lunes, 10 de septiembre de 2012

COLA’O


Viendo algunas fotos de mi boda, descubrí que mi propio hermano dejó entrar a 5 wedding crashers. Aparentemente, como lo muestra la película de David Dobkin, esta tradición de meternos donde nadie nos ha llamado -mientras haya comida, guaro y solteras disponibles- seguirá aplicándose hasta el final de la Humanidad.
Yo en matrimonios nunca me infiltré pero sí en quinceaños. En aquella época no fui invitado a tantos como algunos “niños bien”, populares, de supuesta buena familia…pero aunque me invitaran formalmente, a veces las ganas de colarme, de conspirar e invadir sigilosamente, eran más fuertes que yo.  Así que, desde mi teléfono de disco, terminaba llamando a algunos non-gratos para unírmeles e ingeniar la mejor forma de arriesgarnos en grupo.
A muchos lugares entré dándole al bouncer
un nombre que acababa de leer en la lista de invitados. A veces algún amigo invitado me prestaba su nombre para entrar antes que él.  Cuando llegaba mi cómplice, para comprobar su identidad simplemente mostraba un carné de identificación (y una leve dósis de molestia falsa) mientras uno ya llevaba rato adentro, gozando gratis, pasando desapercibido como mismísimo agente encubierto.
Una vez me metí tanto en el papel de Misión Imposible, que me subí con un amigo al enorme techo de un club social, lo cruzamos entero como reptiles al acecho y caímos, literalmente, por un balcón en la fiesta. Qué SWAT ni qué nada. Mis pasos se escucharon menos que mis latidos palpitando adrenalina.
Así mismo hicimos en todo tipo de reuniones, no importaba si eran organizadas por yeyecitos, por zonians
(éstas por razones obvias resultaban más complicadas) o por alguna banda de maleantes en barrios peligrosos. Con nuestros planes bien calculados lográbamos estar en todas. Sumándole que si te castigaban en casa había que zafarse de aquello primero.
Pocos fueron los bullies
que nos sacaron de algún evento -recuerdo a uno que nos largó apuntándonos con el revólver de su viejo- pero
con el tiempo, por el simple hecho de haber compartido aquellos años en una sociedad tan pequeña, varios de esos “heroes” de la farándula terminaron siendo buena gente con uno, algunos involucrándose en asuntos bastante más indignantes y bochornosos que invadir chupatas privadas.  Las vueltas que da la vida…   
Me llegué a meter por tanto patio, muro, puerta trasera y ventana mal cerrada, que sólo cuando me aburrí de hacerlo pude reflexionar sobre  lo innecesario que es compartir espacio con gente irrelevante para uno (y viceversa por supuesto).  Ah… pero en aquellas dulces primaveras, de malcriaditos con frenos y espinillas, había que demostrar que uno podía mantenerse a flote en cualquier mar de hormonas turbulentas.
Ahora que uno es el que inventa movidas exclusivas y excluyentes, sabe que muy rara vez alguien echará a algún extraño cuando la rumba está buena, a no ser que evidentemente el descarado se esté cagando en la velada. Pero aunque la armonía reine en el ambiente más acogedor, nunca faltará el troglodita borracho, esperando desplegar su power trip
con quien sea. En fin.
Si hablamos de odiseas titánicas en el arte de colarse, tendría que resaltar dos fortalezas impenetrables: Las torres Pacific Hills, los multifamiliares más high
del Panamá noventero. Para cruzarlos, primero tenías que subir a pié la gran loma de Dos Mares. Si es por tener calle, dudo que alguna generación muleara y se soyara la entrepierna tanto como la nuestra. Luego, para evadir la caseta de seguridad, tenías que escalar un cerro que daba al área social.  Si hacías una toma aérea del lugar un viernes por la noche, bien podrías encontrarte con un panal de zánganos -en todo el sentido de la palabra- que con los pantalones llenos de tierra y césped, quedaban bailando en filita (los pela’os frente a las pela’as), cigarillo en mano, bebiendo Malibú con jugo de naranja.
El otro sitio emblemático, también inaccesible pero mucho más severo a la hora de rebotarte: El Hotel Marriott (Ahora el Sheraton) frente a Atlapa. Ningún Caballo de Troya hubiera traspasado las murallas de este imponente monumento greco-romano, el cual siempre tuvo más guardias de seguridad que huéspedes. Hasta en el inodoro te escoltaba un gorila en guayabera y walkie-talkie con evidentes ganas de echarte a patadas.  Nunca supe quien fue la quinceañera aquella noche de suerte pero puedo jactarme de haber engañado todas las cámaras del hotel, acompañado de 3 amigos, una década antes del remake
de Ocean’s Eleven. Fingiendo jugar en el casino, subimos varios pisos por las escaleras internas hasta llegar a una puerta secundaria del gran salón. Entramos de 2 en 2, abotonándonos el saco con natural indiferencia; la misma que mantuvimos para sacarle el jugo con vodka a aquella celebración.  Quedamos saltando en círculo al ritmo de la Salsa de Pedro (en este caso, de Pedro por su casa) abrazados a los familiares de la cumpleañera y fuimos los últimos en irnos con los bolsillos repletos de comida.  Como cierre triunfal, recuerdo estar degustando ceviche con el padre de la susodicha, hablando sobre la entonces reciente Invasión Yankee. Comentándole con la boca llena: "Tío, dicen que aquí cayeron buco paracaidistas..."


