indeleble de mi panorama diario, a 26 años de habernos conocido y faltando pocos meses para tocar juntos en mi propia boda, el destino cambió nuestros planes con una jugada tan inesperada como estremecedora: A Peluca le diagnosticaron Leucemia "Linfoblástica Aguda", de esas con pronósticos complicados y tratamientos muy costosos.  El cáncer es un golpe económico aplastante hasta para quienes cuentan con mayores recursos para afrontarlo y en una sociedad pequeña y con criterios tan limitados como la nuestra, para una persona como él, fiel a su talento artístico y dispuesta a subsistir del mismo, adquirir un seguro de salud suele ser poco probable. Conscientes de esta realidad e impactados por la noticia, amigos de todos lados reaccionamos en unidad para, no diría "ayudarle" sino retribuirle lo mucho que su amistad ha significado en nuestras vidas.  

Sereno y determinado a enfrentar lo que viniera, con el espíritu y el humor de siempre y bajo el cuidado de sus seres queridos, Peluca sobrellevó durante largos meses los síntomas y adversidades propias de su condición.  Mientras nosotros, deseosos de verlo azotar la batería nuevamente, nos mantuvimos positivos y atentos de su bienestar; extrañando como nunca todas esas ocurrencias que tanto nos hicieron reir y que sólo un demente tan carismático como él lograría concebir durante todos estos años. 
¡Fuerza Peluca!  fue el grito de guerra en esta batalla diaria, en la que todos fuimos aliados y el enemigo fue uno solo. Uno que no respeta creencia, clase social, ni estilo de vida y que durante décadas nos ha destruido un sinnúmero de vidas y hogares. Y mientras el mundo avanza investigando minerales en otros planetas, la cura del cáncer aún es un misterio que nos lleva a indagar en más de cuatro desalentadoras teorías que apuntan a aquellos que dominan el mundo. Quienes saben muy bien que cuando la enfermedad aparece, asumir resulta irrelevante para cualquiera. Sólo queda actuar con lo que se tenga a mano antes que ésta se propague.

Como posible cura pero con un altísimo nivel de riesgo, nuestro valiente amigo se somete a un transplante de médula ósea donada por su propia hermana y con mucho sosiego y paciencia, logra recuperarse durante casi seis meses. Lamentablemente una enfermedad tan devastadora y traicionera como lo es el cáncer, que justo cuando cantas victoria regresa más fuerte y sin piedad alguna, se nos lo llevó de nuestro lado, de nuestro día a día, de nuestra música y de nuestras aventuras, de forma crónica, precipitada y para siempre. 
Quizás el ser testigos del insoportable escenario por el que tuvo que pasar, sobre todo en su última etapa de lucha, nos indica que dejarlo ir en paz era lo mejor que le podía suceder.  Quizás nos alivie el hecho de que si hay alguien que en esta vida hizo absolutamente todo lo que quiso cuando quiso, fue Ricardo y que lo mejor es recordarlo así, libre, alegre, sano, apasionado e intenso con sus caprichos. Tan épico como el Metal, tan glorioso como el ritual vikingo de quemar el Drakkar para inmortalizar el espíritu del viaje. 
Cada quien tendrá su manera de manejar un episodio tan doloroso como éste, lo cierto es que se nos ha ido un ser humano irremplazable, un amigo con virtudes y defectos como todos pero que tuvo un corazón suficientemente grande para compartírselo, sin límites, a quien se le cruzara en frente.   

Ahora Peluca se reune con Camacho, Germi, Papo que se le adelantó tan sólo unos meses y todos nuestros grandes héroes que se han ido a ese otro plano, convertidos de inmediato en frecuencias y notas musicales que al escucharlas nos harán recordarles con cariño, reiterándonos que la vida, más que corta es impredecible y hay que vivirla a plenitud mientras podamos.  

Yo aquí, con el alma hecha un pozo de memorias revueltas, rescato los momentos más valiosos de nuestra historia y regreso al barrio que nos vio crecer. Estacionado, mirando a la gente pasar desde la ventana de mi carro, revivo la estampa rebelde de aquel flaco, fulo, pelilargo. Una especie rarísima en nuestra mescolanza panameña.  

Descansa en paz, mi hermano.