sábado, 20 de agosto de 2011

HALADO DE LOS PELOS


No había pasado ni una semana desde que entregué mi columna anterior y ya la editora
me estaba pidiendo la nueva. Esto de que la revista pasó de ser bimestral a mensual me tiene con el cerebro adolorido. Si uno escribiera única y exclusivamente de política, de problemática social o de farándula, siempre habría algún temita trillado del que agarrarse, pero para eso están los diarios y no muchos te dejan abordarlos como te dé la gana. ¡De qué coño escribo! Ni modo... hablaré del coño mismo.

Viendo una de mis películas favoritas, pensaba en las francecitas aristócratas del Siglo 16. Faldas sobre faldas, peticotes sobre peticotes, medias sobre calzones y finalmente una mata frondosa de vellos cubriéndoles la entrepierna. Pensando en los calores secos del verano parisino y en el hipócrita baño francés, pude imaginarme los suculentos aromas de aquella sociedad a la hora de intimar, sobre todo con lo libertina que podía ser la burguesía en aquellas épocas. Qué manera de deleitarse la de aquellos tiempos entre tanta majestuosidad artística y de vestuario, hoy fetiche preferido de algunos para darle un sabor renacentista a su rito sexual que por lo general cubre del menage a trois en adelante.

Es curioso cómo los hábitos de estética púbica han ido cambiando en las últimas tres décadas más rápido que nunca y cómo dichas costumbres han marcado los nuevos estándares de efervescencia hormonal en nuestra sociedad. Aquello que nos encendía en nuestra temprana adolescencia hoy podría pasmar de salida a cualquier quinceañero. Repasemos dicha evolución
afro-disiaca, recordando algunas películas clásicas que veíamos a escondidas, en la tranquilidad del Betamax: Deep Throat, Debbie Does Dallas, Taboo con la naturalmente voluptuosa Kay Parker, The Devil in Mrs. Jones con la latinaza Vanessa del Río, entre otras, en las cuales lo que sobraba era el vello corporal, bigotes de brocha, patillas y melenas alborotadas, haciendo juego perfecto con aquellos Triángulos de las Bermudas femeninos, frotándose como pedazos de velcro al ritmo del disco-funk. La verdad es que el cine porno vintage tenía su encanto para quienes nos ultrajó en pleno crecimiento.

Luego, la moda achicó el bikini… y pretendiendo mostrar más públicamente, hubo que mostrar menos púbicamente. La rasuradora eléctrica se convirtió en fiel amiga de los fines de semana en la playa, para que por esos bordes de la tanga no se escapara ni un pelito del apretado motete. Eran tiempos de la inolvidable Gynger Lynn, de Tracy Lords y de la jovencita Savannah, iconos de la autosatisfacción ochentera.

Los lagartos industriales y del mercadeo no tuvieron ni un pelo de tontos y nuevos productos y técnicas aparecieron para venderse por montón. La rasuradora, la hedionda crema depilatoria, la cera y el láser se convirtieron en las armas favoritas de todas para estilos personalizados: desde una alfrombrita perfectamente podada…una delgada línea trazada con precisión… hasta la lisura del calungo brasileño el cual se atrevió a tocar áreas nunca antes exploradas, para que pudieran lucirnos cómodamente nuestro tan adorado hilo dental. Gala del mismo supo hacer Jeannine Lindemulder, la genia oriental Asia Carrera y la reconocidísima Jenna Jameson.

Un buen día es difundido el video de Pamela Anderson y Tommy Lee gozando en su yate y aunque lo que predominaba era el bolillo del baterista, la rubia de Baywatch también nos marcó con su lisura. Entrando el nuevo siglo, parecer menor de edad detrás del zipper era la norma pero mientras pensaban que rasurarse mejoraba la higiene, los expertos reiteran que, como en otras partes, los pelos nos protegen de las amenazas microscópicas de la humedad y la ropa, las cuales pueden causar peores olores que andando “bushy”. Encima, aplicarse perfumes cual tercer sobaco, puede también ocasionar fuertes infecciones. Igual hay a quienes nunca les importó pasar de peludas a peladas. Que lo diga Briana Banks, la exótica Jewel d’Nyle, la inescrupulosa Belladona, la extremamente precoz Sasha Grey o nuestra lolita zonian, portada de Hustler y primera panameña en videos para adultos, Casey Parker.

Ya son tres décadas de vertiginosa pelafustanería que nos ha enseñado a manejar las tendencias de la vieja escuela, así como esos looks de tierna pre-púber. Lo cierto es que ya cruzamos el 2010 y al parecer, con tanta metrosexualidad de ejemplo, habrá que volverse maniquí para mantener el nivel de atracción y estímulo estándar. Sea como sea, somos afortunados de haber nacido en una cultura tropicaliente, donde las mujeres tienen la libertad de mostrarnos sus dotes hasta donde nos quieran deleitar, sin tanto miedo de recibir algún castigo que no les resulte placentero.

“No pudiste tocar otro tema?” No. Al símbolo de la feminidad siempre hay que darle su justa importancia. Sin esta brecha tan intrigantemente carnosa, no estaríamos aquí y nuestra vida jamás sería lo mismo. Bien supo enaltecerla Pedrito Altamiranda en su éxito “La Tutú” de 1985, en el que describía con un son pegajozo las miles de formas de llamarle. 
Como queramos describirla, ojalá  nos siga inspirando con su variedad de cortes y que nunca le sofoque tanto el humor para apreciarla y darle el amor que se merece.





