lunes, 24 de diciembre de 2018

ADIÓS 8 A 5.


Entre los sucesos relevantes de este año, en junio formé parte de un conversatorio entre emprendedores panameños que contribuyen a la Economía Naranja, aquella cuyas actividades profesionales están basadas en la creatividad y en la cultura, aportando distintos beneficios a nuestra sociedad más allá de un mero intercambio comercial.  Siendo yo el más viejo de todos los exponentes, el moderador del panel, un antiguo colega y reconocido empresario, me pregunta justo antes de subir a tarima: “¿cómo después de toda una vida trabajando en la publicidad te arriesgaste a dar ese salto?... No concibo cómo pudiste hacerlo... a tu edad y con tantas cosas ya establecidas”.  No niego que bajo los parámetros tradicionales en Panamá, dejar la zona de confort y tirarse al ruedo puede lucir como un suicidio, peor si no cuentas con un colchón de capital suficientemente cómodo, pero para que mi supervivencia a los 43 años no sea más un misterio, he decidido abrir mis libros financieros y existenciales. A ver si sintetizamos juntos lo qué hice, por qué lo hice y a dónde me ha llevado toda esta aventura.

Como preámbulo debo admitir que mi relación con mi antiguo trabajo era de amor y odio.  Sin querer sonar malagradecido, durante 20 años le vendí mi alma al diablo sirviéndole de creativo publicitario, dominando el jueguito de las ideas comerciales pero sin terminar de encajar y lucirme como dios manda en ese mundillo. Más allá de los gajes del oficio habituales, el hecho de vender cualquier cosa a punta de atributos inventados y de tener que rendirle cuentas a alguien, me privaban de esa libertad genuina que toda persona inconformista podría anhelar. Con la dosis precisa de indiferencia y cinismo aguanté lo que pude en la carrera que escogí por ser la más conveniente, en el Panamá de aquel entonces, para cualquiera con inclinación artística y curiosidad hacia las tendencias culturales.  Lo digo sin asco: aparte de las valiosas amistades y contactos que te van acompañando en este purgatorio, sin duda lo que hacía más llevadera mi labor era mi salario y los privilegios que se le pueden exprimir a una industria tan glamurosa. Lo cierto es que con el éxito de cada campaña tenía una nueva justificación para seguir pagando mis deudas, gustos y excesos a punta de ejercicios creativos, anuncios engañosos y argumentos complacientes, burlándome de mi mismo y de todo el delirio en el que se cae cuando te absorbe este ambiente tan corporativamente liberal, a veces divertido, a veces insoportable.

Una de tantas veces imaginándome haciendo algo más gratificante, mi vida dio un giro extraordinario. Unos amigos decidieron incursionar en el fascinante mundo de la cerveza artesanal y me invitaron a colaborar en sus planes a futuro.  Al igual que otros licores nobles y de alta calidad, este movimiento de hace ya varias décadas alcanzaba su era dorada, en parte gracias a toda una generación de consumidores que prefieren los productos mejor elaborados, independientes, honestos e innovadores por encima de cualquier chatarra masiva que pinte bien en la televisión, todo eso que por tantos años me tocó maquillar y promover.  Viendo la invasión cervecera que se nos avecinaba y con la ventaja de ser aliado del grupo pionero en este nicho, también se me presentaba una oportunidad grandiosa e irrepetible de salir huyendo de mi rutina laboral.   
La cerveza y la música han sido mis pasiones desde pequeño y todo indicaba que con esta redefinición cultural y de consumo que se venía estableciendo de forma definitiva en todo el mundo, había llegado el momento de sumergirme hasta el fondo del asunto, no como otro bebedor más sino como todo un representante del tema. Lo que no sabía cuando empecé a cavar mi túnel de escape era lo lejos que este me llevaría.

Gracias a las mañas aprendidas durante tantos años, pude formar junto a dos brillantes amigos un grupo promotor de cultura cervecera que cubriría de forma amigable y a la vez transgresora todos los aspectos relacionados a esta revolución. El pregón panameño “Buenas Pintas” fue registrado legalmente como marca y bajo este sello ayudaríamos a difundir de distintas maneras lo novedoso de esta otra industria y a contagiar a su creciente comunidad de entusiastas.  

Apoyándonos de las redes sociales y de una producción audiovisual guerrillera, iniciamos esta aventura, en ocasiones intuitiva, en ocasiones bien planificada, de la mano de profesionales y aficionados de todas partes, algunos con larguísima trayectoria e historias realmente admirables. Con este video blog poco a poco se nos fue acercando todo el que quisiera anunciarse en nuestra plataforma digital, realizar algún evento que incluyera cervezas artesanales o aliarse estratégicamente con nosotros buscando algún objetivo puntual. Así, entre vivencias memorables e incontables cervezas, fuimos enriqueciendo nuestro proyecto y lo que para muchos podrá sonar a hobby, se fue volviendo una fuente de incalculables satisfacciones. Gracias al apoyo de un amigo sommelier que me contrató unos meses en su compañía distribuidora, de un par de proyectos importantes que desarrollé como redactor y del pago de mis prestaciones laborales correspondientes por tantos años de fungir como mercenario, pude renunciar a mi antiguo oficio sin lío alguno y para siempre.

Una serie de eventos importantes, algunos mejores que otros, coincidieron con este proceso. La primera es que tenía todas mis deudas casi saldadas.  No necesitaba un carro nuevo, no necesitaba mudarme del modesto apartamento en el que vivo desde que dejé el nido de mis padres. Lo que quise lo adquirí con mis ahorros y la suerte de encontrar buenas oportunidades y contactos. Pude reducir gastos fijos sin problema, algunos nunca habían sido necesidad, y al haber evitado caer en el vicio de la ostentación, más allá de mis extravagancias particulares, fue muy bajo el precio a pagar por querer ser el dueño absoluto de mi tiempo con las responsabilidades que esto conlleva.

