Este tráfico de mierda me tiene con los cojones como bola de billar en calcetín.
Hoy da lo mismo vivir en San Francisco que en Chorrera si total, el tranque vehicular no te permitirá llegar a tiempo al trabajo, al menos que salgas de tu casa tres horas antes. Años atrás, casi que de una sola acelerada quedaba estacionado frente a mi oficina. Podías irte a almorzar lejos si se te antojaba y regresar puntual. La otra hora pico
además de las 5 era alrededor de las 3 p.m. Ahora se te va el lunch break tratando de salir del parking y el bumper to bumper puede durar hasta la noche.
Quizás no todos sentimos tanta rabia al quedar en el embudo que embotella alguna calle y que nos mantiene moviéndonos si acaso dos metros cada quince minutos. Tampoco todos insultamos al policía de tránsito que no quiere que tu fila avance, al semáforo que no dura ni 10 segundos, al cambio de vías repentino, al taxista que te tiró el carro, al imbécil al que le diste chance pero después te bloqueó, al busero que anda como si su bus fuera un Porsche, al maleante que te lava el vidrio sin permiso y a ese, que es más odioso que uno, que jura que pitando va a teletransportarse.
Quizás tampoco a todos nos retuerce las entrañas esos clásicos anormales que suelen cruzar la calle en manada justo cuando el semáforo cambió a luz verde. Digo “quizás” porque al ver tanto apretuje por la avenida pienso que algo de placentero debe de tener para muchos. Nos encanta andar apretados. Empezando por el bolsillo. Aquí hasta el más limpio puede endeudarse y vivir de la apariencia financiada con dos y tres carrazos saturando las calles. Y aunque cada quien se gasta su plata en lo que le haga feliz, nuestra población crece y tanta felicidad no se aguanta.
Cambiando de dirección nuevamente, a pocos meses de pararse de su trono, en el que se obra durante cinco años, el Presidente ha decidido arreglar toda la ciudad llenándonos de construcciones y reconstrucciones en cada esquina. Debe ser que trabaja mejor bajo presión…con deadlines apretados. A pocas cuadras de su iniciativa, el desarrollo al azar de edificios enormes no para devastando lo que se interponga; la falta de aceras, de calles amplias y de estacionamientos que complementen adecuadamente dichas estructuras, entre otros factores urbanos mal planificados, me dejan esperando con resignación a que el “boom” termine de modernizar nuestro entorno, antes que me haga boom el cerebro de un aneurisma.
La conciencia me recuerda que para cambiar el orden y el desorden de las cosas tendré que votar por gente capás y con una mejor propuesta en las próximas Elecciones, pero sólo el hecho de imaginar ese gentío en las urnas y las turbas de copartidarios apoyando a su candidato, me dan ganas de quedarme durmiendo. Con tal de evitarme el sofoco que puede dar cuando la gente colectivamente se pasa de cálida, me quedo contento en mi cuarto echándome fresco, dándome un aire de tanto trepa-que-sube. No hay baño de pueblo que valga y menos ahora que vienen las Navidades. Cada año el espíritu consumista se adelanta más. Ahora las vísperas se sienten en octubre al culminar el Panama Motor Show, donde anualmente se venden alrededor de 3,000 autos para sumarle a la congestión. Es por eso que pronto tomaré vacaciones. No por viaje ni proyecto personal. Simplemente para tener tiempo de comprarle algo a mis seres queridos. Aunque si pienso en lo repleto que estará el Mall, en especial la parte de envoltura de regalos, quizás termine repartiéndoles dinero en un sobre. Esto lo consideré en un edificio de oficina pública donde tuve que esperar de pie dos horas junto a mil personas que llegaron antes que yo a arreglar asuntos aparentemente más enredados que el mío.
No hay mucha diferencia entre ese escenario y la fila de súper, del banco o del seguro. Es igual a viajar horas en un bus sin abanico, sentado junto a una familia de ocho, contando al bebé llorón cagado y a la gallina enjaulada -la cual de seguro va más cómoda que yo-. Sobretodo cuando se llega a la revisadera de maletas en migración.
En fin, al realizar mi demorado trámite, bajé por un elevador harto en funcionarios cuyas corbatas evocaban la horca en sus mejores días. No sólo parecíamos sardinas en lata, también olía a pescado, pero nadie mostraba incomodidad, uno hasta silbaba “entren que caben cien”. Mi claustrofobia no era tanta como la desesperación de no poder sacarme el wallet para ver si tenía plata para comprarme ropa nueva. Ropa que tendría que escoger muy bien ya que ahora todo es slim fit. Cortes tan stretch parecieran confeccionados para somalíes, lo que no representa impedimento alguno para que los más gordos se los pongan sin complejo alguno, demostrando con la mondonguera al aire que también nos encanta lucir apretadísmos.
Tanto gusto por el molote y la caravana me lleva a creer que son puras ganas de estar sudados, pegaditos, bajo sol, en el coje-nalga carnavalero, donde sabemos que no hay espacio para problemas, sólo para divertirnos hasta la guacha y sin medida. Contrario a cuando te estás quedando sin espacio para escribir. Porquenilas900palabrasalcanzanparadescribirtantaemputazón.

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