CRANEANDO


Entre las colecciones más comunes (dejando la música a un lado), muchos recolectan estampillas de distintos países, otros cajas de fósforos de hoteles, algunos latas de soda o cerveza y otros inclusive mariposas disecadas, ordenaditas en algún álbum.  Yo en cambio, desde pequeño me he dedicado a coleccionar cráneos humanos.  Así es.  Calaveras de distintos tamaños, colores y materiales: Cera, madera, metal, cerámica, látex… hasta tengo una de verdad.  Obviamente no cualquier calavera, sólo aquellas que, como cualquier obra de arte, muestren buena calidad en su confección.  Si es por tener un simple cráneo, me metería a cualquier tienda en Halloween y con poco dinero compraría un montón, pero aunque dentro de dichos juguetes he encontrado piezas interesantes, no cualquiera complace mi gusto.  Las que he adquirido a lo largo de mi vida y que hoy decoran algunas partes de mi casa muestran una evidente destreza artesanal. Su estética macabra se mimetiza en el area en la que descansan, dándole un toque de maldad subliminal al entorno.  Algunos amigos con muy buen ojo han sabido escoger alguna que reúna dichas cualidades y regalármela como máxima ofrenda a nuestra relación.  Cada vez que me quedo contemplando alguna de esas, revive en mí el aprecio que les tengo por haberme obsequiado tan elegante escultura.  Algunas de mis calaveras cuestan tres dólares mientras que otras más de trescientos, pero aparte de su precio hay algo que las hace aún más valiosas para mi y es la experiencia vivida al haberlas encontrado.  Cada cráneo tiene su historia y algunas son para morirse.
La primera que tuve me la robé de una emblemática tienda panameña en 1986.  Fui con unos amigos a comprar útiles escolares y al pagar por ellos, regresé a la sección de adornos. Sin pensarlo mucho la metí a la bolsa con mi mercancía recién pagada y como aún no tenían cámaras de seguridad -ni menos detectores magnéticos en las puertas- me la llevé sin consideración alguna.  Supongo que al guardia jamás se le pasó por la mente que un blanquito de 11 años podría hamparse algo de dicho departamento. A decir verdad subestimó mi gran fascinación por aquella figura, la misma que dibujaba repetidamente en mis cuadernos y que aún dibujo por inercia cada vez que tengo papel y lápiz.   Con el tiempo, mejores valores fueron suplantando mis hábitos de delincuente pero si hay algo de lo que no me arrepiento fue de haberme transado la primera pieza de mi colección:  Una calavera de caucho que a lo mucho costaría 99¢.
Celebrando por varios años la noche de brujas y estando expuesto a cráneos como cliché del rock and roll y del skateboarding, no fue hasta 1993 que empecé a ver las calaveras como hermoso objeto de colección y decoración. Lugar al que viajaba, lugar del que traía alguna.  Una de esas veces, me tuvieron detenido en un aeropuerto de Estados Unidos, por llevar en mi maleta dos cráneos de tamaño real: Uno era de yeso, pintado con motivos tribales negros y el otro de cartón compacto, barnizado con laca.  Casi pierdo el vuelo con tantas preguntas que me hicieron en el “cuartito para terroristas” (y eso que aún faltaba mucho para el 9-11) pero al escuchar todo este cuento comprendieron que lo mío era simple atracción por uno de los símbolos más impactantes de la Historia.  Que lo digan los alquimistas medievales, los piratas, Shakespeare, Salvador Dalí,  los inventores del alcohol de farmacia o el renombrado Hugo Boss, quien confeccionó para los Nazis los imponentes uniformes de la SS con su poderoso y mortal logo.
Como última anécdota, conmemorando mis veinte años de coleccionista, en 2006 decidí visitar la tienda donde me inicié en este menester para ver si vendían algún cráneo interesante.  Qué grata sorpresa econtrarme uno de piedra grisácea muy bonito. Le arranqué el precio -20$- y se lo cambié por el de unos soldaditos de plástico -5$-.  Estaba seguro que en una tienda tan grande y con tantos productos nadie se detendría a confirmar el costo de algo tan inusual… y así fue. Nuevamente me salí con la mía y agrandé mi colección que para entonces superaba los cuarenta cráneos.   Desde que tengo Internet, he conocido a personas afines a este hobbie por todo el mundo, compradores y creadores con mayor y mejor selección que la mía.  Entre tantos, al artista Noah Scalin cuyo blog exponía diariamente los cráneos más creativos y graciosos jamás inventados. De aquel website tan visitado se publicó un libro de mesa y para mi suerte, a un buen amigo se le ocurrió regalármelo para mi cumpleaños. Se lo agradeceré hasta la muerte:  esa fase terminal que tanta curiosidad le ha provocado al ser humano a través de los siglos. Esa “trascendencia” que algunas culturas solían celebrar mientras que otras inculcaron sufrirla con incertidumbre, culpabilidad y temor. En fin. Ya sea por miedo heredado o por admiración, la calavera ha funcionado como símbolo y arquetipo para el fenómeno más enigmático de nuestra existencia y aunque su icono cause efectos negativos en algunos, después de todo, es algo muy natural que no podemos sacarnos de la cabeza.