Lo otro es que luego de varios años juntos, mi esposa y yo decidimos divorciarnos. Al no haber tenido hijos, no tenía mayores obligaciones con nadie.  Bajo el inevitable sentir de la pérdida, dependía de mi despejar el panorama y empezar de nuevo. Dicen que de amor nadie se muere, mantenerse ocupado en algo productivo es la mejor forma de evitarlo. Y si uno muriera por esos dolores, más razón deberíamos tener para aprovechar la vida y dedicarnos a hacer lo que realmente nos interesa.  Dadas las circunstancias, mi negocio se volvió mi único bebé, lleva mi huella bien impresa y como buen acudiente, doy la cara por él mientras lo veo crecer.

En lo más sereno de mi soledad me devoré cuanto libro de cervezas tuve a mi alcance, con la motivación que jamás me provocó ninguna universidad en la que me haya matriculado. Gracias a este plan riguroso de estudio me terminé convirtiendo en el primer “Certified Cicerone” de Panamá, en juez internacional de copas cerveceras y en especialista bajo una prestigiosa universidad de España.  Como cualquier carrera, en esto tampoco se deja de estudiar jamás y siempre da gusto hacerlo.

Siguiendo esta secuencia de accidentes, de ser hace cinco años el primer video blog cervecero de Panamá y de ahorrar el capital de innumerables actividades que bien pudimos haber hecho gratis, hoy estamos próximos a abrir nuestro segundo local.  En el camino le dimos la vuelta al mundo invitados a festivales y cervecerías, fuimos calificados internacionalmente como fuente confiable en nuestra industria y en colaboración con aquellos amigos que me involucraron en esta odisea -ahora cerveceros de prestigio mundial-, empecé a elaborar cervezas especiales bajo mi propia marca a gran escala. Junto a nosotros, fabricantes, distribuidores y colegas en general fuimos creciendo y organizándonos para consolidarnos como una asociación industrial formalmente constituida y entre todos seguimos generando nuevas oportunidades para nuestro sector, algunas más rentables que otras pero todas muy enriquecedoras.


¿Qué criterios podría decir que me han funcionado para avanzar sin tanto miedo y sobrevivir en todo este trayecto? Con tanto por resolver me siento lejos de ser un gurú en estos temas y tampoco creo que estos proyectos hayan alcanzado aún la trascendencia de innumerables casos. De cualquier modo puedo resumir las cosas que me han funcionado durante todo este tiempo.


Dime con quien andas y te diré quien puedes llegar a ser: Lo primero es haberme rodeado de gente que me ayudó a mejorar en el plano personal y profesional. Amistades y colegas que me inspiraron a corregirme y a superarme y que forman parte del collage de logros que pude haber obtenido. Tal como decía el escritor Chuck Palahniuk: “Nada en mi es original, soy el esfuerzo combinado de cada persona que he conocido”.  Como es de esperarse también se cruzó en mi camino gente tóxica y venenosa pero hasta sus malas intenciones resultaron una buena lección para saber que cosas tirar a la basura y seguir con mayor determinación. Igual que más da. Los odiosos te verán caminando sobre el agua y dirán que es porque no sabes nadar.

Perder es ganar: Terminé de entender que en la vida todo es un trueque. Para conseguir cada cosa que queramos, tendremos que perder algo. Cada quien decide que cosas intercambiar y afrontar sus respectivas consecuencias. Y si la vida es quien te lo arrebata, mientras tengas salud, ella misma te está dando el chance de llenar dichos espacios con nuevos estímulos.

El que no las hace, las ve hacer:  A veces por vivir esperando alguna señal mágica que nos indique cuando empezar, nos privamos de tomar acción. Si bien las cosas suceden cuando deben suceder, si no ponemos en práctica nuestras ideas terminarán en el olvido u otro las terminará ejecutando.  Uno puede estar en el momento y lugar preciso más de lo que se imagina. Prepárate bien para afrontarlo.

Cuídate del vicio de las deudas: Sabemos que el crédito nos facilita las cosas pero también endeudarse es la principal razón para mantenernos esclavizados a nuestro empleo.  Si nuestro sueño es ser nuestro propio jefe y no tenemos quien nos de un empujón para lograrlo, difícilmente podremos flotar si nos ahogamos en compromisos. Dicho esto, si vas a pedir prestado, ojalá sea para algo productivo y no para andar presumiendo cosas que le pertenecen al banco.

La competencia es contigo mismo: Si bien al principio hablé de gente digna de imitar que me volvió más competitivo, también resulta sano y efectivo enfocarnos en nuestra propia evolución y no en la de nadie más. Un amigo muy exitoso a su manera me lo aconsejó: “vive tu vida y no la de otro”. No importa si Fulano hizo una gran fortuna a sus 20 años viniendo de abajo, si Mengano empezó su imperio a los 60, o si los estándares y prioridades de Sutano son estos o aquellos. Lo único relevante es el norte que uno se trace y lo que nos toque hacer para alcanzarlo. No todos venimos al mundo con las mismas ventajas ni todos cargamos las mismas cruces.  Adáptate a tu realidad y construye a partir de ello. Quizás así lograrás apreciar mejor los golpes de suerte que te van llegando.  Sea cual sea tu escenario, nunca dejes de agradecerlos.


