jueves, 28 de noviembre de 2013

METAL INOXIDABLE


“Dicen que el gran Bethoven hoy tocaría Rock, aunque ya nadie mantendrá su opinión”. – Barón Rojo. Breakthoven (1985).  

Como ya se ha demostrado, si una orquesta sinfónica interpretara alguna canción de Heavy Metal, terminaríamos escuchando una pieza de música clásica magistral, de esas que ambientan elevadores, restaurantes y supermercados. Esto sin que ninguna persona “madura y educada” la perciba como bulla estridente concebida por pelilargos, tatuados, vestidos de negro. Y es que, salvo por el Blues (la otra mitad cromosómica del Heavy Metal) hay un cordón umbilical inseparable entre Mozart, Wagner y Paganini y, digamos, Judas Priest, Helloween y Testament, por mencionar a algunos artistas.  Si bien del género Metal derivan un montón de sub-géneros y estos a su vez se pueden diferenciar según sus matices y fusiones con otros estilos, después de 4 décadas desde que se sonaron sus primeros acordes, hay que aceptar que para tocar Metal -desde el estilo más digerible hasta el más violento- hay que tener cierta destreza instrumental, hay que aplicar un ejercicio creativo riguroso y hay que saber más de cuatro cosas de teoría musical. Esto sin mencionar la parte lírica que también exige mucho talento.  Hoy el Metal ha evolucionado a niveles sin precedentes y su afición se mantiene más fuerte que nunca, sin importarle los trends que vienen y van con el tiempo. Sólo hay que ver la enorme cantidad de gente que asiste a festivales durante todo el año para notar el enorme auge que este movimiento sigue teniendo a nivel mundial. Fans que podrían ir desde los 10 hasta los 50 y pico de años, reiteran que el Metal es un estilo de vida y no una etapa, y que es una industria gigantezca que mueve tanto o más dinero que cualquier otra afición más tradicional y conservadora. Yo como músico y fantático acérrimo puedo decir que, a pesar del componente agresivo indeleble en esta música, si hay un ambiente épico y a la vez ameno es el de un buen concierto de Metal Pesado. Nadie se mete con nadie, todo mundo está por la música, la cerveza y por compartir ese momento de sintonía absoluta, esa catársis colectiva, junto a 100 o 100,000 personas.  Hay excepciones como en todo, te puedes encontrar desde esnobs hasta delincuentes, pero habiendo convivido con distintas tribus urbanas y tocado sus respectivos soundtracks, puedo asegurar que los Metal Heads, detrás de su aspecto de vikingos en shorts de camuflage y pose de maestro del Dark Side, son en su mayoría personas cultas, amigables y divertidas. Eso sí, con una insaciable sed de celebración y un humor más negro del habitual. Casi tan gracioso como cuando dos desconocidos se cruzan accidentalmente y descubren que ambos son metaleros. Partiendo de que no es música que le guste a cualquiera, es como si dos integrantes de alguna secta secreta se encontraran. Muy posiblemente se pasarán horas hablando de sus grupos favoritos y de sus experiencias memorables en este mundo de guitarras punzocortantes y ritmos demoledores.

De seguro algunos, limitándose a nuestros códigos y prejuicios sociales dirán, “coño, éste man se quedó en sus años de escuela”. Si lo quieren ver así, perfecto. Si la idea es disfrutar la vida a plenitud y mantenerse joven de espíritu, a mi me llena más seguir haciendo headbanging y mosh con mis discos de toda la vida, que terminar como aquellos (doble) moralistas conservadores de tiempos de Ronald Reagan, por no decir de la Inquisición, cuando ponerte un t-shirt de Rock era un pecado. Lo cierto es que mientras aquí aún no hay suficiente población para darle a estos géneros musicales la importancia y el respeto que merecen, en el Reino Unido ya incluyeron al Heavy Metal ¡como carrera universitaria!. En dos años se estudia, aparte de apreciación musical, historia, sociología y otros temas interesantes relacionados.  Por supuesto que esta iniciativa de darle un estatus académico trajo consigo opiniones encontradas tanto de fanáticos como de catedráticos puristas, algunos lo ven como un avance, otros como una pérdida de tiempo. Estemos de acuerdo o no, una amiga cuestionaba: ¿acaso no ocurrió así para quienes querían ser chef o diseñadores de moda? Ustedes dirán.  Al final, después de tanto debate, resultó indiscutible que el Metal siempre ha sido música transcendental, digna de apreciación, con un elevado valor cultural y educativo, como cualquier otro lenguaje artístico de temática impactante. Ese fue el ideal que desde chicos defendíamos a muerte y que de adultos seguimos sosteniendo, con la misma convicción pero menos insistencia, al ver que nuestros viejos ídolos siguen inmortalizándose y que nuevas generaciones llevan encendida, por todo lo alto, la implacable antorcha del Heavy Metal. Ok. Creo que me pasé de cursi. Esa es la parte nerd que existe en todo metalero. Mejor recurramos a la parte transgresora que, a diferencia de la primera, no necesita vivir justificándose con quienes menosprecian esta pasión tan eterna. Como dice el antropólogo y director audiovisual Sam Dunn al final de su documental Metal. A Headbanger's Journey: “We’re doing just fine without you!”