CRANEOS


Entre las colecciones más comunes (dejando la música a un lado), muchos recolectan estampillas de distintos países, otros cajas de fósforos de hoteles, algunos latas de soda o cerveza y otros inclusive mariposas disecadas, ordenaditas en algún álbum.  Yo en cambio, desde pequeño me he dedicado a coleccionar cráneos humanos.  Así es.  Calaveras de distintos tamaños, colores y materiales: Cera, madera, metal, cerámica, látex… hasta tengo una de verdad.  Obviamente no cualquier calavera, sólo aquellas que, como cualquier obra de arte, muestren buena calidad en su confección.  Si es por tener un simple cráneo, me metería a cualquier tienda en Halloween y con poco dinero compraría un montón, pero aunque dentro de dichos juguetes he encontrado piezas interesantes, no cualquiera complace mi gusto.  Las que he adquirido a lo largo de mi vida y que hoy decoran algunas partes de mi casa muestran una evidente destreza artesanal. Su estética macabra se mimetiza en el area en la que descansan, dándole un toque de maldad subliminal al entorno.  Algunos amigos con muy buen ojo han sabido escoger alguna que reúna dichas cualidades y regalármela como máxima ofrenda a nuestra relación.  Cada vez que me quedo contemplando alguna de esas, revive en mí el aprecio que les tengo por haberme obsequiado tan elegante escultura.  Algunas de mis calaveras cuestan tres dólares mientras que otras más de trescientos, pero aparte de su precio hay algo que las hace aún más valiosas para mi y es la experiencia vivida al haberlas encontrado.  Cada cráneo tiene su historia y algunas son para morirse.
La primera que tuve me la robé de una emblemática tienda panameña en 1986.  Fui con unos amigos a comprar útiles escolares y al pagar por ellos, regresé a la sección de adornos. Sin pensarlo mucho la metí a la bolsa con mi mercancía recién pagada y como aún no tenían cámaras de seguridad -ni menos detectores magnéticos en las puertas- me la llevé sin consideración alguna.  Supongo que al guardia jamás se le pasó por la mente que un blanquito de 11 años podría hamparse algo de dicho departamento. A decir verdad subestimó mi gran fascinación por aquella figura, la misma que dibujaba repetidamente en mis cuadernos y que aún dibujo por inercia cada vez que tengo papel y lápiz.   Con el tiempo, mejores valores fueron suplantando mis hábitos de delincuente pero si hay algo de lo que no me arrepiento fue de haberme transado la primera pieza de mi colección:  Una calavera de caucho que a lo mucho costaría 99¢.
Celebrando por varios años la noche de brujas y estando expuesto a cráneos como cliché del rock and roll y del skateboarding, no fue hasta 1993 que empecé a ver las calaveras como hermoso objeto de colección y decoración. Lugar al que viajaba, lugar del que traía alguna.  Una de esas veces, me tuvieron detenido en un aeropuerto de Estados Unidos, por llevar en mi maleta dos cráneos de tamaño real: Uno era de yeso, pintado con motivos tribales negros y el otro de cartón compacto, barnizado con laca.  Casi pierdo el vuelo con tantas preguntas que me hicieron en el “cuartito para terroristas” (y eso que aún faltaba mucho para el 9-11) pero al escuchar todo este cuento comprendieron que lo mío era simple atracción por uno de los símbolos más impactantes de la Historia.  Que lo digan los alquimistas medievales, los piratas, Shakespeare, Salvador Dalí,  los inventores del alcohol de farmacia o el renombrado Hugo Boss, quien confeccionó para los Nazis los imponentes uniformes de la SS con su poderoso y mortal logo.
Como última anécdota, conmemorando mis veinte años de coleccionista, en 2006 decidí visitar la tienda donde me inicié en este menester para ver si vendían algún cráneo interesante.  Qué grata sorpresa econtrarme uno de piedra grisácea muy bonito. Le arranqué el precio -20$- y se lo cambié por el de unos soldaditos de plástico -5$-.  Estaba seguro que en una tienda tan grande y con tantos productos nadie se detendría a confirmar el costo de algo tan inusual… y así fue. Nuevamente me salí con la mía y agrandé mi colección que para entonces superaba los cuarenta cráneos.   Desde que tengo Internet, he conocido a personas afines a este hobbie por todo el mundo, compradores y creadores con mayor y mejor selección que la mía.  Entre tantos, al artista Noah Scalin cuyo blog exponía diariamente los cráneos más creativos y graciosos jamás inventados. De aquel website tan visitado se publicó un libro de mesa y para mi suerte, a un buen amigo se le ocurrió regalármelo para mi cumpleaños. Se lo agradeceré hasta la muerte:  esa fase terminal que tanta curiosidad le ha provocado al ser humano a través de los siglos. Esa “trascendencia” que algunas culturas solían celebrar mientras que otras inculcaron sufrirla con incertidumbre, culpabilidad y temor. En fin. Ya sea por miedo heredado o por admiración, la calavera ha funcionado como símbolo y arquetipo para el fenómeno más enigmático de nuestra existencia y aunque su icono cause efectos negativos en algunos, después de todo, es algo muy natural que no podemos sacarnos de la cabeza.