Lo único seguro es la muerte: Para finalizar, recordemos que la vida es impredecible y con cada segundo que pasa se nos va terminando. En consecuencia y por cliché que suene, a veces ganas, a veces aprendes, no hay nada más que perder. Evita dedicarle tiempo y espacio en tu red a aquello que no te engrandezca material o espiritualmente y concéntrate en lo que te haga feliz, más aún si te permite mejorar la realidad de los demás.  Valora siempre poder intentarlo y cuando alguien no te crea capaz de hacerlo, empezando por ese necio del espejo con el que discutes a diario, piensa que eso que tanto deseas, más que una ilusión es algo que te mereces.
Vendrán caminos difíciles en los que podremos tropezar pero a veces nuestras propias dudas resultan el mayor obstáculo. Lo cierto es que la mayor derrota es no jugártela nunca, sobre todo en esta era que hasta del fracaso se puede inventar algo instructivo y provechoso.  De ahora en adelante, créetelo, en lo que quieras volverte bueno…“you can do it”. En nuestro caso, “brew it”.


lunes, 16 de febrero de 2015

BUENAS PINTAS

BUENAS PINTAS

Desde que empecé a beber a edades ilegales, me ha encantado la cerveza. La economía de aquellos años te permitía hacer una vaca entre amigos igual de sedientos y limpios que tú y comprar una caja de 24 botellas por 7 dólares con bolsa de hielo incluida. Así me pasé la vida entera, refrescándome con la bien llamada bebida de los dioses… el desayuno de campeones.  No importaba si visitaba el urinal mil veces o si todos se empachaban y pasaban de cervezas a algún otro licor, si en la fiesta existía la posibilidad de pintear indefinidamente, en eso me quedaba yo. Mis fotos de adolescencia no me dejan mentir, menos esas en las que sacábamos la panza y el dedo medio a quienes buscando estatus comenzaban a empaparse en la fantochería del vino… y por su puesto a aquellos que a falta de una vida tan placentera como la de cualquier cervecero, se mataban por sacarle cuadritos al abdomen. Nosotros sólo deseábamos un tipo de six pack y nos orinábamos de la risa, literalmente, de que así fuera sobre todo al bajarnos esas Lagers gringas de 40 onzas que algún amigo zonian nos trajera de su base.
Mis primeros sorbos me los dio mi difunta abuela de una lata que disfrutaba entre amigas. No sé si me convidaba para calmar mi hiperactividad pero aquellos buches de malta gaseosa alcoholizada me dejaron enganchado de por vida. En mis primeros carnavales, me escondía con un par de amiguitos detrás de la Iglesia del pueblo y entre todos nos bajábamos una “fría de la alegría” y era como haber probado la fruta prohibida del Edén pero sin un solo eructo de arrepentimiento. Para rematar, tuve familiares vinculados a la entonces Cervecería Nacional, así que durante años en mi casa esto fue nuestro pan líquido de cada día. Quién diría que aquel brebaje fermentado por los sumerios terminaría miles de años después llenando nuestra barriga y alegrándonos el corazón...

Entre jarras de taberna y rompe-pechos de cantina llegó la Internet y con ella el momento de viajar a nuevos lugares buscando nuevas cosas. Conociendo sociedades mucho más amplias tanto en tamaño como en mentalidad, pude aprender dos cosas que quizás ya asumía. La primera, que no todos los conocedores del vino son tan pretenciosos y la segunda, que existía un tipo de cervezas elaboradas en fábricas más pequeñas, cuyas recetas eran distintas a las fórmulas que habíamos bebido siempre. Esa noche en un pub de Miami, con varias Stouts encima, fresquitas de barril, no sólo descubrí lo que era la cerveza artesanal on tap sino que también podías hacer cerveza en tu casa.  Años después, un buen amigo que es ingeniero químico terminó siendo mi vecino y hasta el día de hoy le agradezco aquella visita con ese par de botellas de su primer batch de homebrewing: una sabrosa Pale Ale con más cuerpo, aroma y sabor que todos los diuréticos Lite que pude haber probado en mi vida; elaborada bajo la ley de pureza cervecera y sus ingredientes sagrados: agua, cebada, lúpulos y levadura. Así quedé sumergido hasta el fondo del vaso en la pequeña gran movida del craft beer. 

Con unos primos aprendí a cocinar cerveza y desde aquellos primeros intentos fuimos viendo como esta revolución cervecera con una variedad de estilos y sabores tan interesantes como ilimitados, se iba extendiendo en todo el mundo hasta seducir incluso a las malas lenguas del mercado panameño, liderado históricamente por las tipo Lager masivas, diluidas ahora por sus más recientes dueños: las gigantes cervecerías multinacionales.  Por esas buenas costumbres y tradiciones, no tengo nada en contra de las pintas que habíamos metido en el cooler toda la vida, pero una vez tu paladar le coge el gustito a las cualidades de las artesanales, en su diversidad de estilos, y entiende sus parámetros de apreciación, no hay vuelta atrás.
Viendo la enorme comunidad de beer geeks que esto ha generado, para muchos se tratará de una modita más. Pero aunque es claro que la cerveza artesanal goza de gran popularidad en esta era en que lo manual, natural, independiente y honesto se valora muchísimo, quienes le hemos rendido culto toda la vida sabemos que simplemente recuperó el lugar que siempre ha merecido en la oferta gastronómica global pero que por importantes motivos históricos la cerveza masiva, barata y homogénea fue la que marcó el estándar: bajo en sabor y variedad, alto en publicidad.

