Finalizando el 2010, tuve la oportunidad de participar en la cuarta edición de Pecha Kucha Nights, Panamá. Si no les suena, Pecha Kucha es un evento que nació en Tokyo, Japón y que hoy se realiza en más de 300 ciudades del mundo, en el que se imparten charlas informales pero a la vez creativas sobre temas diversos. Usualmente tanto los expositores como la audiencia es gente vinculada al diseño, la arquitectura, la fotografía, el arte y otros campos de la creatividad, sin excluir a quien le provoque disfrutar del evento. Aunque mucho de lo que se presenta son portafolios y trabajos profesionales, este espacio también se ha prestado para exponer temas de interés general: anécdotas personales, proyectos estudiantiles e investigativos, pasatiempos, colecciones y cualquier otra curiosidad con potencial para compartirse de forma amena. Lo que realmente hace que estas charlas sean diferentes y entretenidas es su formato: cada participante debe exponer su tema en 20 slides proyectados en una pantalla gigante y sólo cuenta con 20 segundos para explicar cada slide. Todo corrido, sin pausas ni retrocesos. Con esta dinámica 20x20, cada charla dura exactamente 6 minutos con 40 segundos, lo que hace que algunos expositores se queden cortos de tiempo mientras que a otros les sobre. La verdad es que es todo un reto hasta para el más elocuente. No es fácil dominar el escenario frente a tantos espectadores, esperando atentamente el siguiente tema a contarse de forma rápida, clara, concisa y de ser posible, divertida. Si le buscáramos una analogía, para mi Pecha Kucha es sin duda, “el Pictionary de las charlas” pero aunque hasta cierto punto pareciera un jueguito, este formato lo están utilizando algunas empresas como base para sus presentaciones.
En mi caso, los organizadores me sugirieron exponer algo relacionado a mi trayectoria como columnista en Blank. Así que me tomé el trabajo de escoger 20 de mis mejores columnas, diseñarles en Photoshop sus respectivos slides y describirlas esa noche, una por una.
Al igual que este blog, “Notas Neuróticas” le llamé a mi exposición ya que el proceso que conlleva inspirarme para abordar cada tema, profundizarlo y redactarlo con cierta gracia -todos los meses- es síntoma evidente de algún trastorno mental.
La cosa es que no me preparaba tanto para hablar en público desde una poesía que recité en quinto grado. Ni como publicista, ni como músico, ni como deportista me había enfrentado a tal prueba y aunque había repasado mis líneas, cronómetro en mano, sabía que al llegar mi turno la cosa iba a ser completamente distinta.
Y así llegó el momento. El anfitrión menciona mi nombre de forma efusiva, la gente aplaude entusiasmada esperando ver al próximo charlatán a exhibirse. Yo voy decidido, con cuatro whiskys y medio encima para aplacar los nervios, el público me sigue con la mirada y finalmente subo a la tarima a merced de lo incierto, de lo que pudiera pasar en los próximos minutos a penas le dieran play a mi presentación. Micrófono en mano, recordé que lo que empieza mal termina mal, así que de salida no podia cagármela pero ya no quedaba tiempo para pensar en nada. Tan sólo quedaba soltarles ese guión que desde hace días venía memorizando con precisión absoluta. Tirárselos como quien se tira loma abajo en una bicicleta sin frenos, sabiendo que dos cosas podrían pasar: o la velocidad te permitía lucirte con un salto espectacular o simplemente perdías el control y te sacabas la mierda, quedando como un grandísimo chambón.
“Buenas noches...muchas gracias”. Pasaron mis 6 con 40 y al final todo salió muy bien. Al parecer les gustó. Para mí pudo ser mejor. Sentí que pude darle con más calma. Pero eso sólo lo sé yo que practiqué mil veces este ejercicio creativo tan intenso como efímero y que te obliga a hacer la tarea como nunca antes. Algunas amistades para darme apoyo moral, me aseguraban que lucía confiado, lo cierto es que allá sudaba como paletero al medio día y tragaba litros de saliba para modular sin que se me enredara la lengua. No es nada cómodo escuchar tu voz temblorosa y tu respiración acelerada saliendo altisimo de unas bocinas que no sabes donde se encuentran, mientras varias cámaras te filman para subirte a la web y de reojo logras ver los dos pisos del teatro llenos, en silencio, prestándote completa atención. Igual, sin vértigo que me detuviera, me aventé en el Pecha Kucha y por suerte caí bien parado. Hasta quedé con ganas de darle de nuevo. Esta vertiginosa experiencia junto a otras tendencias actuales de la comunicación, desplegadas en redes sociales, chats, blogs, etc. nos muestran el ritmo y los estándares de información con los que nos gusta interactuar, compartir y entretenernos. Partiendo de eso, después de tantas ediciones y de buscarle tantos giros a mis escritos, a veces quisiera que este espacio fuera más corto. Lo cierto es que tal como ha sido siempre, me permitió hablar en Pecha Kucha de mis columnas en Blank y en Blank de mis columnas en Pecha Kucha.


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