VENDAMOS EL DIABLO AL ALMA.


En un mundo de libertad para consumir lo que nos gusta y evitar lo que no,
yo sinceramente no aplaudo esa diversificación de productos tan exagerada
en el merchandising del Rock, menos si se trata de bandas legendarias, reconocidas por ser extremadamente fuertes como es el caso de Slayer.

Hoy los miraba en concierto frente a 50,000 personas, tocando canciones que van desde 1983 hasta este año.  Así es. Estos californianos cincuentones, ganadores del Grammy, felices padres de familia y uno de los Big Four del Thrash Metal, lograron ganarse la vida de forma digna cantándole al diablo, a la oscuridad y a la violencia de forma explícita y directa, sin mensajitos subliminales, llevando la música a un nuevo estándar de agresividad. Aunque aún existe gente a la que el Rock Satánico le asusta, con los años este concepto se volvió algo socialmente aceptado y tan válido como cualquier otro lenguaje artístico.  Para los menos supersticiosos, siempre resultó un chiste, mientras que para Slayer ha significado décadas de feliz controversia y de mucha facturación. Tanto así que su vocalista Tom Araya fue condecorado por su aporte cultural con la llave de la ciudad de Viña del Mar, Chile, su ciudad natal, sede del Festival Internacional de la Canción.

Disco tras disco, Slayer ha sido el paquete de maldad completo, desde la facha de cada integrante hasta su logotipo, y dicha maldad ha sido impresa en su sonido, único y fácil de reconocer hasta por no fanáticos. Y aunque desde entonces hayan nacido grupos más brutales aún, muchos son los que terminan emulando su estilo y pocos los que se atreven a abrir sus shows, ante un público sediento del caos que sólo Slayer puede desatar.

La cosa es que un amigo me sugirió para estas Navidades, unas finas copas de cristal con el logo de Slayer grabado, guardadas en una elegante caja negra, evocando esa identidad Nazi, imperialista/esotérica, tan propia de la banda. Meses antes Slayer había lanzado su propio vino, Reign in Blood Red, Cabernet Sauvignon, edición limitada, así que, ¿por qué no catarlo en sus propias copas?.
Si bien estos son productos más sofisticados que los que suelen mercadear, por tratarse de un licor, en un empaque imponente, diseñado bajo los códigos de dicha cultura, pasan como valiosos ítems de colección.  Así los describe su guitarrista Kerry King, modelo de la nueva campaña publicitaria de Jägermeister, patrocinador incondicional del Heavy Metal desde sus días menos populares.


Así mismo grupos clásicos como Ramones, Misfits, Motorhead, Ozzy y Iron Maiden siguen ampliando su catálogo de forma infinita, lanzando desde zapatillas hasta videojuegos, intentando alcanzar la variedad de Gene Simmons de Kiss, quien supo mejor que nadie sacarle ganancias a todo chéchere que llevara su logo impreso.         
Pero si bien la parafernalia rockera supone cierto grado de cursilería, la cosa se va pasando de ridícula y perdiendo mística, cuando aparecen artículos promocionales que no tienen nada que ver ni con la personalidad de la banda ni con el espíritu de dicha música.

Entiendo que cuando eres un artista de trayectoria, no hay nada como vender tu imagen para generar mayores beneficios que los que recibes por
(el sacrificado trabajo de) componer buena música y pasártela de gira pero cuando se trata de grupos engendrados en la escena subterránea, en la que tuvieron que sonar durísimo para darse a respetar, que alarmaron a la sociedad como nunca antes y que llevaron la música pesada a nuevas formas de ejecución, es inevitable sentirse decepcionado al verlos convertirse, de iconos de la transgresión a premios de Corn Flakes desechables. 