A los inconformes y audaces micro cerveceros estadounidenses, replantear las recetas tradicionales europeas y compartírselas al mundo entero, colaborando entre si para competir y defenderse de las mega-corporaciones, les tomó casi 40 años desde que Jimmy Carter legalizó el homebrewing. En otros países ha tomado 15 años desarrollar este nicho. En Panamá todo se destapó en tan sólo 3 años y esto apenas comienza. Ya tenemos micro cervecerías, brewpubs, importadores de marcas reconocidas, festivales cerveceros cada vez más concurridos y aficionados con suficiente convicción para que esto siga subiendo como la espuma. A pesar de todo esto, todavía nos falta incursionar en ciertas novedades que son comunes y muy rentables en otros sitios y que, a menos que el gobierno imponga alguna ley doble moralista y retrógrada que prohíba la cerveza por completo o que golpee con impuestos a los pequeños emprendedores locales, nos permitirán seguir agrandando ese pedazo del pastel que durante décadas, se bajaba entero con cervecitas aguadas.  Por las buenas pintas…¡salud!

jueves, 28 de noviembre de 2013

METAL INOXIDABLE


“Dicen que el gran Bethoven hoy tocaría Rock, aunque ya nadie mantendrá su opinión”. – Barón Rojo. Breakthoven (1985).  

Como ya se ha demostrado, si una orquesta sinfónica interpretara alguna canción de Heavy Metal, terminaríamos escuchando una pieza de música clásica magistral, de esas que ambientan elevadores, restaurantes y supermercados. Esto sin que ninguna persona “madura y educada” la perciba como bulla estridente concebida por pelilargos, tatuados, vestidos de negro. Y es que, salvo por el Blues (la otra mitad cromosómica del Heavy Metal) hay un cordón umbilical inseparable entre Mozart, Wagner y Paganini y, digamos, Judas Priest, Helloween y Testament, por mencionar a algunos artistas.  Si bien del género Metal derivan un montón de sub-géneros y estos a su vez se pueden diferenciar según sus matices y fusiones con otros estilos, después de 4 décadas desde que se sonaron sus primeros acordes, hay que aceptar que para tocar Metal -desde el estilo más digerible hasta el más violento- hay que tener cierta destreza instrumental, hay que aplicar un ejercicio creativo riguroso y hay que saber más de cuatro cosas de teoría musical. Esto sin mencionar la parte lírica que también exige mucho talento.  Hoy el Metal ha evolucionado a niveles sin precedentes y su afición se mantiene más fuerte que nunca, sin importarle los trends que vienen y van con el tiempo. Sólo hay que ver la enorme cantidad de gente que asiste a festivales durante todo el año para notar el enorme auge que este movimiento sigue teniendo a nivel mundial. Fans que podrían ir desde los 10 hasta los 50 y pico de años, reiteran que el Metal es un estilo de vida y no una etapa, y que es una industria gigantezca que mueve tanto o más dinero que cualquier otra afición más tradicional y conservadora. Yo como músico y fantático acérrimo puedo decir que, a pesar del componente agresivo indeleble en esta música, si hay un ambiente épico y a la vez ameno es el de un buen concierto de Metal Pesado. Nadie se mete con nadie, todo mundo está por la música, la cerveza y por compartir ese momento de sintonía absoluta, esa catársis colectiva, junto a 100 o 100,000 personas.  Hay excepciones como en todo, te puedes encontrar desde esnobs hasta delincuentes, pero habiendo convivido con distintas tribus urbanas y tocado sus respectivos soundtracks, puedo asegurar que los Metal Heads, detrás de su aspecto de vikingos en shorts de camuflage y pose de maestro del Dark Side, son en su mayoría personas cultas, amigables y divertidas. Eso sí, con una insaciable sed de celebración y un humor más negro del habitual. Casi tan gracioso como cuando dos desconocidos se cruzan accidentalmente y descubren que ambos son metaleros. Partiendo de que no es música que le guste a cualquiera, es como si dos integrantes de alguna secta secreta se encontraran. Muy posiblemente se pasarán horas hablando de sus grupos favoritos y de sus experiencias memorables en este mundo de guitarras punzocortantes y ritmos demoledores.

De seguro algunos, limitándose a nuestros códigos y prejuicios sociales dirán, “coño, éste man se quedó en sus años de escuela”. Si lo quieren ver así, perfecto. Si la idea es disfrutar la vida a plenitud y mantenerse joven de espíritu, a mi me llena más seguir haciendo headbanging y mosh con mis discos de toda la vida, que terminar como aquellos (doble) moralistas conservadores de tiempos de Ronald Reagan, por no decir de la Inquisición, cuando ponerte un t-shirt de Rock era un pecado. Lo cierto es que mientras aquí aún no hay suficiente población para darle a estos géneros musicales la importancia y el respeto que merecen, en el Reino Unido ya incluyeron al Heavy Metal ¡como carrera universitaria!. En dos años se estudia, aparte de apreciación musical, historia, sociología y otros temas interesantes relacionados.  Por supuesto que esta iniciativa de darle un estatus académico trajo consigo opiniones encontradas tanto de fanáticos como de catedráticos puristas, algunos lo ven como un avance, otros como una pérdida de tiempo. Estemos de acuerdo o no, una amiga cuestionaba: ¿acaso no ocurrió así para quienes querían ser chef o diseñadores de moda? Ustedes dirán.  Al final, después de tanto debate, resultó indiscutible que el Metal siempre ha sido música transcendental, digna de apreciación, con un elevado valor cultural y educativo, como cualquier otro lenguaje artístico de temática impactante. Ese fue el ideal que desde chicos defendíamos a muerte y que de adultos seguimos sosteniendo, con la misma convicción pero menos insistencia, al ver que nuestros viejos ídolos siguen inmortalizándose y que nuevas generaciones llevan encendida, por todo lo alto, la implacable antorcha del Heavy Metal. Ok. Creo que me pasé de cursi. Esa es la parte nerd que existe en todo metalero. Mejor recurramos a la parte transgresora que, a diferencia de la primera, no necesita vivir justificándose con quienes menosprecian esta pasión tan eterna. Como dice el antropólogo y director audiovisual Sam Dunn al final de su documental Metal. A Headbanger's Journey: “We’re doing just fine without you!”