KAKA

Ojalá tuviera la capacidad de Hugo Chávez para hablar tanta mierda. Lo digo literalmente. No es cualquiera el que se manda un discurso durante horas -y en cadena nacional- de sus insorportables ganas de defecar.  El que debería de evacuar inmediatamente y de una vez por todas es él de su silla presidencial, luego de habernos deleitado con aquella larga anécdota en la que casi estalla visceralmente:  De cómo se le alteraron los nervios, de cómo sudaba y temblaba y de cómo finalmente logró hacerlo con la potencia de un misil bolivariano. Qué va. Si es por cagarse en un país, ¡que lo diga Chávez! Yo no puedo. 
Sin embargo, quiero aprovechar este espacio para ver si ventilo un temita personal que he llevado condensado durante casi 35 años.   A ver si acabo con esta resistencia de una vez por todas y me libero de otro dilema mental más.  
Debo aceptar que me incomoda y hasta me da algo de envidia escuchar a parejas hablando de sus flatulencias y liberaciones intestinales abiertamente.  Más bizarro me resulta ver a un amigo soltando un sonoro peo en frente de su novia. Viceversa ni se diga. Y si salió groseramente apestoso, es casi imposible que la vergüenza se disipe de mi memoria algún día. Es como si toda la pena que debería sentir esa persona me la transmitiera a mi y mientras todos se ríen y celebran la gracia, yo aprieto algo más que mis ojos.   Sí, lo sé, soy un anormal. Ese menester de la vida tan común para muchos para mi ha sido algo tan íntimo y trascendental que jamás quise compartirlo con algún psicólogo, ni cuando era un culicagado.  Con mis amigos nunca he tenido lío alguno en hablar cualquier asquerosidad, ni dudaría en levantar el muslo para darles una probadita del brunch que llevo cargado marinándose durante horas, pero extrañamente con ninguna novia me he tirado una puercada de ese tipo.   Siempre he respetado su espacio, incluso he preferido usar el baño de visitas cuando sé que he digerido algo que probablemente terminará flotando como feto de mono descompuesto. Qué irónico. Uno comparte con su pareja lo más privado de su anatomía y nada es más invasivo y desconsiderado que el buen sexo.  Sin embargo, cuando se trata de esa otra necesidad básica, la cúspide de la digestion, me puedo convertir en el más célibe tibet-ano.
Mi novia se burla diciendo que de niño me extrajeron los intestinos. Que yo simplemente no hago pupú. Que ni Freud podría explicar tanta retención.
Que en la escuela algo me tuvo que haber traumado durante la clase del aparato digestivo.  La verdad es que puede ser.   De hecho siempre me dio pena pedirle permiso a la maestra para ir al baño y que  ella, sin importarle un culo con uno, sacara el papel higiénico en frente de mis compañeros y se enrollara en la mano la ración con la que te limpiarías,   Mientras escuchabas risitas pícaras susurrándote… “cagonauta”...
Pero la causa de que yo viva disimulando mi capacidad excretora quizás va más allá.  A mis ocho años en una competenciá de natación casi se me rompen las tripas aguantando el tránsito de mi colon. Sentía grandes burbujas masajeándome el vientre como si fuera a parir un alien. No encontraba el baño.  Cuando logré ver la puerta con el letrero de hombres y que nadie me estaba viendo, entré corriendo y la cerré rápidamente pero no había luz. El cuartito era tan pequeño como mi tolerancia intestinal, así que fui bajándome la truza y por ahi mismo arrojando sin apuntar todo lo que traía en mi. Flojo y a presión como desague de tanque séptico pero en miniatura. ¿Cómo no? Había desayunado cereal y tragado agua con cloro de la piscina. Lo peor fue abrir la puerta y ver que había embarrado hasta el lavamanos.  Qué odisea en aquel sanitario tan insalubre y oscuro del cual aún no he logrado salir. Quizás por eso es que desde entonces mis sesiones sentado en el inodoro son tan rápidas, que siempre procure que el agua de la tasa quede impecable y que el olor se haya ido, Ojalá tenga a mano aerosol, un fósforo o perfume.  Si no, ahí me quedo escondido, echando cuentos con ese espíritu fétido que me visita a diario y que siempre llega puntual. 
Un amigo decía que la verdadera razón del mal olor de la Bahía de Panamá es que todas las mujeres bonitas se peen disimuladamente en Avenida Balboa.
Yo siento que cualquiera de ellas lo gozaría frente a su pareja con mayor tranquilidad que yo en la confianza y el calor de mi hogar. No crean que me fue placentero contarles un episodio tan desagradable pero como dije, de pronto me sirve de terapia para despejarme en cuerpo y alma de este comportamiento compulsivo que me ha cohibido durante tanto tiempo.
Mi velocidad en el baño nunca me ha dado tiempo de leer ni de fumar pero la próxima vez que vaya, llevaré este escrito conmigo a ver si finalmente me cago de la risa de todo esto.



DÉJAME HABLAR

No hay úlcera ni gastroenteritis que se compare al terrible ardor visceral que me da cuando alguien o algo interrumpe mi conversación.  Por herencia biológica, quien sabe si psicológica,  casi siempre hablo de forma serena y a un volumen bajo, lo que permite que mi tema sea desviado facilmente si alguien se entromete a contar cualquier otra cosa.   El celular es otro rival importante en este karma que he tenido que pagar sabrá dios por qué.  En lo mejor de mi cuento, el maldito aparato suena y la atención se la gana el que llamó y nadie se acuerda de lo que estaba yo diciendo.  Eso, cuando es una llamada la que entra.  Cuando es un mensaje de texto el que llega, ni hablar.  La chateadera me elimina por completo.  He llegado a pensar que en mi vida anterior fui un déspota que privó a su pueblo de toda  libertad de expresión, al punto de cortarle la lengua al que le cayera mal.  No encuentro otra explicación para esta mala suerte que muy pocas veces me deja echar un cuento completo y que ha sido un patrón constante a lo largo de mi vida.

Así pasa cada vez que voy a almorzar donde mi madre.  Nos sentamos todos los hermanos, mientras mis pequeños sobrinos, revolotean alrededor de la mesa, gritan de la felicidad, juegan con su abuela, piden soda, piden postre,  vuelven y vuelven a gritar…mientras yo, amargado, a punto de sufrir un aneurisma, intento compartir algo más que una suculenta comida casera en mi corta hora de lunch.  Terminándonos el postre intento rescatar mi discurso pero es ahi donde mi vieja y la empleada deciden comentar sobre el supermercado, sobre el menú de la semana, sobre tal o cual menester del hogar… Al final me resigno y lo único que me queda por decir es “Me voy. Nos vemos”.

En mi vida amorosa, pues me casé con una española encantadora. Entre sus tantas virtudes…habla alto, piensa rápido y dice lo que piensa más rápido aún.  Todo un placer intercambiar opiniones con alguien tan curiosa, elocuente y expresiva (y todo un reto entrar en debates).  La verdad es que la química que nos ha unido nos hace disfrutar de nuestras similitudes y diferencias de forma muy cómoda y divertida.  Como pareja, sólo dos cosas me colocan en un segundo lugar:  La primera es la cocina.  Como buena gallega ama preparar deliciosas recetas y alimentar a todos hasta que exploten. Y a penas entra en sus rutinas culinarias es inútil contarle cualquier novedad ya que la tertulia telepática que mantiene con el garbanzo, el jamón y la papa siempre será mucho más entretenida.  La segunda es Jager, nuestro juguetón, inquieto y leal bulldog.  Le encanta pegar saltos y morder con cariño a todo el que le simpatice.  Sus residuos de baba son clara evidencia del amor que dejó en su trayecto, así como lo son las marcas de sus dientes luego de haber rumiado lo que le hayas puesto en frente, desde sus juguetes de caucho hasta el hilo de mi más importante conversación.  Y bueno… así es que nos amamos. Aprovecho para escribirlo sin interrupciones.