Hoy podemos comprar ¡hasta bolas navideñas de Slayer!,  ¿y sus verdaderas bolas dónde quedaron? Después de esto sólo falta que saquen los peluches de Slayer ¡porque hasta Legos hay!. Y cuando todos tengan sus 4 peluchitos, nadie sabrá qué le mató el feeling a aquella banda que, durante décadas, infectó al mundo con música tan sanguinaria como blasfémica: ¿Slayer?, ¿los asesores de "la marca Slayer"? o ¿la legión de nerds compulsivos que compramos los peluches de Slayer?. Sabrá dios. O quizás el diablo a quien ahora sí le vendieron el alma. 

Es cierto que muchos fans ya crecimos y por fin podemos decorar nuestros hogares a nuestro gusto -a punta de adornos rockeros- mientras vemos sus reality shows
, tomamos sus marcas de cerveza y nos olvidamos de la diferencia abismal que hay entre el tshirt y el jabón de Slayer… pero aunque desde siempre entendí el teatro y el negocio detrás del shock value… y aunque conozco el sarcasmo y la estética campy de la cultura popular actual… a mi si me hablan de Slayer, que sea del Slayer de misas negras y cruces invertidas, de sádicos asesinos en serie y de atrocidades de guerra. Y que esos otros juguetes tan curiosos y divertidos ardan en el infierno.  Seguro mientras yo excorciso esta rabieta, en Slayer se estarán riendo de mi. Siempre han sido tipos muy chistosos y despreocupados y al final, con o sin mercancía, siempre serán fuckin' Slayer: Satan Laughs As You Eternally Rot.


INADAPTADOS SOCIALES BASTANTE SOCIABLES.


Aunque pasé buenos momentos en el colegio, muchas veces me sentía fuera de lugar. Tenía buenos amigos en distintos círculos, algunos muy contrastantes entre si,  pero el hecho de que a mi me gustara el rock pesado y que viviera manifestándolo era algo que no a muchos agradaba. Sólo aquellos que compartían gran  amor por la música fuerte se juntaban con uno sin lío alguno y aunque en nuestro trip había todo tipo de personajes, realmente no éramos gente mala. Simplemente por la razón psicológica que sea, nos atraían los temas oscuros, bizarros e  impactantes en la música y en las artes en general. Éramos una especie de pequeños librepensadores que vivía investigando y cuestionándolo todo, siempre canalizando nuestra tendencia a la transgresión a través de la música y en la mayoría de casos, sin meternos con nadie que pensara distinto. Viéndolo así, menos mal teníamos una forma "violentamente sana" de drenar nuestra energía sino sabrá dios en qué hubiéramos terminado. En asesinos en serie quizás...

Tampoco eramos unos santos, obviamente, hacíamos las cagadas y cagadotas propias de cualquier adolescente pero al andar siempre vestidos de negro en un país tropical, proyectando rebeldía e inconformismo hacia la cultura imperante, la gente nos tildaba de delincuentes, drogadictos y por supuesto, satánicos. Pocas chicas de la farándula social se atrevían invitarnos a sus fiestas y era normal que algún bully nos quisiera golpear sin mayor razón. 
La verdad es que aborrecía el lugar en el que estaba creciendo: una ciudad de nuevos ricos, con el conservadurismo hostil gringo y el miedo supersticioso de aldea criolla. Cada vez que veía en otras sociedades, más grandes y maduras que la nuestra, que nadie se alarmaba por las cosas por las que aquí nos señalaban, maldecía todo. Me frustraba la desventaja de ser menos que una minoría, mientras en el lejano primer mundo sobraba gente para compartir cualquier afición y estilo de vida. Anhelaba la libertad que gozaban los zonians de ir al colegio en ropa particular y pelo largo, bajo una mentalidad más abierta, sin dramas ni escándalos hacia lo “raro”. Por ese choque entre mi forma de ser y la forma en que el colegio (y su farándula) te obligaba a ser, fui expulsado a un reformatorio en Costa Rica donde irónicamente me sentí más a gusto y en el que me gradué con honores. Sin exagerar, cada  carencia que me mostró mi Panamá hasta los 15 años, de algún modo allá se me multiplicó de forma espontánea. Es increible lo que puede hacer un ambiente académico multicultural en la vida de un rockerito nerd.  Veinte años pasaron desde entonces y con ellos mil vivencias en las que vimos crecer a Panamá en muchos aspectos. Ahora somos nosotros los padres de familia que intentamos criar a nuestros hijos con nuevos valores, sin aquellos tabúes ridículos con los que nos censuraban en nuestra pubertad. Pero aunque ciertos prejuicios se siguen dando y aún no seamos un país tan tolerante hacia ciertas expresiones, la verdad es que mi vida escolar pudo ser peor cuando pienso en el caso de The West Memphis 3.

