viernes, 19 de agosto de 2011

EL CLIENTE SIEMPRE PIERDE LA RAZÓN

Año tras año, la compañía de telecomunicaciones a la que estoy suscrito me envía a la oficina un celular nuevo gratis y un contrato para renovar. Esta vez quise visitar una de sus tiendas para yo mismo escoger el celular que considerara conveniente. Aquí resumo el diálogo entre vendedor y cliente (yo).

- Buenas…

- Buenas, ¿qué se te ofrece?

- Vengo a renovar mi contrato y mi celular.

- Ok. ¿Te interesa algún modelo específico?

- Mira, la verdad es que estoy contento con este Blackberry… así que si me das uno igualito, cool.  Mi número es tal… mi cédula es tal…

El vendedor, con cara inexpresiva, apunta mis datos en su computadora, revisa mi historial telefónico en su pantalla y me comenta:

- Bueno, por tu consumo habitual, te llevas gratis un modelo parecido, sólo que el sistema de navegación es más avanzado. La cámara no es tan buena pero sus otras ventajas compensan.

- ...Mejor déjame ver el catálogo de celulares, de repente hay algún Android a buen precio que me interese.  Mi esposa compró uno con aplicaciones buenísimas.

El tipo coloca el catálogo sobre el escritorio y yo me quedo revisando detenidamente los modelos, comparando precios y especificaciones.  Le pregunto:

- ¿No tienen iPhones?

- No. iPhone no hay.  

Por mi profesión, conozco gente de peso en dicha compañía que me asegura que pronto lanzarán el iPhone a un percio regalado, pero el vendedor prefiere darme respuestas tajantes y definitivas, con un tono cada vez menos agradable.  Sigo analizando las ofertas y le digo:

- La verdad es que no me decido.  Quiero un celular que me divierta hasta que vuelva a renovar mi plan el otro año. Mejor espero a que lleguen nuevos y que estos bajen de precio…

El vendedor no aconseja, no propone, no emite sonido alguno. Sólo mira su pantalla con indiferencia y de reojo manda una señal de que ojalá me largue pronto. Unos modelos en el catálogo me llevan a hacerle una última pregunta:

- Oye, ¿por qué este celular vale cien dólares y este otro cuatrocientos? Se ve más sofisticado, más moderno,  pero en "pifias" son casi iguales.

- Vale cuatrocientos porque tiene más memoria.

- ¿Memoria? Pero eso para mi no es tan importante. Creo que el de cien dólares me sale mejor entonces.

Al ver que yo prefería el modelo más barato, el vendedor me da su brillante y profesional opinión.  No sé si intentaba convencerme de algo, pero con tono burlesco y patán, me advierte:

- Digo, si te veo por la calle con el de cien dólares... yo diría que no te alcanzó la plata para llevarte el otro.

"No te alcanzó la plata para llevarte el otro".  Esa fue su conclusión.  Por unos segundos me quedé congelado, confundido, mirando fíjamente al grandísimo anormal que tenía en frente. Qué karma.  Sin exteriorizar mi rabia le respondí:

- Entiendo. Si soy una persona práctica y senzata me llevo el más barato… Si soy un pobre wannabe, un vil fantoche, me llevo el de cuatrocientos palos... ¿esa es tu forma de verlo?  Sabes qué, dame mi Blackberry gratis.

El tipo se levanta, busca un montón de papeles indicando con gestos sutiles que le hice perder su valioso tiempo. Al regresar a su silla me dice:

- Qué va. Ahorita no tenemos ese modelo. 

- Bueno, dame tu nombre y un número para saber si les llegó y no venir por gusto.

-No. Tranquilo. Nosotros te llamamos.  Hasta luego.  ¡El próximo!...

El vendedor me despachó y por ahi mismo me dio la espalda. Sólo le faltó soltarme un “dale alante”.  Indignado, saqué mi celular y por chat le envié a mi mujer el emoticon de la carita roja emputada.  Ni di las gracias ni me las dio nadie. Su forma de valorar mis 14 años de lealtad a dicha empresa fue diciéndome “ya vete y no regreses, eres muy necio y aparte pareces andar limpio”.  


Hasta el día de hoy no he recibido noticia de mi nuevo celular así que, dentro de mis posibilidades, sólo me queda denunciar este despreciable episodio. Delirando múltiples venganzas quizás les haga llegar esta nota para que la peguen en algún tablero de corcho, a ver si, aunque sea por un instante, les interesa prestar verdadera atención a sus clientes.  En fin...


Hay momentos en los que siento que soy un imán para el mal servicio. A veces intuyo que es porque el panameño se guía mucho por ese principio tan retrógrado que dice: "como te ven te tratan" y como yo siempre ando vestido informal, pues me tratan sin formalidad alguna.
Sabrá dios. De igual forma, cada vez que comparto con alguien las pésimas experiencias que he tenido, casos peores terminan opacando a los míos. 


Con tanto negocio aparenciendo, seguimos a merced de un montón de mediocres, ingratos y desubicados que al parecer no aprecian su trabajo y que juran que te están haciendo un enorme favor con algo tan básico como atenderte bien.  ¿Qué nos hará falta? ¿Un desastre natural? ¿Una guerra?  ¿Una crisis económica, de esas que han puesto de rodillas a países más desarrollados que el nuestro?  Por más trágico y pesimista que suene, todo parece indicar que hasta que no vivamos un sentimiento de pérdida devastador que nos estremezca como nación, jamás dejaremos de dar por sentadas las oportunidades que nos presenta nuestra realidad socioeconómica. Sólo entonces nos interesaremos en cumplir de verdad con lo que supuestamente somos: Un país de servicio.  Si no, dejémosle el trabajo a otro con mejor actitud.



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