En lo social, me han tocado amigos tan parlanchines como escandalosos.
Tengo uno cuya irremediable hiperactividad se le manifiesta más cuando habla que en cualquier otra actividad física.  No deja espacio entre cada cuento que echa y no te repite ninguno.  Aparte, jamás tocará el timbre de tu casa ya que su timbre de voz es mucho más fácil de escuchar.  Así, como quien usa un megáfono, despertará a todo tu vecindario de tanto gritar tu nombre para que le abras la puerta.  Si intentas plantear tus puntos de vista con este personaje, mejor es que desarrolles paciencia y tolerancia como nunca antes ó simplemente quédate callado y disfruta de su imparable ráfaga de chistes, una de tantas razones para quererlo como la persona tan singular e insoportablemente necia que siempre ha sido. 

En lo laboral, aunque puedo manejar bien el estrés, mis niveles disminuirían considerablemente si no me llamaran a cada rato por teléfono -desde la propia empresa- para algo mínimo que bien podrían decirme en persona. Todos estamos a un pasillo de distancia.  Y sí, usualmente ocurre en la mitad de alguna historia interesante que compartíamos en la oficina. Así mismo tengo clientes que vuelven mis presentaciones una reunión de cualquier otra cosa y uno, que es quien debería llevar la batuta de la conversa, termina escuchándoles sus anécdotas personales. Al final el propósito del mitin se olvida y no queda otra que volver a explicarles todo rezando que nadie meta la cuchara antes de lo previsto.

Definitivamente hay que saber escuchar, sobre todo cuando entra en escena la peor parte de mi maldición: El camión de la basura.  No sólo porque me persigue a diario, obstruyéndome el paso por cualquier calle que tome, sino porque nada logra destruir tanto la buena comunicación como la bulla infernal de este apestoso e imprudente monstruo mecánico. Les agradezco haber leído todo esto, dudo que en persona hubiera logrado transmitirles tanto.  



viernes, 19 de agosto de 2011

CERVÉZAME MUCHO

A dos días de entregarles mi columna de este mes, he pensado en recitarles este pequeño entremés. De pronto les entretiene por contarlo diferente, sacándole un par de rimas a la tertulia de siempre. El limite de palabras son siempre 850, a ver si por jugar de poeta no me paso de la cuenta.
Hoy evitaré escribir, con la lap top en mi cama, de la moda, del planeta ó del discurso de Obama. Del desliz del Padre Alberto, de Murcia, del Loco y Balbina; de otro ataque terrorista ó de la gripe porcina. De nuestra bella Confucia, de equipos y deportistas. De ideales, de teorías, de cantautores y artistas. Prefiero ocupar el tiempo, sin romperme la cabeza, disfrutando este momento destapando una cerveza… y servírmela en mi jarra, mirando su suave espuma para refrescarme el alma ó tal vez pegarme una juma. Y es que líquidos son muchos los que la gente venera, para mí una buena fría siempre cae de primera y mientras todos se empachan y se miran la barriga, yo feliz me bajo otra sin importar lo que digan. Que si la cebada engorda…que si me la paso meando. Mientras me sobo la panza aquí me sigo inspirando. La botellita sudada en mi mano se levanta y la Lager con hielito se resbala en mi garganta. Lágrimas en mis ojos, humo por mis narices, se relaja mi cerebro, mis neuronas mueren felices. Ahora me toca contarles en este momento de gloria, de dónde salió la cerveza y cómo emepezó su historia.
Dicen que fue inventada en la antigua Mesopotamia pero se volvió sagrada en tierra mediterránea. Hace tiempo unos egipcios construyendo monumentos, descubrieron que el cereal no sólo les daba alimento. Fermentando levadura, macerando trigo y cebada, salía un elixir sabroso que a las momias encantaba.
Y así se expandió aquel imperio, entre leyendas y ritos. Celebrar con la bebida se volvió su favorito. Me imagino aquella receta con olor a chicha fuerte. Con razón todos querían vivir después de la muerte. La cosa es que con el tiempo la birra inundó Alemania, Bélgica, República Checa, de Inglaterra a Escandinavia. Y todo aquello que fue un relajo accidental, de pronto se convirtió en un fenómeno industrial.
En el norte los ingleses nuevas tierras decubrieron, entre banderas y guerras, con cervezas invadieron. Más abajo los piratas y los monjes franciscanos, en busca de algún tesoro, aquí fue que conquistaron. Y congueando al aborígen, sus colonias implantaron y entre zaqueo y cruzada, varios barriles bajaron.
Han pasado miles de años y seguimos disfrutando, la variedad de sabores que se siguen engendrando: La Pilsner dorada, la Dunkel oscura, hay varias que saben aguadas… la dulce, la amarga, la espesa, la fuerte, la ácida y la pesada. La turbia cojida en el trigo, la Bock cargada en alcohol, una Ale de color ambar y una Lite para ver futbol. La cervecita casera, por semanas madurada, servida para los amigos en cantidad limitada. Hay de casas exclusivas que son un sabor adquirido, para los que al pub han llegado y a otro lugar no se han ido. En los bares populares, las que dan al por mayor, algunas mejores que otras, siempre hay una que es la peor. “Agrandaron la botella…ahora la venden más cara… si dejas que se te caliente, te la tomas con cuchara. Seguro cambiaron la mezcla y la hacen en otro lado… la etiqueta no me gusta, ¡qué aliento el que me ha dejado!”.
Amigos, pintas hay muchas, ese nunca será un problema, locales o internacionales, con sus escudos y emblemas. Algunas se toman al tiempo, otras se toman bien frías. Unas son para la noche, otras se bajan de día. Si amanecen en el cooler y la resaca es severa, sabroso es cortar la goma o empatar la borrachera. Y aceptar que en esta vida, en las buenas y en las malas, siempre caen excelentes unas birras congeladas. Una caja de botella, manga larga o de barril, un six pack de latas frías, un kegsito pa’l refill. Y si en plena bebedera se ha perdido el abridor, va el platillo con la muela o pasa el encendedor.
Si para algunos todo esto es la peor enfermedad, para mí es un gran remedio, medicina de verdad. Para aliviar el estrés no he encontrado mejor cura y no siento que la vida vaya a pasarme factura. Si hubiera escojido al nacer que alguien me bautizara, sin duda sería feliz si con pintas me bañara. La bebida de los dioses, maravilla de alimento, desayuno de campeones, siempre el mejor complemento.
En el freezer otra pinta, entre la escarcha me espera… si me tomo la que queda, no hay más nada en mi nevera. En el piso un casillero a punto de ser llenado, con depóstios vacíos, muy pronto será canjeado. Y así acaba este poema a este culto cervecero, a ver si termino el verso o voy al retrete primero. Pero antes de retirarme a escuchar al inodoro, les reitero mi placer con un eructo sonoro. ¡Salud! 