MADRE MIA


Aunque la ciencia siga demostrando que nuestros defectos psicológicos son heredados de nuestros padres (por perfecto que haya sido nuestro núcleo familiar), me ha ido bastante bien en la vida imitando las virtudes de mi madre.  Como consecuencia de un exilio politico que, junto a otros factores, provocó un divorcio irreparable, a mi me crió una mujer. Mi incansable vieja. Que aunque nos dio lo que pudo bajo el cuidado y apoyo de mi padrastro, fue ella quien cargó conmigo y mis dos hermanas durante nuestra infancia.  Esto hace más que obvios mis principios de respeto hacia la mujer y vuelve inevitable que entre mis valores esté enaltecerlas y favorecerlas ante todo. Quizás por admirar tanto al sexo opuesto, es que al cortar el cordon umbilical imaginario que nos unía, la vida volvió a bendecirme con una nueva y encantadora mujer. Mi esposa, quien ha sabido complementar mis gustos, fortalecer mis aptitudes y poner orden en nuestro reino de 100 metros cuadrados.

Por supuesto que han habido situaciones en las que he sido un completo morón con ciertas mujeres.  Excepciones de las que podría arrepentirme pero que pudiera justificar con la inmadurez y la impulsividad propia de ciertos años.  Tampoco me avergüenza decir que alardear entre amigos sobre nuestras hazañas de playboy -con ese morbo exaltado de perrito en celo-  me produce, más que incomodidad, pereza. De hecho algunas de mis aventuras las he olvidado por completo, asumo que como mecanismo inconciente para darle al momento y a mi cómplice la privacidad debida.  Aparte, como bien dicen, el que come callado come dos veces.  Bueno…tampoco soy tan ridículamente caballeroso. Claro que he presumido una que otra estatuilla escultural que pude haberme ganado con mayor o menor esfuerzo, pero el ser discreto en mis movidas, por memorables que hayan sido, creo que es el resultado de haber vivido bajo un matriarcado ejemplar, en el que a la mujer se le protege y defiende… sea call girl, pornstar o bailarina de videos de reguetón. ¿A qué viene tanto apego materno y culto a la mujer, faltando tanto para el día de la madre? Pues sencillo. Estoy harto del feminismo sin fundamento y sacado de proporciones que tanto se promueve hoy y no quiero que me acusen de machista por lo que voy a comentar.

