sábado, 20 de agosto de 2011

DÉJAME HABLAR

No hay úlcera ni gastroenteritis que se compare al terrible ardor visceral que me da cuando alguien o algo interrumpe mi conversación.  Por herencia biológica, quien sabe si psicológica,  casi siempre hablo de forma serena y a un volumen bajo, lo que permite que mi tema sea desviado facilmente si alguien se entromete a contar cualquier otra cosa.   El celular es otro rival importante en este karma que he tenido que pagar sabrá dios por qué.  En lo mejor de mi cuento, el maldito aparato suena y la atención se la gana el que llamó y nadie se acuerda de lo que estaba yo diciendo.  Eso, cuando es una llamada la que entra.  Cuando es un mensaje de texto el que llega, ni hablar.  La chateadera me elimina por completo.  He llegado a pensar que en mi vida anterior fui un déspota que privó a su pueblo de toda  libertad de expresión, al punto de cortarle la lengua al que le cayera mal.  No encuentro otra explicación para esta mala suerte que muy pocas veces me deja echar un cuento completo y que ha sido un patrón constante a lo largo de mi vida.

Así pasa cada vez que voy a almorzar donde mi madre.  Nos sentamos todos los hermanos, mientras mis pequeños sobrinos, revolotean alrededor de la mesa, gritan de la felicidad, juegan con su abuela, piden soda, piden postre,  vuelven y vuelven a gritar…mientras yo, amargado, a punto de sufrir un aneurisma, intento compartir algo más que una suculenta comida casera en mi corta hora de lunch.  Terminándonos el postre intento rescatar mi discurso pero es ahi donde mi vieja y la empleada deciden comentar sobre el supermercado, sobre el menú de la semana, sobre tal o cual menester del hogar… Al final me resigno y lo único que me queda por decir es “Me voy. Nos vemos”.

En mi vida amorosa, pues me casé con una española encantadora. Entre sus tantas virtudes…habla alto, piensa rápido y dice lo que piensa más rápido aún.  Todo un placer intercambiar opiniones con alguien tan curiosa, elocuente y expresiva (y todo un reto entrar en debates).  La verdad es que la química que nos ha unido nos hace disfrutar de nuestras similitudes y diferencias de forma muy cómoda y divertida.  Como pareja, sólo dos cosas me colocan en un segundo lugar:  La primera es la cocina.  Como buena gallega ama preparar deliciosas recetas y alimentar a todos hasta que exploten. Y a penas entra en sus rutinas culinarias es inútil contarle cualquier novedad ya que la tertulia telepática que mantiene con el garbanzo, el jamón y la papa siempre será mucho más entretenida.  La segunda es Jager, nuestro juguetón, inquieto y leal bulldog.  Le encanta pegar saltos y morder con cariño a todo el que le simpatice.  Sus residuos de baba son clara evidencia del amor que dejó en su trayecto, así como lo son las marcas de sus dientes luego de haber rumiado lo que le hayas puesto en frente, desde sus juguetes de caucho hasta el hilo de mi más importante conversación.  Y bueno… así es que nos amamos. Aprovecho para escribirlo sin interrupciones.

En lo social, me han tocado amigos tan parlanchines como escandalosos.
Tengo uno cuya irremediable hiperactividad se le manifiesta más cuando habla que en cualquier otra actividad física.  No deja espacio entre cada cuento que echa y no te repite ninguno.  Aparte, jamás tocará el timbre de tu casa ya que su timbre de voz es mucho más fácil de escuchar.  Así, como quien usa un megáfono, despertará a todo tu vecindario de tanto gritar tu nombre para que le abras la puerta.  Si intentas plantear tus puntos de vista con este personaje, mejor es que desarrolles paciencia y tolerancia como nunca antes ó simplemente quédate callado y disfruta de su imparable ráfaga de chistes, una de tantas razones para quererlo como la persona tan singular e insoportablemente necia que siempre ha sido. 

En lo laboral, aunque puedo manejar bien el estrés, mis niveles disminuirían considerablemente si no me llamaran a cada rato por teléfono -desde la propia empresa- para algo mínimo que bien podrían decirme en persona. Todos estamos a un pasillo de distancia.  Y sí, usualmente ocurre en la mitad de alguna historia interesante que compartíamos en la oficina. Así mismo tengo clientes que vuelven mis presentaciones una reunión de cualquier otra cosa y uno, que es quien debería llevar la batuta de la conversa, termina escuchándoles sus anécdotas personales. Al final el propósito del mitin se olvida y no queda otra que volver a explicarles todo rezando que nadie meta la cuchara antes de lo previsto.

Definitivamente hay que saber escuchar, sobre todo cuando entra en escena la peor parte de mi maldición: El camión de la basura.  No sólo porque me persigue a diario, obstruyéndome el paso por cualquier calle que tome, sino porque nada logra destruir tanto la buena comunicación como la bulla infernal de este apestoso e imprudente monstruo mecánico. Les agradezco haber leído todo esto, dudo que en persona hubiera logrado transmitirles tanto.  



1 comentario:

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.