PELUCA

Hace ya muchos años, 1985 para ser exactos, miraba a la gente pasar desde la ventana del carro de mi abuelo. Estacionados, esperando no recuerdo qué, revivo el momento en el que este personaje de melena larga, con jacket de denim y blue jeans rotos caminaba por la acera junto a otros amigos, cantando “Breakthoveen” del grupo español Barón Rojo.  A mis nueve años ya tenía idea de lo que era el Heavy Metal así que, aunque desconocía la canción, me sentí identificado -más bien inspirado- con la estampa rebelde de aquel flaco, fulo, pelilargo. Una especie rarísima en nuestra mescolanza panameña.

Parte de mi infancia la viví en El Cangrejo, a unas cuadras de donde él residía, por ende era fácil encontrármelo en sitios de ocio cercanos: El 7 Eleven de la Universidad, las canchas de La Salle, los videojuegos de Taco Times... 
Con el tiempo de frecuentar los mismos lugares descubrimos que compartíamos la misma onda.  Las mismas aficiones, gustos y excentricidades. 
Recuerdo perfectamente la primera vez que nos saludamos: ¡Hey Ricardo! ¡Qué pasó Noel!. Mi madre, que en ese momento me acompañaba al Mc Donald’s de Vía España, preguntó asustada: “¿y ese loco quién es?. ¿De dónde sacas amigos más viejos que tú? ¡y con esas fachas!... cuidadito...”. "Mamá, es un paciero del Psico Pedagógico que juega buco basketbol". En eso no puedo mentir. Ricardo era todo un atleta.  Basket, Soccer, Futbol Americano, ahí te lo encontrabas birriando hasta tarde con la gente del barrio.
Años después mi vieja comprendió que era un buen pela’o y que teníamos muchísimo en común cuando, años después, mi psicólogo resultó también ser el suyo.

En fin. Nunca tuve cuidado en elegir mis amistades, pateaba calle con quien me cayera bien y Ricardo sin duda era de esos.  Una tarde soleada del ‘87, mientras montábamos patineta  en el parque de Vía Argentina, se apareció con su facha rockera asustando a los niños, correteándolos como si fuera un monstruo. Los pobres chiquillos huían despaboridos.  Cagados de risa al ver aquella escena, nos invitó a su casa a oir música y a comer hamburguesas preparadas por su abuela. S
entados en la mesa junto a sus abuelos, una simpática pareja de origen español, nos tocó una quesoburguesa a cada uno, él se devoró dos en menos de un minuto y las bajó con un gran vaso plástico de soda que solía guardar en la nevera.  


Con el estómago lleno y hediondos a patineta, nos llevó a su cuarto para deleitarnos con sus últimos discos y cassettes de música "ácida" en su recién comprado mini componente Sony, y mientras los ritmos agitados nos mantenían haciendo headbanging, air-guitar y air-drums, aproveché para robarle un cassette. Realmente pensaba grabarlo y devolvérselo pero no le tenía suficiente confianza para pedírselo prestado así que me lo lleve sostenido en el elástico de los calzoncillos, tapado por mi t-shirt.
Confianza agarró él cuando pasó a visitarme al día siguiente. Los vecinos se asomaban al balcón curiosos al escucharle llamándome a toda voz. Nunca le importó intercom ni timbre, este hábito de gritar sin consideración alguna para que le abrieran lo supo mantener toda la vida.  
Ricardo entró a mi casa y nos quedamos toda la tarde echando cuentos pero antes de retirarse se le ocurrió revisar el maletín de mis cassettes y ahi fue que se dio cuenta que un Maxell de 60 tenía un orden similar al que se le había extraviado. Con una sonrisa de picardía me perdonó el atrevimiento y yo le devolví su cassette. Como represalia le tuve que prestar un t-shirt y una revista que jamás me regresó. Hacer trueques “muy convenientes” fue otra cualidad que lo caracterizó siempre.  
Desde ese día Ricardo se convirtió en mi inseparable amigo con quien viví una innumerable cantidad de anécdotas que bien podrían servir de guión para la más jocosa y emotiva película. Sé que muchos tendrán también su historia con él pero es muy probable que se entrelace con la mía cual episodio de Star Wars, su cinta de culto favorita.

