sábado, 20 de agosto de 2011

CRANEANDO


Entre las colecciones más comunes (dejando la música a un lado), muchos recolectan estampillas de distintos países, otros cajas de fósforos de hoteles, algunos latas de soda o cerveza y otros inclusive mariposas disecadas, ordenaditas en algún álbum.  Yo en cambio, desde pequeño me he dedicado a coleccionar cráneos humanos.  Así es.  Calaveras de distintos tamaños, colores y materiales: Cera, madera, metal, cerámica, látex… hasta tengo una de verdad.  Obviamente no cualquier calavera, sólo aquellas que, como cualquier obra de arte, muestren buena calidad en su confección.  Si es por tener un simple cráneo, me metería a cualquier tienda en Halloween y con poco dinero compraría un montón, pero aunque dentro de dichos juguetes he encontrado piezas interesantes, no cualquiera complace mi gusto.  Las que he adquirido a lo largo de mi vida y que hoy decoran algunas partes de mi casa muestran una evidente destreza artesanal. Su estética macabra se mimetiza en el area en la que descansan, dándole un toque de maldad subliminal al entorno.  Algunos amigos con muy buen ojo han sabido escoger alguna que reúna dichas cualidades y regalármela como máxima ofrenda a nuestra relación.  Cada vez que me quedo contemplando alguna de esas, revive en mí el aprecio que les tengo por haberme obsequiado tan elegante escultura.  Algunas de mis calaveras cuestan tres dólares mientras que otras más de trescientos, pero aparte de su precio hay algo que las hace aún más valiosas para mi y es la experiencia vivida al haberlas encontrado.  Cada cráneo tiene su historia y algunas son para morirse.
La primera que tuve me la robé de una emblemática tienda panameña en 1986.  Fui con unos amigos a comprar útiles escolares y al pagar por ellos, regresé a la sección de adornos. Sin pensarlo mucho la metí a la bolsa con mi mercancía recién pagada y como aún no tenían cámaras de seguridad -ni menos detectores magnéticos en las puertas- me la llevé sin consideración alguna.  Supongo que al guardia jamás se le pasó por la mente que un blanquito de 11 años podría hamparse algo de dicho departamento. A decir verdad subestimó mi gran fascinación por aquella figura, la misma que dibujaba repetidamente en mis cuadernos y que aún dibujo por inercia cada vez que tengo papel y lápiz.   Con el tiempo, mejores valores fueron suplantando mis hábitos de delincuente pero si hay algo de lo que no me arrepiento fue de haberme transado la primera pieza de mi colección:  Una calavera de caucho que a lo mucho costaría 99¢.
Celebrando por varios años la noche de brujas y estando expuesto a cráneos como cliché del rock and roll y del skateboarding, no fue hasta 1993 que empecé a ver las calaveras como hermoso objeto de colección y decoración. Lugar al que viajaba, lugar del que traía alguna.  Una de esas veces, me tuvieron detenido en un aeropuerto de Estados Unidos, por llevar en mi maleta dos cráneos de tamaño real: Uno era de yeso, pintado con motivos tribales negros y el otro de cartón compacto, barnizado con laca.  Casi pierdo el vuelo con tantas preguntas que me hicieron en el “cuartito para terroristas” (y eso que aún faltaba mucho para el 9-11) pero al escuchar todo este cuento comprendieron que lo mío era simple atracción por uno de los símbolos más impactantes de la Historia.  Que lo digan los alquimistas medievales, los piratas, Shakespeare, Salvador Dalí,  los inventores del alcohol de farmacia o el renombrado Hugo Boss, quien confeccionó para los Nazis los imponentes uniformes de la SS con su poderoso y mortal logo.
Como última anécdota, conmemorando mis veinte años de coleccionista, en 2006 decidí visitar la tienda donde me inicié en este menester para ver si vendían algún cráneo interesante.  Qué grata sorpresa econtrarme uno de piedra grisácea muy bonito. Le arranqué el precio -20$- y se lo cambié por el de unos soldaditos de plástico -5$-.  Estaba seguro que en una tienda tan grande y con tantos productos nadie se detendría a confirmar el costo de algo tan inusual… y así fue. Nuevamente me salí con la mía y agrandé mi colección que para entonces superaba los cuarenta cráneos.   Desde que tengo Internet, he conocido a personas afines a este hobbie por todo el mundo, compradores y creadores con mayor y mejor selección que la mía.  Entre tantos, al artista Noah Scalin cuyo blog exponía diariamente los cráneos más creativos y graciosos jamás inventados. De aquel website tan visitado se publicó un libro de mesa y para mi suerte, a un buen amigo se le ocurrió regalármelo para mi cumpleaños. Se lo agradeceré hasta la muerte:  esa fase terminal que tanta curiosidad le ha provocado al ser humano a través de los siglos. Esa “trascendencia” que algunas culturas solían celebrar mientras que otras inculcaron sufrirla con incertidumbre, culpabilidad y temor. En fin. Ya sea por miedo heredado o por admiración, la calavera ha funcionado como símbolo y arquetipo para el fenómeno más enigmático de nuestra existencia y aunque su icono cause efectos negativos en algunos, después de todo, es algo muy natural que no podemos sacarnos de la cabeza.

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