VENDAMOS EL DIABLO AL ALMA.


En un mundo de libertad para consumir lo que nos gusta y evitar lo que no,
yo sinceramente no aplaudo esa diversificación de productos tan exagerada
en el merchandising del Rock, menos si se trata de bandas legendarias, reconocidas por ser extremadamente fuertes como es el caso de Slayer.

Hoy los miraba en concierto frente a 50,000 personas, tocando canciones que van desde 1983 hasta este año.  Así es. Estos californianos cincuentones, ganadores del Grammy, felices padres de familia y uno de los Big Four del Thrash Metal, lograron ganarse la vida de forma digna cantándole al diablo, a la oscuridad y a la violencia de forma explícita y directa, sin mensajitos subliminales, llevando la música a un nuevo estándar de agresividad. Aunque aún existe gente a la que el Rock Satánico le asusta, con los años este concepto se volvió algo socialmente aceptado y tan válido como cualquier otro lenguaje artístico.  Para los menos supersticiosos, siempre resultó un chiste, mientras que para Slayer ha significado décadas de feliz controversia y de mucha facturación. Tanto así que su vocalista Tom Araya fue condecorado por su aporte cultural con la llave de la ciudad de Viña del Mar, Chile, su ciudad natal, sede del Festival Internacional de la Canción.

Disco tras disco, Slayer ha sido el paquete de maldad completo, desde la facha de cada integrante hasta su logotipo, y dicha maldad ha sido impresa en su sonido, único y fácil de reconocer hasta por no fanáticos. Y aunque desde entonces hayan nacido grupos más brutales aún, muchos son los que terminan emulando su estilo y pocos los que se atreven a abrir sus shows, ante un público sediento del caos que sólo Slayer puede desatar.

La cosa es que un amigo me sugirió para estas Navidades, unas finas copas de cristal con el logo de Slayer grabado, guardadas en una elegante caja negra, evocando esa identidad Nazi, imperialista/esotérica, tan propia de la banda. Meses antes Slayer había lanzado su propio vino, Reign in Blood Red, Cabernet Sauvignon, edición limitada, así que, ¿por qué no catarlo en sus propias copas?.
Si bien estos son productos más sofisticados que los que suelen mercadear, por tratarse de un licor, en un empaque imponente, diseñado bajo los códigos de dicha cultura, pasan como valiosos ítems de colección.  Así los describe su guitarrista Kerry King, modelo de la nueva campaña publicitaria de Jägermeister, patrocinador incondicional del Heavy Metal desde sus días menos populares.


Así mismo grupos clásicos como Ramones, Misfits, Motorhead, Ozzy y Iron Maiden siguen ampliando su catálogo de forma infinita, lanzando desde zapatillas hasta videojuegos, intentando alcanzar la variedad de Gene Simmons de Kiss, quien supo mejor que nadie sacarle ganancias a todo chéchere que llevara su logo impreso.         
Pero si bien la parafernalia rockera supone cierto grado de cursilería, la cosa se va pasando de ridícula y perdiendo mística, cuando aparecen artículos promocionales que no tienen nada que ver ni con la personalidad de la banda ni con el espíritu de dicha música.

Entiendo que cuando eres un artista de trayectoria, no hay nada como vender tu imagen para generar mayores beneficios que los que recibes por
(el sacrificado trabajo de) componer buena música y pasártela de gira pero cuando se trata de grupos engendrados en la escena subterránea, en la que tuvieron que sonar durísimo para darse a respetar, que alarmaron a la sociedad como nunca antes y que llevaron la música pesada a nuevas formas de ejecución, es inevitable sentirse decepcionado al verlos convertirse, de iconos de la transgresión a premios de Corn Flakes desechables. 

Hoy podemos comprar ¡hasta bolas navideñas de Slayer!,  ¿y sus verdaderas bolas dónde quedaron? Después de esto sólo falta que saquen los peluches de Slayer ¡porque hasta Legos hay!. Y cuando todos tengan sus 4 peluchitos, nadie sabrá qué le mató el feeling a aquella banda que, durante décadas, infectó al mundo con música tan sanguinaria como blasfémica: ¿Slayer?, ¿los asesores de "la marca Slayer"? o ¿la legión de nerds compulsivos que compramos los peluches de Slayer?. Sabrá dios. O quizás el diablo a quien ahora sí le vendieron el alma. 

Es cierto que muchos fans ya crecimos y por fin podemos decorar nuestros hogares a nuestro gusto -a punta de adornos rockeros- mientras vemos sus reality shows
, tomamos sus marcas de cerveza y nos olvidamos de la diferencia abismal que hay entre el tshirt y el jabón de Slayer… pero aunque desde siempre entendí el teatro y el negocio detrás del shock value… y aunque conozco el sarcasmo y la estética campy de la cultura popular actual… a mi si me hablan de Slayer, que sea del Slayer de misas negras y cruces invertidas, de sádicos asesinos en serie y de atrocidades de guerra. Y que esos otros juguetes tan curiosos y divertidos ardan en el infierno.  Seguro mientras yo excorciso esta rabieta, en Slayer se estarán riendo de mi. Siempre han sido tipos muy chistosos y despreocupados y al final, con o sin mercancía, siempre serán fuckin' Slayer: Satan Laughs As You Eternally Rot.


INADAPTADOS SOCIALES BASTANTE SOCIABLES.


