A dos días de entregarles mi columna de este mes, he pensado en recitarles este pequeño entremés. De pronto les entretiene por contarlo diferente, sacándole un par de rimas a la tertulia de siempre. El limite de palabras son siempre 850, a ver si por jugar de poeta no me paso de la cuenta.
Hoy evitaré escribir, con la lap top en mi cama, de la moda, del planeta ó del discurso de Obama. Del desliz del Padre Alberto, de Murcia, del Loco y Balbina; de otro ataque terrorista ó de la gripe porcina. De nuestra bella Confucia, de equipos y deportistas. De ideales, de teorías, de cantautores y artistas. Prefiero ocupar el tiempo, sin romperme la cabeza, disfrutando este momento destapando una cerveza… y servírmela en mi jarra, mirando su suave espuma para refrescarme el alma ó tal vez pegarme una juma. Y es que líquidos son muchos los que la gente venera, para mí una buena fría siempre cae de primera y mientras todos se empachan y se miran la barriga, yo feliz me bajo otra sin importar lo que digan. Que si la cebada engorda…que si me la paso meando. Mientras me sobo la panza aquí me sigo inspirando. La botellita sudada en mi mano se levanta y la Lager con hielito se resbala en mi garganta. Lágrimas en mis ojos, humo por mis narices, se relaja mi cerebro, mis neuronas mueren felices. Ahora me toca contarles en este momento de gloria, de dónde salió la cerveza y cómo emepezó su historia.
Dicen que fue inventada en la antigua Mesopotamia pero se volvió sagrada en tierra mediterránea. Hace tiempo unos egipcios construyendo monumentos, descubrieron que el cereal no sólo les daba alimento. Fermentando levadura, macerando trigo y cebada, salía un elixir sabroso que a las momias encantaba.
Y así se expandió aquel imperio, entre leyendas y ritos. Celebrar con la bebida se volvió su favorito. Me imagino aquella receta con olor a chicha fuerte. Con razón todos querían vivir después de la muerte. La cosa es que con el tiempo la birra inundó Alemania, Bélgica, República Checa, de Inglaterra a Escandinavia. Y todo aquello que fue un relajo accidental, de pronto se convirtió en un fenómeno industrial.
En el norte los ingleses nuevas tierras decubrieron, entre banderas y guerras, con cervezas invadieron. Más abajo los piratas y los monjes franciscanos, en busca de algún tesoro, aquí fue que conquistaron. Y congueando al aborígen, sus colonias implantaron y entre zaqueo y cruzada, varios barriles bajaron.
Han pasado miles de años y seguimos disfrutando, la variedad de sabores que se siguen engendrando: La Pilsner dorada, la Dunkel oscura, hay varias que saben aguadas… la dulce, la amarga, la espesa, la fuerte, la ácida y la pesada. La turbia cojida en el trigo, la Bock cargada en alcohol, una Ale de color ambar y una Lite para ver futbol. La cervecita casera, por semanas madurada, servida para los amigos en cantidad limitada. Hay de casas exclusivas que son un sabor adquirido, para los que al pub han llegado y a otro lugar no se han ido. En los bares populares, las que dan al por mayor, algunas mejores que otras, siempre hay una que es la peor. “Agrandaron la botella…ahora la venden más cara… si dejas que se te caliente, te la tomas con cuchara. Seguro cambiaron la mezcla y la hacen en otro lado… la etiqueta no me gusta, ¡qué aliento el que me ha dejado!”.
Amigos, pintas hay muchas, ese nunca será un problema, locales o internacionales, con sus escudos y emblemas. Algunas se toman al tiempo, otras se toman bien frías. Unas son para la noche, otras se bajan de día. Si amanecen en el cooler y la resaca es severa, sabroso es cortar la goma o empatar la borrachera. Y aceptar que en esta vida, en las buenas y en las malas, siempre caen excelentes unas birras congeladas. Una caja de botella, manga larga o de barril, un six pack de latas frías, un kegsito pa’l refill. Y si en plena bebedera se ha perdido el abridor, va el platillo con la muela o pasa el encendedor.
Si para algunos todo esto es la peor enfermedad, para mí es un gran remedio, medicina de verdad. Para aliviar el estrés no he encontrado mejor cura y no siento que la vida vaya a pasarme factura. Si hubiera escojido al nacer que alguien me bautizara, sin duda sería feliz si con pintas me bañara. La bebida de los dioses, maravilla de alimento, desayuno de campeones, siempre el mejor complemento.
En el freezer otra pinta, entre la escarcha me espera… si me tomo la que queda, no hay más nada en mi nevera. En el piso un casillero a punto de ser llenado, con depóstios vacíos, muy pronto será canjeado. Y así acaba este poema a este culto cervecero, a ver si termino el verso o voy al retrete primero. Pero antes de retirarme a escuchar al inodoro, les reitero mi placer con un eructo sonoro. ¡Salud!
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