Recién ocurrida la Invasión Yankee, solíamos reunirnos en las Galerías Obarrio, en la Discotienda Grecha y en Bolerama principalmente. Desde ahi organizábamos nuestras movidas, idas a quinceaños y a cualquier evento en el que pudiéramos irrumpir. De aquellas largas andanzas se formó nuestro clan de “Los Thrashers”: una infame manada de rockeros del que Ricardo formaba parte importante. Contrario a otros chiquillos inadaptados y problemáticos de la época, Ricardo nunca fue de buscar peleas, ni de dañar lo ajeno. 
Su forma de ventilar las inquetudes y traumas de la adolescencia siempre fue inofensiva dentro de su personalidad irreverente, de su notoria expresividad y de las travesuras propias de cualquier joven creativo e insurrecto, como lo era y de sobra. De eso puede dar fe cualquiera que le haya dado bote al verlo caminando con su walkman y su cartuchera de cintura por cualquier parte de la ciudad, en sus shorts, zapatillas y camisa negra de Slayer.

Entre otras aventuras memorables, una vez Ricardo llegó ebrio a casa y su madre trasnochada y enfurecida aprovechó para cortarle la melena mientras dormía. Para sorpresa nuestra, al día siguiente nos mandó a todos al carajo pensando que habíamos sido nosotros los autores de aquella maldad tan atroz (hasta hace poco la señora le confesó que había sido ella y no quienes lo llevamos cargado esa mañana).  Como consecuencia de aquella trasquilada tan dispareja y de sus frecuentes y radicales cambios de cabello unos amigos lo bautizaron con el apodo de “Peluca”. Así sucedió una de aquellas noches de Rock en vivo en Groucho Pub, un legendario bar de Vía Argentina que frecuentábamos siempre y al que Ricardo tenía que colarme por ser yo menor de edad.

En aquel tiempo, todos los que sabíamos tocar (bien o mal) algún instrumento decidimos formar bandas de Metal y Punk y entre el montón de musicuchos de la época, Ricardo sobresalía como buen baterista lo que lo llevó a formar parte de muchas agrupaciones emergentes en la escena local;  algunas de esas aún siguen vigentes y hasta con reconocimiento en el extranjero.
Varias bandas armé yo con Peluca, algunas muy pesadas, otras no tanto, con algunas lucrábamos bastante, con otras no ganábamos ni un centavo. Lo cierto es que con todas nos divertimos sonando durísimo, delirando estar de gira por las tarimas más grandes del mundo; poseídos por la música que verdaderamente nos gustaba y que nos volvió, de salida, casi que hermanos.  Así tocamos en vivo cualquier cantidad de veces por varios lugares del país y en todo tipo de eventos pero ninguna presentación fue tan espectacular como aquella Nochebuena del '90 en la que después de cenar, nos juntamos en su casa, sacamos guitarra y batería y sobre la acera tocamos a todo volumen un buen par de temas hasta donde nos los supiéramos, es decir, hasta la mitad. El público: Una ex-novia inglesa tan guapa y divertida como siempre las supo escoger. Al terminar aquel repertorio, no recuerdo si por queja de algún vecino o por voluntad propia, guardamos las cosas y nos fuimos a una fiesta navideña junto a otros amigos rockeros hasta que saliera el sol y varias horas más.

Celebrando con uno de esos grupitos, en agosto del ‘95 fuimos víctimas de un accidente de tránsito de consecuencias muy graves.  Mi carro fue embestido por un camión de carga y los cinco que íbamos de fiesta por la avenida quedamos hospitalizados con múltiples lesiones. Unos meses antes había fallecido de forma trágica nuestro amigo Camacho, un día después nuestro amigo Germi. A nosotros no nos tocaba. Esa noche tan oscura, nacimos de nuevo.
El choque resintió nuestra anatomía dejándonos grandes cicatrices de recuerdo pero nos enseñó que pese a los estrellones que nos da la vida, nuestra amistad seguiría inquebrantable muchísimos años más.  Así Peluca, recuperado de los golpes, siguió destacándose como músico, comediante, actor, co-fundador del gremio Panamarock y sobre todo, como una persona muy querida por quienes alguna vez lo escucharon bromear, echar chistes como si fuera una rockola y hablar sin parar -y sin filtro- de sus particulares vivencias.

Siendo parte indeleble de mi panorama diario, a 26 años de habernos conocido y faltando pocos meses para tocar juntos en mi propia boda, el destino cambió nuestros planes con una jugada tan inesperada como estremecedora: A Peluca le diagnosticaron Leucemia "Linfoblástica Aguda", de esas con pronósticos complicados y tratamientos muy costosos.  El cáncer es un golpe económico aplastante hasta para quienes cuentan con mayores recursos para afrontarlo y en una sociedad pequeña y con criterios tan limitados como la nuestra, para una persona como él, fiel a su talento artístico y dispuesta a subsistir del mismo, adquirir un seguro de salud suele ser poco probable. Conscientes de esta realidad e impactados por la noticia, amigos de todos lados reaccionamos en unidad para, no diría "ayudarle" sino retribuirle lo mucho que su amistad ha significado en nuestras vidas.  

Sereno y determinado a enfrentar lo que viniera, con el espíritu y el humor de siempre y bajo el cuidado de sus seres queridos, Peluca sobrellevó durante largos meses los síntomas y adversidades propias de su condición.  Mientras nosotros, deseosos de verlo azotar la batería nuevamente, nos mantuvimos positivos y atentos de su bienestar; extrañando como nunca todas esas ocurrencias que tanto nos hicieron reir y que sólo un demente tan carismático como él lograría concebir durante todos estos años. 
¡Fuerza Peluca!  fue el grito de guerra en esta batalla diaria, en la que todos fuimos aliados y el enemigo fue uno solo. Uno que no respeta creencia, clase social, ni estilo de vida y que durante décadas nos ha destruido un sinnúmero de vidas y hogares. Y mientras el mundo avanza investigando minerales en otros planetas, la cura del cáncer aún es un misterio que nos lleva a indagar en más de cuatro desalentadoras teorías que apuntan a aquellos que dominan el mundo. Quienes saben muy bien que cuando la enfermedad aparece, asumir resulta irrelevante para cualquiera. Sólo queda actuar con lo que se tenga a mano antes que ésta se propague.