A inicio de los 90s, en un pantano de Arkansas fueron encontrados los cadáveres de tres niños de ocho años. Sus cuerpecitos yacían golpeados y lacerados brutalmente con los pies y las manos hatadas. A pocos días del espantoso hallazgo, la policía y los diarios locales anunciaban la captura de los responsables: Tres adolescentes. ¿Las pruebas? Sin evidencia física, armas, motivo o conexión entre las víctimas y los acusados, la corte concluyó que sus vestimentas negras, discos de heavy metal y libros de Stephen King eran muestra suficiente de que habían perpetrado este horrendo crimen ¡como sacrificio en un rito satánico!.  Con una población redneck, tan religiosa como ignorante, enardecida y sedienta de venganza,  se dictó sentencia: Damien Echols fue condenado a pena de muerte. Jason Baldwin y Jessee Miskelly recibieron múltiples cadenas perpetuas.

Periodistas investigativos de HBO se disponían a documentar esta historia de asesinatos diabólicos pero al indagar en los hechos, lo único que encontraron fue un caso de manipulación e injusticia por parte de las autoridades. El documental es lanzado al aire y llama la atención de miles de personas, incluyendo celebridades de la música y el cine quienes indignados unen esfuerzos para liberar a los tres rockeros.  La lista incluye a Johnny Depp, Eddie Vedder, Peter Jackson e inclusive a los padres de las víctimas quienes con el tiempo y gracias a la información recopilada, lograron ver la situación con mayor claridad.
Los jueces jamás dieron su brazo a torcer en esta agotadora batalla legal pero iniciando la década del 2000, con la nueva tecnología forense del ADN y las leyes penales que la acompañan, reconocidos expertos en criminología logran comprobar que no hay nada que vincule a ninguno de los tres al homicidio. Es ahora el padrastro de una de las víctimas -quien nunca fue interrogado ni amedrentado al momento de los hechos- el que ahora resulta más que sospechoso por tener además un historial repleto de violencia doméstica.


Amparados por sus derechos de apelación y restructurando el caso con las nuevas evidencias en un juicio aprobado por La Corte Suprema de Arkansas, el 19 de agosto de 2011 los Tres de Memphis son finalmente puestos en libertad pero con la condición de declararse culpables. Este recurso legal les permitiría salir de inmediato y no esperar los años que tomara la nueva resolución del caso pero les coartaría cualquier posibilidad de demandar al sistema penal por haberlos encerrado durante casi 20 años, la mitad de sus vidas, en las más brutales e inhumanas prisiones.  Hoy se mantienen buscando al verdadero culpable y dando su testimonio en libros y reportajes televisivos en los que relatan esta historia con mayor detalle. 

Tengo entendido que inclusive pronto estrenarán la película. Yo de corazón espero que sea tan impactante como la historia real y que sea vista por muchos para recordar que las cacerías de brujas y las ejecuciones públicas pasaron hace rato. Mientras sigamos en estos tiempos supuestamente modernos, repitiendo sagradas inquisiciones sin fundamento, seguirán existiendo inadaptados sociales, bastante sociables, como solíamos ser en la escuela.


DE VIAJE


Hasta cierta edad yo no era de viajar mucho. Salvo un exilio político en los 80s, un par de visitas a familiares que incluían la clásica ida a Disney World, mis últimos años de secundaria en los 90s y una que otra “gira rockera”, nunca usé mi pasaporte con la constancia de la gente común para ir a sitios comunes. De vacaciones escolares me retiraba a mi casa en Chiriquí y durante esos meses de diversión pueblerina jamás consideraba salir del país. La verdad es que aquellos veranos campestres generaron en nosotros suficiente apego como para anhelar cualquier otro trip.  Para rematar, cuando pude aplicar sobrado a alguna universidad extranjera, decidí quedarme estudiando en Panamá (entiéndase estudiando como tocando rock todas las noches). Aún así, en aquel tiempo, sin un centavo encima, sin tarjeta de viajero frecuente y sin Internet, tuve suficiente inquietud y referencias para saber que había mucho por descubrir más allá de nuestras fronteras geográficas y mentales. 
Así, con los años me llegaría la oportunidad de conocer nuevos horizontes y absorber todo aquello que nuestra limitada cotidaneidad no lograba ofrecerme.