Aparentemente, para algunos, cualquier especímen que represente al sexo débil, se merece la entrada al cielo gratis.  No importa si desatan la ira de los dioses como Elena de Troya o si provocan una catástrofe galáctica como la Princesa Leia; son mujeres y los hombres, en su falta de todo, son culpables de todo.  Con este pensamiento distorsionado de lo que es realmente la igualdad de derechos, pasando por alto los deberes que toda causa justa debería considerar, terminan desvirtuando un ideal que en algún momento fue defendido con una convicción más responsable.

Aún así, seamos solidarios con este “sexismo anti-sexista” y desenterremos la posible raíz de todos sus males.  A mi parecer, nada ha inferiorizado a las mujeres tanto como las religiones organizadas.  La gente condena la prostitución y hasta la publicidad de cervezas  olvidando que son actividades remuneradas bajo la voluntad de los implicados. En cambio en ciertos cultos ortodoxos las mujeres son reducidas -por ley divina- a un ser salido de la costilla del hombre, que provocó un pecado irremovible y la expulsión definitiva del paraíso. En otros son tratadas como seres impuros bajo las reglas de un manual, como quien entrena a una mascota. Y en otros, además de someterlas subliminalmente en lo moral y espiritual, también se les denigra en lo físico, siendo intercambiadas como mercancía, torturadas por cosas tan básicas como mostrar partes de su cuerpo, entre otras barbaridades menos civilizadas y más sagradas aún.  Bien sabían aquellos tiranos misóginos, fundadores de estas poderosas instituciones, el gran potencial de la mujer en la sociedad y el obstáculo que les representaba para sus planes de control absoluto, cuyos residuos de miedo y superstición medieval siguen enmarañados en nuestro adn.  No quiero juzgar las creencias de nadie, ni pretendo establecer mi interpretación de historias arcáicas como definitiva, pero si de adorar la discriminación y el abuso se trata, he aquí la madre de todas las culpas.  Si no pregúntenle a Juana de Arco lo que le pasó por igualada. 
Con tanta inquisición y señores feudales con
Derecho de Pernada, flagelándonos el alma durante siglos, era predecible la lucha titánica que conllevaría emparejar las cosas, en cada aspecto de la autorealización femenina: desde ejercer el voto hasta disfrutar de su sexualidad sin ser juzgadas.  Así, a finales del Siglo XIX se originó formalmente la liberación femenina y a través de sus olas históricas trajo consigo, como toda revolución, idealistas sensatas,  auténticas confundidas y radicales odiosas.  Por suerte hoy también sobran las mujeres que, sin pretenciones emancipadoras, han alcanzado sus aspiraciones por encima de cualquier precepto inculcado y servido de modelo para muchos, con mayor dignidad que cualquiera.   A esas verdaderas Afroditas, que una vez al mes tiran al basurero su rol de víctimas, a esas son a las que yo aplaudo.

ESTO NO TIENE NOMBRE


Entre las sabias decisiones que supo tomar mi viejo, el 24 de octubre del ‘75 me bautizó con 4 nombres: Noel Ernesto Rafael Ramón. 
Noel como él. Ernesto como él. Rafael como mi abuelo paterno –y por haber nacido el día de San Rafael- y Ramón por no sé que otro disparate.
¡Ah! por San Ramón, patrono de las embarazadas y de los nombres embarazosos.
Obviamente a penas pude me quité de encima todo ese exceso onomástico tan ridículo ya que nadie lo haría por mi: A mi padre le pareció genial atiborrar de datos mi ficha de nacimiento y complicar así todos mis trámites futuros.
Mientras que mi madre, jamás creyó importante lo chistoso que esto sería para mi y para quien lo supiera a través de los años, ya que todavía bromea en público con este temita haciéndome sentir como si me hubiera cagado en los calzoncillos.  “¡Dichosos los ojos que te ven Noel-ernesto-rafael-ramón!”.
Por todas esas exhibidas que pasé al mostrar mi pasaporte, hoy soy yo el que se burla de aquella brillante idea que con tanta gracia supieron concebir. 

Como buen cristiano que me hicieron, a Rafael y a Ramón los quemé vivos en nombre de dios. Cualquiera de estos dos me hubiera sonado agradable solito pero al juntarlos, sus erres corridas se terminaban enredando con Ernesto así que los borré sin remordimiento. Hoy desentierro sus restos como referencia para esta redacción tan bizarra.

