Siempre me gustaron los tattoos, creo que desde mi infancia cuando me pegué varios de esos removibles que venían en unos chicles. Por esa simple pero muy válida razón me he hecho mi buen par de verdad y sin arrepentimiento alguno. Finos, bien pensados, de colores armoniosos, de proporciones precisas y trazo impecable… Bueno, siempre hay uno, el primero, que no luce tan bien. Por suerte al ser blanco y amigo de tatuadores muy talentosos, se aprecian bien.
Si bien no todos los tattoos representarán algo “bonito” para los paradigmas sociales y arquetipos psicológicos, al menos la destreza del artista y el nivel de delicadeza en el manejo de la máquina y sus agujas puede ser tan precisa como el bisturí de un neurocirujano. Como ya muestran reality shows por cable, existen estudios de tattoos de tan elevados estándares que pueden parecer una galería de arte/clínica dental. Algunos hasta tienen máquina láser para removerlos o cubrirlos con otro mejor. Muy higiénicos, contrario a esos sitios improvisados de mala muerte, que normalmente aparecen en películas chabacanas.
Quizás nada esto sea aceptado para la mentalidad de quienes los odian por pura tradición cultural o por simple miedo a desafiar el statu quo, ya que razones también hay para tenerles asco. No todos lucen bien. Algunos parecieran hechos por un ciego en algún calabozo y hay otros con tinta tan mala que evocan marcas de tortura en algún campo de concentración. Aclaro que es mi opinión. Total, el tatuaje debería ser siempre algo personal y supongo que habrá quienes prefieran rayarse ellos mismos con tinta china. En fin, para los que gustan de expresar su actitud, ideas y sentimientos como mejor les pique, siempre es bueno rascarse con una buena nueva “tinta” ya que este arte mejora cada vez más en calidad, tanto de profesionales como en todo el equipo requerido.
Si el diseño es bueno y complejo, puede costar un buen par de dólares pero si va a ser para siempre, más vale que se vea bien y perdure en buen estado. Después de todo, el hecho de que sean permanentes es lo que los hace más importantes aún. Será una pieza que nos acompañará hasta el ataúd. Si fue bien hecha, lucirá hasta mejor que nosotros post-mortem y si no, bueno…ya qué importa.
“¿Y qué te dijo tu mamá siendo tan estricta?” Me pregunta un amigo aparentemente conservador (digo aparentemente porque lo más serio en él son las fiestas que se mete). A lo que respondo, “Bueno, hace muchos años que rompí el cordón umbilical y que dejé el nido, pero desde que le conté nunca me ha dicho nada. Sé que por crianza no le gusta, pero menos me gusta a mí esconder algo. Y aunque me tocó una buena familia, no veo por qué tu criterio deba ser el de papi y mami toda la vida”.
No creo que mi justificación cambiara su forma de ver las cosas; de pensar que la vida siempre será un problema para el tatuado -a menos que seas David Beckham o Angelina Jolie- pero para mí lo importante es lo que la vida misma te haya demostrado y a mí hasta ahora, por suerte, me han valorado por lo que soy y puedo hacer y no por la forma en que prefiera decorar mi estilo de vida. Bueno…siempre habrá a quien eso le importe más.
Y aunque respete opiniones de todo tipo, pienso que en esta pequeña sociedad, todos tenemos nuestro “tatuaje”, la diferencia es que algunos lo mostramos contentos, con orgullo y transparencia -llámenle desfachatez si prefieren- mientras otros lo tapan hasta de su propia consciencia. Pensemos en la honorabilidad de aquel ciudadano correcto que consume cocaína a diario; el esposo perfecto que engaña a su mujer cada vez que puede (incluso con algún novio en el closet); el profesional exitoso experto en la estafa; aquella dama decente que drena sus frustraciones maltratando a sus hijos; aquella puritana religiosa que predica “El que esté libre de pecados…” pero lo aplica sólo cuando le conviene. Me consta que muchos tenemos alguna marca bien impresa debajo de nuestras respetables fachas. Aún así no juzgo a nadie por sus faltas, muchos errores habré cometido y seguiré cometiendo, pero viéndolo de esta forma, me parece extraño que alguien a estas alturas te quiera tachar de inmoral y manchar tu reputación cual tinta de tattoo, por algo tan trivial y personal. Definitivamente hay excesos más sanos que otros. Yo prefiero disfrutar de aquellos que no le hacen daño a nadie y me permiten decir libremente que toda esa hipocresía y doble moral que tanto prejuicia y enjuicia son a veces producto de la más grande envidia hacia quienes preferimos hacer abiertamente lo que nos dé mayor felicidad, sin hacerle tanto caso al pesado “qué dirán”. Espero este escrito, sin doble discurso, les quede marcado. Sé que como tatuaje, a algunos les dolerá levemente mientras que a otros les hará sentir muy cool, como cuando uno se los descubre para “ver y ser visto”.

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