Tuve la suerte de trabajar en algo que me permitió viajar seguido a ciudades de Norte y Sudamérica y tomarme cierto tiempo para explorarlas. Guiado por simple curiosidad, siempre supe que calles, rutas y cervezas tomar y si me perdía, disfrutaba aún más de la desorientación, caminando sin rumbo, sin límites de distancia ni tiempo, apreciando la vibra del entorno, su arquitectura, su historia, su problemática, su gente, su ritmo y estilos de vida, comprobando lo que alguna amistad, algún medio de comunicación o mi propia intuición me pudo haber advertido.

Desde entonces, me propuse viajar más para compensar tantos años sin hacerlo y en el camino terminé con una medio española que por tradición le tocó recorrer el mundo entero. Un mundo del que todos siempre hablamos pero que comprende todo un abecedario y no sólo la S acostada que dibuja Panamá geográficamente.  Y es que aunque no hay mejor lugar que nuestra casa y aunque nuestro pequeño gran país, con sus privilegios –naturales, económicos y familiares- nos ofrece mayor comodidad y conveniencia que otros, también carece de muchísimos factores interesantes que da gusto asimilar, que nos nutren a nivel cultural y que en otras sociedades abundan. Y aunque todos los lugares por perfectos que parezcan tengan sus desventajas, dependerá del interés y las prioridades de cada quien irse a buscar lo que más le llene, sea de visita o para establecerse. Lo cierto es que con 5 continentes las posibilidades son infinitas.

Para mi, qué grande es largarme y encontrar una oferta de ocio ilimitada, a veces gratuita, que haya gente para cualquier movida y que aquellos que no compartan tu misma sintonía no tengan que ser parte inevitable de tu panorama. Qué sabroso es encontrarme en sitios de clima agradable, donde sobra la gente agradable que produce cosas agradables. Gente guapa que se te acerca para conocerte y pasar el rato contigo, cuyo equivalente, según nuestros códigos panameñorros, serían esos pretenciosos que buscando medir tu estatus te preguntan: y tú, ¿con quién parqueas?.

Con idiosincrasias tan distintas aprovecho también para señalar a aquellos que viajan bastante pero dejan su mente estancada aquí. Si bien todos llenamos el checklist básico del turista básico (la foto aquí, la comidita acá, el shopping acá…) es común encontrarse compatriotas quejándose de que en grandes ciudades "no eres nadie", como si aquí fueran importantísimos. Repitiendo cosas tan cuestionables como que “si allá te caes en la calle, nadie te levanta” y no notan que peor indiferencia pueden encontrar en su propio barrio. Acusando de comemierdas a ciertas nacionalidades, a veces sin fundamento alguno, ciegos a su propia pedantería y complejos.  Y después de todo ¿qué importa si en ciertos lugares la gente es fría?. Suficiente calor uno pasa aquí para quejarse también de ese contraste. Estos casos sólo reiteran que el bienestar siempre será relativo: para quienes gozan del anonimato, volverse invisibles en una gran urbe resultará fantástico. Mientras que para ciertas “celebridades” resultará insoportable sentirse poco determinados. 
Bien dice el refrán: Puedes sacar a la cabra del monte, pero no al monte de la cabra. Pues para mi se refiere más a esas actitudes cabreantes que a cualquier otra cosa.

Así lo he visto y así cuentan quienes han vivido afuera, incluso quienes padecieron de alguna depresión invernal producto de la lejanía con nuestro  pueblo chico/infierno grande, en el que hay que saber convivir y en ocasiones aislarse para cultivar un criterio más amplio de las cosas.
Escapemos un rato de ese estándar citadino local, aparentemente moderno pero con mentalidad provinciana. No auténticamente provinciana como en nuestro pintoresco interior rural del que empecé hablando, sino esa mentalidad confundida, con delirios de primer mundo, gusto de narco ostentoso y moral del tiempo de la inquisición, tan retrógrada y fuera de lugar en otras latitudes. 

Invirtamos en conocer más. En matar el ingenuo prejuicio local por una vision más cosmopolita. En ser, como dice Carlitos Méndez, ciudadanos del mundo.  Busquemos la oportunidad de respirar otros aires. Experimentemos, comparemos y comprobemos que viajar es el único gasto que nos termina enriqueciendo.