La semana pasada me casé y de regalo de bodas mi hermana
y uno de mis mejores amigos -ambos promotores de artistas y espectáculos -
me concedieron el honor de dirigir la conferencia de prensa de Ozzy Osbourne en Panamá, previa a su concierto a realizarse esta misma noche. Esto implicó darle la bienvenida a nuestro país, comentarle un poco sobre la fanaticada local, cederle el turno a distintos periodistas para que le realizaran preguntas y despedir el evento. Al final este cordial recibimiento al Príncipe de las Tinieblas se sintió más como un conversatorio en el que compartimos de forma agradable con esta leyenda viviente del rock pesado.
Aparte, no hubo preguntas pendejas de esas que bien podría responder Wikipedia, ni comentarios chogorros que nos dejaran como la aldea dolarizada que a veces podemos ser. Unas semanas antes de este suceso tan valioso para mi, ya había entrevistado a Ozzy por teléfono pero sólo contaba con 15 minutos para hacerlo y a los 10 la llamada se cortó. Esta vez sí fue en persona. Durante largos minutos me estaba prestando completa atención el auténtico y único Padrino del Metal y al mirarle, mi mente reproducía un sin fin de escenas a lo largo de mi vida.
En la escuela un par de amigos tenían hermanos mayores. Estos “viejos” fueron los responsables de mostrarnos los primeros viniles de Ozzy y de engancharnos con el Heavy Metal de la época. Eran días en que nos juntábamos a hojear las pocas revistas de rock que aquí se vendían, cuyas páginas terminaban recortadas y pegadas en las paredes de nuestros cuartos. Desde varios de esos posters, Ozzy nos miraba con esa imagen de psicópata endiablado que sólo él sabe proyectar, la misma que hizo que en los 80s nuestros padres nos llevaran a varias charlas cristianas contra el rock satánico. Irrisoriamente todavía hoy su estilo de vida pareciera perturbar a muchos. En fin... nosotros a los 9 años nos la pasábamos escuchando aquellas tonadas a todo volúmen, fingiendo tocarlas con raquetas de Tennis y latas de Meneítos, mientras esperábamos ansiosos que Mtv pasara el video de Bark at The Moon para capturarlo en el Betamax. Un amigo se amarraba una toalla de capa y se colocaba unos colmillos de vampiro, de esos de plástico que aún venden en Gran Morrison y empezaba a cantar Mr. Crowley, usando de micrófono un tubo de papel higiénico.
Un verano, a mi vieja se le ocurrió llevarnos a Miami, justo cuando acababa de salir el Ultimate Sin. Qué placer irte de shopping cuando lo que sobraba en cualquier discotienda era buen rock (contrario a la chatarra musical que hoy abunda). Así que salí del mall con aquel cassette, cuyo single Shot in the Dark era transmitido constantemente en Mtv gringo.
Al año siguiente, unos primos me enseñaron algunos temas en guitarra, entre ellos Crazy Train. Me pasé todas mis vacaciones practicando las poderosas melodías del difunto Randy Rhoads y de Jake E. Lee, hasta que mis dedos se estiraran lo suficiente para sonarlas parecido. Con ese par de canciones -aprendidas a medias- entré a mi primer grupito de rock. En el ‘87 no sólo era un dilema intentar tocar bien siendo un enano, qué lío era también ahorrar cada centavo para comprar cualquier chéchere relacionado a nuestra música, desde un cassette en blanco hasta un t- shirt imitación, comprado en Deportes Henry donde te imprimían adelante alguna portada borrosa de Black Sabbath y atrás, alguna gira de Iron Maiden.
Poco después fuimos skaters y aunque nuestro gusto musical se había vuelto más agresivo, el No Rest for The Wicked, estrenando a Zakk Wylde, nos pegó durísimo. Me parece estar cantando Miracle Man, recordando el escándalo del infame Jimmy Swaggart quien tanto nos condenó al infierno, cuando llegó la Invasión. Se fue Noriega y los 90s me trajeron el No More Tears y a un montón de nuevos amigos que tocaban magistralmente cualquier canción de Ozzy. Con ellos he seguido birriándolas cada vez que puedo.
Ya con la Internet pudimos bajar cada nuevo disco y cada presentación en vivo; vimos ir y venir a cada integrante y despedimos para siempre al gran Randy Castillo. Así mismo lo vimos sucumbir, a él y al género musical que fundó hace 4 décadas, hasta que con el apoyo de su inseparable Sharon y en resistencia al dominio del rock alternativo norteamericano, organizó el grandioso Ozzfest.
En la década pasada no vi muchos capítulos de The Osbournes en TV, pero pude asistir a varios Ozzfests impresionantes, en los que vi a decenas de bandas de primer nivel, incluyendo al Sabbath original reunido. Si de rock se trata, qué privilegios se me han dado. No dejo de agradecer por cada uno de ellos. Indudablemente Ozzy forma parte del soundtrack de mi vida y sólo con darle play a sus discos puedo revivir cada momento que aquí he descrito. Pero no vivamos del recuerdo, mejor disfrutemos del presente y antes de que el Madman patee el balde, presenciemos como hoy, el mismísimo Ozzy Osbourne, nos hace rockear más duro que nunca.
En la década pasada no vi muchos capítulos de The Osbournes en TV, pero pude asistir a varios Ozzfests impresionantes, en los que vi a decenas de bandas de primer nivel, incluyendo al Sabbath original reunido. Si de rock se trata, qué privilegios se me han dado. No dejo de agradecer por cada uno de ellos. Indudablemente Ozzy forma parte del soundtrack de mi vida y sólo con darle play a sus discos puedo revivir cada momento que aquí he descrito. Pero no vivamos del recuerdo, mejor disfrutemos del presente y antes de que el Madman patee el balde, presenciemos como hoy, el mismísimo Ozzy Osbourne, nos hace rockear más duro que nunca.


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