Con una quesoburguesa calientita en mi mano a punto de ser mordida, debo aceptar que me gusta el junkfood. Lo digo con descaro y sin consideración alguna con los animalitos que son manipulados genéticamente, criados y sacrificados con crueldad para llegar a nuestro delicioso combo agrandado, del cual no quedará absolutamente nada en aproximadamente veinte minutos. Mayor crueldad y falta de conciencia me parece que es pasar hambre y no satisfacer la necesidad, pudiendo hacerlo con la mayor brevedad posible. Y aunque trato de llevar una vida sana, de deportes y libre de tóxicos, cuando me da hambre, señores, es cosa seria. Puedo devorarme lo que esté a mi paso y en lo último que pienso es en el colesterol, la ateroesclerosis, la panza, la celulitis en las mujeres… y menos en la fábrica de ganado mutante.
Digo, tampoco es que me harto de basura multinacional todos los días. Dos o tres veces al mes – cuando mucho - es que relleno mi organismo con deliciosa chatarra, cuyo rico sabor se lo debemos al aceite en que es remojada a temperaturas infernales. Sí. Quizás considerarán veneno el producto final pero muchas otras cosas también son nocivas para la salud y las producimos y consumimos con indiferencia, así que no me señalen. Cada quien en lo suyo. Déjenme hartar y morir en paz.
Y hablando del mal comer, hace poco mi novia se quejaba de lo lento del auto-rápido justo ahora que le ha tocado visitar más a menudo dichos restaurantes. Entre otras cosas comenta que es falso que por las hormonas que le dan a los pollos te crecen los senos y que los auto-rápidos de esos lugares son todo menos rápidos. A veces es mejor bajarse, pedir y comer ahí mismo que quedar atascado en ese gran ejemplo de ineficiencia.
A mi en verdad, pocas cosas me dan más acidez que hacer fila en el auto-rápido y quedar detrás de un mini-van familiar repleto de chiquillos. Desde el timón podemos verlos revoloteando en el asiento trasero mientras su madre les pregunta qué quieren comer. Uno puede imaginarse a los niños gritando lo que les apetece mientras ella le dicta el pedido más largo y enredado del mundo a la muchacha de la ventanilla. Es muy probable que se le enreden los cables y que uno quede sin escapatoria, en la larga fila, inmóvil por horas, viendo cómo el brazo de la madre intercambia cartuchos una y otra vez con la cajera, por algún pequeñito error en el proceso.
Qué desesperación, sobre todo si es a mediodía. Uno siente que le viene la combustión espontánea. Lo peor es cuando finalmente se ha llegado a la ventanilla y falta algo. O por el contrario, cuando te dieron lo que jamás pediste. Cuando dijiste “sin cebolla” y hay más cebolla que pan. Cuando la soda era de dieta y te dieron Root Beer. Cuando se está frente a frente con la cajera pero ella, por medio del micrófono que le guinda de la oreja a la boca, prefiere atender a varios clientes a la vez. Nada peor que ese gesto sutil de desagrado con que responden a nuestro respetuoso reclamo. Y ¡ay de que pidas extra Ketchup! Ahí uno se vuelve la pesadilla de los otros 7 carros que impacientemente esperan atrás, como una gran cadena de karmas. Algunos lugares optan por decirte que te estaciones 5 minutos mientras está listo tu emparedado del cual, para tu suerte, no hay ni uno preparado. Son cosas que si no se tiene un control mental y espiritual avanzado hasta te pueden quitar el apetito.
Algo muy particular ocurre en estos sitios: luego de uno haber leído todas las posibles combinaciones en sus túneles repletos de menús, una vocecita te dice desde el auricular “Buenas, bienvenidos a tal lugar…”, uno muy entusiasmado le dicta la orden que tuvo que memorizar pero en cuestión de segundos, la vocecita resultaba ser una grabadora. Seguido a ésta, la persona de carne y hueso vuelve a saludar y a preguntar lo mismo, lo que te obliga a repetir todo el pedido y gastar más saliva que la que necesitas para comer y por supuesto el tiempo con que no se cuenta. Después de todo, por eso es que uno prefirió entrar al Auto-rápido.
Habiendo calmado mi hambre de esta manera tantas veces, he caído en cuenta que “Auto-rápido” es el término que sólo uno de dichos lugares utiliza pero que, al igual que marcas como "Krazy Glue", “Morey Boogie”, “Pampers”, “Corn Flakes” y “Gillete”, hemos convertido en nombre genérico por haber sido el primero en quedar grabado en nuestra mente. Notemos que otros los llaman “Servi-auto”, “Auto-express”, etc. Esto se debe a que quizás se han dado cuenta que son más lentos que eructo de jirafa y que no pueden prometer lo que no pueden cumplir. O tal vez es porque simplemente el nombre fue patentado y mejor evitarse una demanda por plagio.
No lo sé. Lo único cierto es que no es recomendable visitar estos lugares. Son pésimos para el corazón. No tanto por sus sistemas de fabricación, sino por el infarto que nos puede producir la desesperación de no ser atendidos y despachados breve. Igual uno seguirá yendo, dejando su carro hediondo a grasa y con un par de papitas regadas por las alfombras hasta quién sabe cuándo.
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