Aunque pasé buenos momentos en el colegio, muchas veces me sentía fuera de lugar. Tenía buenos amigos en distintos círculos, algunos muy contrastantes entre si,  pero el hecho de que a mi me gustara el rock pesado y que viviera manifestándolo era algo que no a muchos agradaba. Sólo aquellos que compartían gran  amor por la música fuerte se juntaban con uno sin lío alguno y aunque en nuestro trip había todo tipo de personajes, realmente no éramos gente mala. Simplemente por la razón psicológica que sea, nos atraían los temas oscuros, bizarros e  impactantes en la música y en las artes en general. Éramos una especie de pequeños librepensadores que vivía investigando y cuestionándolo todo, siempre canalizando nuestra tendencia a la transgresión a través de la música y en la mayoría de casos, sin meternos con nadie que pensara distinto. Viéndolo así, menos mal teníamos una forma "violentamente sana" de drenar nuestra energía sino sabrá dios en qué hubiéramos terminado. En asesinos en serie quizás...

Tampoco eramos unos santos, obviamente, hacíamos las cagadas y cagadotas propias de cualquier adolescente pero al andar siempre vestidos de negro en un país tropical, proyectando rebeldía e inconformismo hacia la cultura imperante, la gente nos tildaba de delincuentes, drogadictos y por supuesto, satánicos. Pocas chicas de la farándula social se atrevían invitarnos a sus fiestas y era normal que algún bully nos quisiera golpear sin mayor razón. 
La verdad es que aborrecía el lugar en el que estaba creciendo: una ciudad de nuevos ricos, con el conservadurismo hostil gringo y el miedo supersticioso de aldea criolla. Cada vez que veía en otras sociedades, más grandes y maduras que la nuestra, que nadie se alarmaba por las cosas por las que aquí nos señalaban, maldecía todo. Me frustraba la desventaja de ser menos que una minoría, mientras en el lejano primer mundo sobraba gente para compartir cualquier afición y estilo de vida. Anhelaba la libertad que gozaban los zonians de ir al colegio en ropa particular y pelo largo, bajo una mentalidad más abierta, sin dramas ni escándalos hacia lo “raro”. Por ese choque entre mi forma de ser y la forma en que el colegio (y su farándula) te obligaba a ser, fui expulsado a un reformatorio en Costa Rica donde irónicamente me sentí más a gusto y en el que me gradué con honores. Sin exagerar, cada  carencia que me mostró mi Panamá hasta los 15 años, de algún modo allá se me multiplicó de forma espontánea. Es increible lo que puede hacer un ambiente académico multicultural en la vida de un rockerito nerd.  Veinte años pasaron desde entonces y con ellos mil vivencias en las que vimos crecer a Panamá en muchos aspectos. Ahora somos nosotros los padres de familia que intentamos criar a nuestros hijos con nuevos valores, sin aquellos tabúes ridículos con los que nos censuraban en nuestra pubertad. Pero aunque ciertos prejuicios se siguen dando y aún no seamos un país tan tolerante hacia ciertas expresiones, la verdad es que mi vida escolar pudo ser peor cuando pienso en el caso de The West Memphis 3.

A inicio de los 90s, en un pantano de Arkansas fueron encontrados los cadáveres de tres niños de ocho años. Sus cuerpecitos yacían golpeados y lacerados brutalmente con los pies y las manos hatadas. A pocos días del espantoso hallazgo, la policía y los diarios locales anunciaban la captura de los responsables: Tres adolescentes. ¿Las pruebas? Sin evidencia física, armas, motivo o conexión entre las víctimas y los acusados, la corte concluyó que sus vestimentas negras, discos de heavy metal y libros de Stephen King eran muestra suficiente de que habían perpetrado este horrendo crimen ¡como sacrificio en un rito satánico!.  Con una población redneck, tan religiosa como ignorante, enardecida y sedienta de venganza,  se dictó sentencia: Damien Echols fue condenado a pena de muerte. Jason Baldwin y Jessee Miskelly recibieron múltiples cadenas perpetuas.

Periodistas investigativos de HBO se disponían a documentar esta historia de asesinatos diabólicos pero al indagar en los hechos, lo único que encontraron fue un caso de manipulación e injusticia por parte de las autoridades. El documental es lanzado al aire y llama la atención de miles de personas, incluyendo celebridades de la música y el cine quienes indignados unen esfuerzos para liberar a los tres rockeros.  La lista incluye a Johnny Depp, Eddie Vedder, Peter Jackson e inclusive a los padres de las víctimas quienes con el tiempo y gracias a la información recopilada, lograron ver la situación con mayor claridad.
Los jueces jamás dieron su brazo a torcer en esta agotadora batalla legal pero iniciando la década del 2000, con la nueva tecnología forense del ADN y las leyes penales que la acompañan, reconocidos expertos en criminología logran comprobar que no hay nada que vincule a ninguno de los tres al homicidio. Es ahora el padrastro de una de las víctimas -quien nunca fue interrogado ni amedrentado al momento de los hechos- el que ahora resulta más que sospechoso por tener además un historial repleto de violencia doméstica.


Amparados por sus derechos de apelación y restructurando el caso con las nuevas evidencias en un juicio aprobado por La Corte Suprema de Arkansas, el 19 de agosto de 2011 los Tres de Memphis son finalmente puestos en libertad pero con la condición de declararse culpables. Este recurso legal les permitiría salir de inmediato y no esperar los años que tomara la nueva resolución del caso pero les coartaría cualquier posibilidad de demandar al sistema penal por haberlos encerrado durante casi 20 años, la mitad de sus vidas, en las más brutales e inhumanas prisiones.  Hoy se mantienen buscando al verdadero culpable y dando su testimonio en libros y reportajes televisivos en los que relatan esta historia con mayor detalle. 

