domingo, 14 de agosto de 2011

PAZ INTERIOR DEL PAÍS



Dicen que en el campo el aire es menos contaminado, por lo tanto esta Semana Santa quise respirar lo más hondo posible, lejos de la capital, en mi casa de Dolega, Chiriquí (a quince minutos del caluroso David, a diez del frío Boquete), la cual tenía abandonada desde hace muchos años y con ella a mis amigos de dicho pueblo. Así que para que echar a perder ni casa ni amistad, en honor a mi abuelo en sus días de gloria, me fui.

Sé muy bien que no sólo el ambiente es más puro por esas áreas. También uno mismo queda libre de sus propios agentes tóxicos: De todo lo que constantemente hacemos y decimos "para parecer ser" sin lograr ver quienes realmente somos, ya sea para estimarnos aún más o para cambiar lo que no nos gusta de nosotros mismos. Y es que cuando no hay ruido constante de carros, ni las voces de hablantines como yo -ni siquiera el sonar bullicioso de mi propia música- sólo ahí se puede escuchar lo que uno mismo tiene que decir y decirse. Y una vez despejado, seguir el recorrido de la vida como carro todo terreno, doble tracción, de paquete. Esta metáfora me hace pensar que para quedar en 0 kilómetros, tuve que manejar casi 900 (450 ida y 450 vuelta) en un tranque descomunal que no vivía desde que la carretera era de una sola vía y aguantarme un tramo interprovincial desbaratado, de Santiago a David, cuya calle nos hizo sentir como si pasáramos sobre cráteres (ahora entiendo por qué "El Valle de La Luna”). 

Pero bueno... iba acompañado por familiares que entienden mi sentimiento ermitaño, el mismo que me dejó analizando cada frondoso árbol de mango, cada quebrada escondida detrás del monte, cada humilde casita, cada cerco desolado, cada aceitosa fritura, cada cantina con eco a pindín y sobretodo, cada personaje de apodo memorable, con quienes escribí mil y una historias y de quienes aprendí más de una mala maña. 
Fue esa misma remembranza la que me hizo pasar desorientado en mi carro por calles y caminos que cruzaba en bicicleta con los ojos cerrados; la que me hizo caminar nuevamente por la gran plaza del parque y su pintorezca Iglesia, justo al lado de la cancha de basket donde más de una vez quedé con golpes y raspones jugando bajo aquellas tardes soleadas, cuando el verano era eterno y los totorrones nos ensordecían con sus cantos.
Todo aquel que se sentara por las noches a escuchar cuentos de los duendes y la Tulivieja de la boca de algún campesino veterano y que a punta de biombo cazara iguanas por cualquier rastrojo, saben de lo que hablo.

Hoy el entorno ha crecido. La onda del boom inmobiliario se ha expandido hasta por esos lares. Lo suficiente como para que un terrenito familiar en el vecino pueblo de Potrerillos ya esté en la mira de inversionistas, quienes si deciden comprar, espero me salpiquen un poco con ese botín y podamos revivir la "Casa Nuestra" (nombre con el que mi sobrina bautizó nuestro hogar) para hacerla tan alegre y abierta a todo el mundo como alguna vez lo fue. En Carnavales por ejemplo, los culecos quedaban a media cuadra de nuestra terraza, lo que la convertíaen un V.I.P. con la única diferencia de que ahí a nadie se le cobraba ni se le excluía para pasar a tomarse algo con la familia.
Sea como sea, mis ganas de volver permanecen latentes esperando otra oportunidad para encontrarme con los amigos de aquella gabilla quienes se marcharon a otros lados buscando una mejor promesa para ellos y para sus familias, lejos de su habitat básico y natural, donde lo único que se necesita para estar bien es estar ahí, junto a gente de verdad.

Manejando de regreso, luego de un fin de semana corto en vivencias pero largo en recuerdos, pudimos echar mil cuentos pueblerinos, de esos que sólo mencionarlos te dejan lleno de lodo y hierba, te traen al oido el sonido de las hojas y los gallos por la mañana y de algún riachuelo que quizás cuando vuelva ya estará seco, asfaltado y olvidado por muchos, mas no por mí ni por cualquiera que haya podido escribir inspirado por todo esto.

Darme cuenta con mucha nostalgia que mis pisadas junto a las de muchos dejaron pequeñas hueyas, hace más de 20 años en alguna aventura inocentemente maliciosa hoy convertida en leyenda, me confirma que esa necesidad capitalina de estar "donde está la gente", se vuelve cada vez menos importante y más para uno que de niño no cambiaba ese retiro por ningún otro viaje por el mundo. También lo digo porque sé de amistades que con gusto me hubieran acompañado pero respetaron mis razones para aislarme solo esta vez. La primera razón ya la expliqué. La segunda: Cambiar el look urbano usual de mis fotos -cuya segunda opción siempre ha sido la playa- por algo más folklórico y rural.


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