Para quedarme con algo de aquel extenso legado de mis progenitores, me dejé el segundo nombre. Y, digo, no es que Noel Ernesto me parezca encantador pero dos nombres es lo usual, considerando que Noel Sánchez ya de por si suena medio extraño.   Noel es un nombre de origen francés mientras que Sánchez es de los cinco apellidos hispanos más comunes.  Esta combinación no encaja ni en esa manía que tienen los chicanos de bautizar a sus hijos con nombre gringo y apellido latino (Alex Rodríguez, Mark González, Jessee Martínez, etc.). Es tan irregular que de los 500 millones de usuarios en Facebook me aparecen menos de 80 Noeles Sánchez, a los que de seguro algún gracioso también les habrá llamado “Papá Noel” o les habrá cantado algún villancico famoso. Cuánta ocurrencia me ha deslumbrado en la vida coño…

Seguido del Sánchez suelo usar mi apellido materno, de Obaldía, honrando a esa parte de mi familia que, por cosas del destino, fue la que me crió. No es que piense dejar el Sánchez de Obaldía pegado como algunos apellidos criollos compuestos, simplemente siento que le agrega carácter a mi nombre, aparte del respeto genealógico ya mencionado.


Entiendo que Juan Pérez quisiera destacarse siendo Pérez-Balladares y que José González quisiera sobresalir siendo González-Revilla  pero ¿Noel Sánchez?... no veo la necesidad, por más fantoche que sea la sociedad en la que vivo. 
Y aunque el rimbombante de Obaldía represente la mitad de mi carga cromosómica y me haga sonar menos genérico, al final soy un Sánchez más. Tan Sánchez como Hugo y como Martha; sin cambiarlo a Sánz como Alejandro y sin sumarle Vicario como Aranxa.

Sánchez conozco a varios: Rafa, Luis, Josesito, Carlos, Rodrigo, Jaime, Iván, Vanessa, Adriana, entre otros tan comunes como el sentido común que deberías tener para ponerle a tus hijos un nombre de pila sencillo y eufónico para que lo lleve contento el resto de sus días, más aún sabiendo que alguno te puede salir problemático, ingrato y con gustos distintos a los tuyos.

A mi me tocó el que me tocó y aunque Noel suena a seudónimo, algunos amigos decidieron hacerle variantes que con el tiempo se volvieron mis apodos. El que más utilizan es Noels (a veces pronunciado ‘No-els’, a veces ‘Nouls’), Noelio y Noelius, Knowell y Neelz (‘Nils’), Noelillo, Noelsillo, Noelinho entre otros más raros aún.   Tampoco escapé de Not Him (No Él en inglés), de Elnó (Noel al revés), de complementos como “Gallagher” (el Noel de Oasis) ni de mi suegro, que a seis años de conocerme, aún me llama Yoel.

Noel…se distingue, pero -con el perdón de mis tocayos- no llamaría así a mi descendencia a menos que viviera en el Polo Norte y me apellidara Blanc. Mucho menos le clavaría más de un nombre, salvo que viviera en Salzburgo en el Siglo 18 y me saliera músico como Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, alias Amadeus.  O quizás si fuera africano y me saliera basketbolista como Dikembe Mutombo Mpolondo Mukamba Jean-Jacques Wamutombo, el legendario Dikembe Motombo.

Pero bueno, ya son 37 años de ser Noel Ernesto Sánchez como mi padre, de Obaldía como mi madre, y la verdad es que así me ha ido bien en lo que me he propuesto: Desde ganarme la vida hasta casarme con una española que compagina conmigo hasta en el nombre.  Así me conocen y así moriré;
sólo espero que en mi epitafio quede escrito algo “short but sweet”.
Para garantizar esto, cuidado y desaparece Ernesto, igual que se fue Rafael, igual que se fue Ramón, igual que se fue el autor de esta maldad tan larga como original:  Yo no, él.