Tengo entendido que inclusive pronto estrenarán la película. Yo de corazón espero que sea tan impactante como la historia real y que sea vista por muchos para recordar que las cacerías de brujas y las ejecuciones públicas pasaron hace rato. Mientras sigamos en estos tiempos supuestamente modernos, repitiendo sagradas inquisiciones sin fundamento, seguirán existiendo inadaptados sociales, bastante sociables, como solíamos ser en la escuela.


DE VIAJE


Hasta cierta edad yo no era de viajar mucho. Salvo un exilio político en los 80s, un par de visitas a familiares que incluían la clásica ida a Disney World, mis últimos años de secundaria en los 90s y una que otra “gira rockera”, nunca usé mi pasaporte con la constancia de la gente común para ir a sitios comunes. De vacaciones escolares me retiraba a mi casa en Chiriquí y durante esos meses de diversión pueblerina jamás consideraba salir del país. La verdad es que aquellos veranos campestres generaron en nosotros suficiente apego como para anhelar cualquier otro trip.  Para rematar, cuando pude aplicar sobrado a alguna universidad extranjera, decidí quedarme estudiando en Panamá (entiéndase estudiando como tocando rock todas las noches). Aún así, en aquel tiempo, sin un centavo encima, sin tarjeta de viajero frecuente y sin Internet, tuve suficiente inquietud y referencias para saber que había mucho por descubrir más allá de nuestras fronteras geográficas y mentales. 
Así, con los años me llegaría la oportunidad de conocer nuevos horizontes y absorber todo aquello que nuestra limitada cotidaneidad no lograba ofrecerme.

Tuve la suerte de trabajar en algo que me permitió viajar seguido a ciudades de Norte y Sudamérica y tomarme cierto tiempo para explorarlas. Guiado por simple curiosidad, siempre supe que calles, rutas y cervezas tomar y si me perdía, disfrutaba aún más de la desorientación, caminando sin rumbo, sin límites de distancia ni tiempo, apreciando la vibra del entorno, su arquitectura, su historia, su problemática, su gente, su ritmo y estilos de vida, comprobando lo que alguna amistad, algún medio de comunicación o mi propia intuición me pudo haber advertido.

Desde entonces, me propuse viajar más para compensar tantos años sin hacerlo y en el camino terminé con una medio española que por tradición le tocó recorrer el mundo entero. Un mundo del que todos siempre hablamos pero que comprende todo un abecedario y no sólo la S acostada que dibuja Panamá geográficamente.  Y es que aunque no hay mejor lugar que nuestra casa y aunque nuestro pequeño gran país, con sus privilegios –naturales, económicos y familiares- nos ofrece mayor comodidad y conveniencia que otros, también carece de muchísimos factores interesantes que da gusto asimilar, que nos nutren a nivel cultural y que en otras sociedades abundan. Y aunque todos los lugares por perfectos que parezcan tengan sus desventajas, dependerá del interés y las prioridades de cada quien irse a buscar lo que más le llene, sea de visita o para establecerse. Lo cierto es que con 5 continentes las posibilidades son infinitas.

Para mi, qué grande es largarme y encontrar una oferta de ocio ilimitada, a veces gratuita, que haya gente para cualquier movida y que aquellos que no compartan tu misma sintonía no tengan que ser parte inevitable de tu panorama. Qué sabroso es encontrarme en sitios de clima agradable, donde sobra la gente agradable que produce cosas agradables. Gente guapa que se te acerca para conocerte y pasar el rato contigo, cuyo equivalente, según nuestros códigos panameñorros, serían esos pretenciosos que buscando medir tu estatus te preguntan: y tú, ¿con quién parqueas?.

Con idiosincrasias tan distintas aprovecho también para señalar a aquellos que viajan bastante pero dejan su mente estancada aquí. Si bien todos llenamos el checklist básico del turista básico (la foto aquí, la comidita acá, el shopping acá…) es común encontrarse compatriotas quejándose de que en grandes ciudades "no eres nadie", como si aquí fueran importantísimos. Repitiendo cosas tan cuestionables como que “si allá te caes en la calle, nadie te levanta” y no notan que peor indiferencia pueden encontrar en su propio barrio. Acusando de comemierdas a ciertas nacionalidades, a veces sin fundamento alguno, ciegos a su propia pedantería y complejos.  Y después de todo ¿qué importa si en ciertos lugares la gente es fría?. Suficiente calor uno pasa aquí para quejarse también de ese contraste. Estos casos sólo reiteran que el bienestar siempre será relativo: para quienes gozan del anonimato, volverse invisibles en una gran urbe resultará fantástico. Mientras que para ciertas “celebridades” resultará insoportable sentirse poco determinados. 
Bien dice el refrán: Puedes sacar a la cabra del monte, pero no al monte de la cabra. Pues para mi se refiere más a esas actitudes cabreantes que a cualquier otra cosa.

Así lo he visto y así cuentan quienes han vivido afuera, incluso quienes padecieron de alguna depresión invernal producto de la lejanía con nuestro  pueblo chico/infierno grande, en el que hay que saber convivir y en ocasiones aislarse para cultivar un criterio más amplio de las cosas.
Escapemos un rato de ese estándar citadino local, aparentemente moderno pero con mentalidad provinciana. No auténticamente provinciana como en nuestro pintoresco interior rural del que empecé hablando, sino esa mentalidad confundida, con delirios de primer mundo, gusto de narco ostentoso y moral del tiempo de la inquisición, tan retrógrada y fuera de lugar en otras latitudes. 

