Hoy me he visto en el espejo y me noto más frentón que nunca. Jamás he sufrido de calvicie. No tengo de donde heredarla ni se me ha dado a causa de algún trastorno psicológico. La verdad es que siempre he tenido esta gran frente que hoy puedo lucir sin pena alguna, asumiendo que a mi edad ya el tema de la alopecia no es tan importante como hace 25 años. Hoy más que nunca me quiero creer ese cuento de que las mujeres encuentran atractivo e interesante a aquel con grandes entradas y que no se refieran sólo a sus entradas de dinero. Qué irónico que se llamen entradas. Yo les llamaría salidas ya que el cabello sale de tu cráneo y no vuelve a entrar más nunca, a menos que recurras a esos ingertos tan dolorosos y caros que ya muchos se aplican por ahi. Yo sólo sé que hasta que esas matas de pelo falso dejen de parecer cabello de muñeca, dudo que el sembrarme no sé cuántas miles de hebras, a no sé cuántos dólares cada una, forme parte de mi lista de prioridades en la vida. A mí déjenme así, con mi cabezota y frente bien pronunciadas y si en efecto ser inteligente es tener “tres dedos de frente”, pues piensen que desde kinder he tenido cinco.
Pero aunque hoy me resulte gracioso, es por esta misma frente que en la escuela odiaba mi cabello. Era demasiado enrulado e indomable y no le aportaba en lo absoluto a mi contextura de aquel entonces. Tuve novias desde pequeño y ninguna se espantó por mis defectos físicos pero aún así odiaba no poder hacerme algún peinado "pifioso" ni dejármelo tan largo como mis ídolos del rock. Si lo llevaba muy corto, quedaba frentón, orejón y con un pequeño bisoñé puntiagudo en forma de gorrito de cumpleaños. Mientras que largo, ni siquiera era una opción: En la escuela me lo mandaban a cortar sin que las colas de la nuca (el llamado mullet) tocaran el cuello de la camisa. Igual intentaba dejármelo crecer evadiendo la mirada de los profesores y ahí andaba, con un casco de enredaderas que me hacía ver como la medusa de la mitología griega recién despertada. Para disimular aún más el motete, a veces me embarraba cantidades industriales de gel que al medio día se sentían como un gran gargajo seco en mi cabeza pero por más que intentaba esconder tanto pelambre, algún superior me despelucaba por sorpresa y me mandaba al barbero o a la biblioteca castigado.
Tristemente no me quedaba otra que llevarlo normal, sin nada diferente ni especial salvo un buen par de rulos necios, como antenas en forma de resortes, imposibles de aplacar. Por insistir con el tema del cabello largo, entre otras necedades, me botaron de la escuela pero para mi suerte, en el reformatorio al que fui a parar en el extranjero pude dejarme el cabello hasta los hombros, ondulado, como siempre quise llevarlo. Aparte, el clima frío de allá y su propio peso hicieron que se me alisara bastante y los fuertes soles de verano que allá pegaban me lo aclararon un poco.
Así andaba por los pasillos de mi nueva escuela, sintiéndome el guerrero más bárbaro y hediondo a shampoo del medioevo, dispuesto a decapitar dragones y salvar princesas.
La verdad es que fui muy feliz en mi fase de vikingo quinceañero, sobre todo cuando azotaba mi cabeza al ritmo del Metal sin quedar después como trapeador usado.
La verdad es que fui muy feliz en mi fase de vikingo quinceañero, sobre todo cuando azotaba mi cabeza al ritmo del Metal sin quedar después como trapeador usado.
Fue tan estimulante esa libertad de andar tan moñón como me diera la gana, que terminé graduándome con el primer puesto de honor y la más larga cola de caballo. Había alcanzado el estatus de mis amigos rockeros mayores, quienes con sus largas pelucas se diferenciaban del resto de la sociedad, en tiempos en los que tanta frondosidad masculina aún no era bien vista.
Así fue que regresé, como caballero que vuelve de la batalla a su hogar... pero tanta gloria épica llegó a su final al llegar al aeropuerto y encontrarme con un calor infernal que hacía rato no sentía y que en minutos me regresó el afro a su estado más esponjoso.
Así, después de tantos años halándome los moños con mis viejos y maestros, a pocos días de haber llegado a casa me pelé por voluntad propia.
Con el tiempo fui quedándome sin cabello pero nunca sin ganas de aplicarme mil excentricidades en lo que iba quedando de él, así que me hice cuanto disparate pude en la chonta hasta finalmente quedar con mi corte actual: Éste corte varonil y cómodo que tan bien ha sabido mantener mi peluquera. Sabemos que ahora, mientras más largo me lo deje, más desagradable y cocobolo voy a lucir así que dejémoslo como está, sin taparlo ni con gorra ni con sombrero.
Veo mis fotos de niño y pienso que, después de todo, si hoy tuviera esa edad y me dejara el algodón de azúcar que llevaba sobre mi cráneo, sería un pelaíto de lo más cool. Pero bueno, los tiempos cambian y nadie aprende en cabeza ajena.

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