Invirtamos en conocer más. En matar el ingenuo prejuicio local por una vision más cosmopolita. En ser, como dice Carlitos Méndez, ciudadanos del mundo.  Busquemos la oportunidad de respirar otros aires. Experimentemos, comparemos y comprobemos que viajar es el único gasto que nos termina enriqueciendo.

lunes, 10 de septiembre de 2012

COLA’O


Viendo algunas fotos de mi boda, descubrí que mi propio hermano dejó entrar a 5 wedding crashers. Aparentemente, como lo muestra la película de David Dobkin, esta tradición de meternos donde nadie nos ha llamado -mientras haya comida, guaro y solteras disponibles- seguirá aplicándose hasta el final de la Humanidad.
Yo en matrimonios nunca me infiltré pero sí en quinceaños. En aquella época no fui invitado a tantos como algunos “niños bien”, populares, de supuesta buena familia…pero aunque me invitaran formalmente, a veces las ganas de colarme, de conspirar e invadir sigilosamente, eran más fuertes que yo.  Así que, desde mi teléfono de disco, terminaba llamando a algunos non-gratos para unírmeles e ingeniar la mejor forma de arriesgarnos en grupo.
A muchos lugares entré dándole al bouncer
un nombre que acababa de leer en la lista de invitados. A veces algún amigo invitado me prestaba su nombre para entrar antes que él.  Cuando llegaba mi cómplice, para comprobar su identidad simplemente mostraba un carné de identificación (y una leve dósis de molestia falsa) mientras uno ya llevaba rato adentro, gozando gratis, pasando desapercibido como mismísimo agente encubierto.
Una vez me metí tanto en el papel de Misión Imposible, que me subí con un amigo al enorme techo de un club social, lo cruzamos entero como reptiles al acecho y caímos, literalmente, por un balcón en la fiesta. Qué SWAT ni qué nada. Mis pasos se escucharon menos que mis latidos palpitando adrenalina.
Así mismo hicimos en todo tipo de reuniones, no importaba si eran organizadas por yeyecitos, por zonians
(éstas por razones obvias resultaban más complicadas) o por alguna banda de maleantes en barrios peligrosos. Con nuestros planes bien calculados lográbamos estar en todas. Sumándole que si te castigaban en casa había que zafarse de aquello primero.
Pocos fueron los bullies
que nos sacaron de algún evento -recuerdo a uno que nos largó apuntándonos con el revólver de su viejo- pero
con el tiempo, por el simple hecho de haber compartido aquellos años en una sociedad tan pequeña, varios de esos “heroes” de la farándula terminaron siendo buena gente con uno, algunos involucrándose en asuntos bastante más indignantes y bochornosos que invadir chupatas privadas.  Las vueltas que da la vida…   
Me llegué a meter por tanto patio, muro, puerta trasera y ventana mal cerrada, que sólo cuando me aburrí de hacerlo pude reflexionar sobre  lo innecesario que es compartir espacio con gente irrelevante para uno (y viceversa por supuesto).  Ah… pero en aquellas dulces primaveras, de malcriaditos con frenos y espinillas, había que demostrar que uno podía mantenerse a flote en cualquier mar de hormonas turbulentas.
Ahora que uno es el que inventa movidas exclusivas y excluyentes, sabe que muy rara vez alguien echará a algún extraño cuando la rumba está buena, a no ser que evidentemente el descarado se esté cagando en la velada. Pero aunque la armonía reine en el ambiente más acogedor, nunca faltará el troglodita borracho, esperando desplegar su power trip
con quien sea. En fin.
Si hablamos de odiseas titánicas en el arte de colarse, tendría que resaltar dos fortalezas impenetrables: Las torres Pacific Hills, los multifamiliares más high
del Panamá noventero. Para cruzarlos, primero tenías que subir a pié la gran loma de Dos Mares. Si es por tener calle, dudo que alguna generación muleara y se soyara la entrepierna tanto como la nuestra. Luego, para evadir la caseta de seguridad, tenías que escalar un cerro que daba al área social.  Si hacías una toma aérea del lugar un viernes por la noche, bien podrías encontrarte con un panal de zánganos -en todo el sentido de la palabra- que con los pantalones llenos de tierra y césped, quedaban bailando en filita (los pela’os frente a las pela’as), cigarillo en mano, bebiendo Malibú con jugo de naranja.
El otro sitio emblemático, también inaccesible pero mucho más severo a la hora de rebotarte: El Hotel Marriott (Ahora el Sheraton) frente a Atlapa. Ningún Caballo de Troya hubiera traspasado las murallas de este imponente monumento greco-romano, el cual siempre tuvo más guardias de seguridad que huéspedes. Hasta en el inodoro te escoltaba un gorila en guayabera y walkie-talkie con evidentes ganas de echarte a patadas.  Nunca supe quien fue la quinceañera aquella noche de suerte pero puedo jactarme de haber engañado todas las cámaras del hotel, acompañado de 3 amigos, una década antes del remake
de Ocean’s Eleven. Fingiendo jugar en el casino, subimos varios pisos por las escaleras internas hasta llegar a una puerta secundaria del gran salón. Entramos de 2 en 2, abotonándonos el saco con natural indiferencia; la misma que mantuvimos para sacarle el jugo con vodka a aquella celebración.  Quedamos saltando en círculo al ritmo de la Salsa de Pedro (en este caso, de Pedro por su casa) abrazados a los familiares de la cumpleañera y fuimos los últimos en irnos con los bolsillos repletos de comida.  Como cierre triunfal, recuerdo estar degustando ceviche con el padre de la susodicha, hablando sobre la entonces reciente Invasión Yankee. Comentándole con la boca llena: "Tío, dicen que aquí cayeron buco paracaidistas..."