Como posible cura pero con un altísimo nivel de riesgo, nuestro valiente amigo se somete a un transplante de médula ósea donada por su propia hermana y con mucho sosiego y paciencia, logra recuperarse durante casi seis meses. Lamentablemente una enfermedad tan devastadora y traicionera como lo es el cáncer, que justo cuando cantas victoria regresa más fuerte y sin piedad alguna, se nos lo llevó de nuestro lado, de nuestro día a día, de nuestra música y de nuestras aventuras, de forma crónica, precipitada y para siempre. 
Quizás el ser testigos del insoportable escenario por el que tuvo que pasar, sobre todo en su última etapa de lucha, nos indica que dejarlo ir en paz era lo mejor que le podía suceder.  Quizás nos alivie el hecho de que si hay alguien que en esta vida hizo absolutamente todo lo que quiso cuando quiso, fue Ricardo y que lo mejor es recordarlo así, libre, alegre, sano, apasionado e intenso con sus caprichos. Tan épico como el Metal, tan glorioso como el ritual vikingo de quemar el Drakkar para inmortalizar el espíritu del viaje. 
Cada quien tendrá su manera de manejar un episodio tan doloroso como éste, lo cierto es que se nos ha ido un ser humano irremplazable, un amigo con virtudes y defectos como todos pero que tuvo un corazón suficientemente grande para compartírselo, sin límites, a quien se le cruzara en frente.   

Ahora Peluca se reune con Camacho, Germi, Papo que se le adelantó tan sólo unos meses y todos nuestros grandes héroes que se han ido a ese otro plano, convertidos de inmediato en frecuencias y notas musicales que al escucharlas nos harán recordarles con cariño, reiterándonos que la vida, más que corta es impredecible y hay que vivirla a plenitud mientras podamos.  

Yo aquí, con el alma hecha un pozo de memorias revueltas, rescato los momentos más valiosos de nuestra historia y regreso al barrio que nos vio crecer. Estacionado, mirando a la gente pasar desde la ventana de mi carro, revivo la estampa rebelde de aquel flaco, fulo, pelilargo. Una especie rarísima en nuestra mescolanza panameña.  

Descansa en paz, mi hermano.



EL CLIENTE SIEMPRE PIERDE LA RAZÓN

Año tras año, la compañía de telecomunicaciones a la que estoy suscrito me envía a la oficina un celular nuevo gratis y un contrato para renovar. Esta vez quise visitar una de sus tiendas para yo mismo escoger el celular que considerara conveniente. Aquí resumo el diálogo entre vendedor y cliente (yo).

- Buenas…

- Buenas, ¿qué se te ofrece?

- Vengo a renovar mi contrato y mi celular.

- Ok. ¿Te interesa algún modelo específico?

- Mira, la verdad es que estoy contento con este Blackberry… así que si me das uno igualito, cool.  Mi número es tal… mi cédula es tal…

El vendedor, con cara inexpresiva, apunta mis datos en su computadora, revisa mi historial telefónico en su pantalla y me comenta:

- Bueno, por tu consumo habitual, te llevas gratis un modelo parecido, sólo que el sistema de navegación es más avanzado. La cámara no es tan buena pero sus otras ventajas compensan.

- ...Mejor déjame ver el catálogo de celulares, de repente hay algún Android a buen precio que me interese.  Mi esposa compró uno con aplicaciones buenísimas.

El tipo coloca el catálogo sobre el escritorio y yo me quedo revisando detenidamente los modelos, comparando precios y especificaciones.  Le pregunto:

- ¿No tienen iPhones?

- No. iPhone no hay.  

Por mi profesión, conozco gente de peso en dicha compañía que me asegura que pronto lanzarán el iPhone a un percio regalado, pero el vendedor prefiere darme respuestas tajantes y definitivas, con un tono cada vez menos agradable.  Sigo analizando las ofertas y le digo:

- La verdad es que no me decido.  Quiero un celular que me divierta hasta que vuelva a renovar mi plan el otro año. Mejor espero a que lleguen nuevos y que estos bajen de precio…

El vendedor no aconseja, no propone, no emite sonido alguno. Sólo mira su pantalla con indiferencia y de reojo manda una señal de que ojalá me largue pronto. Unos modelos en el catálogo me llevan a hacerle una última pregunta:

- Oye, ¿por qué este celular vale cien dólares y este otro cuatrocientos? Se ve más sofisticado, más moderno,  pero en "pifias" son casi iguales.

- Vale cuatrocientos porque tiene más memoria.

- ¿Memoria? Pero eso para mi no es tan importante. Creo que el de cien dólares me sale mejor entonces.

Al ver que yo prefería el modelo más barato, el vendedor me da su brillante y profesional opinión.  No sé si intentaba convencerme de algo, pero con tono burlesco y patán, me advierte:

- Digo, si te veo por la calle con el de cien dólares... yo diría que no te alcanzó la plata para llevarte el otro.

"No te alcanzó la plata para llevarte el otro".  Esa fue su conclusión.  Por unos segundos me quedé congelado, confundido, mirando fíjamente al grandísimo anormal que tenía en frente. Qué karma.  Sin exteriorizar mi rabia le respondí:

- Entiendo. Si soy una persona práctica y senzata me llevo el más barato… Si soy un pobre wannabe, un vil fantoche, me llevo el de cuatrocientos palos... ¿esa es tu forma de verlo?  Sabes qué, dame mi Blackberry gratis.

El tipo se levanta, busca un montón de papeles indicando con gestos sutiles que le hice perder su valioso tiempo. Al regresar a su silla me dice:

- Qué va. Ahorita no tenemos ese modelo. 

- Bueno, dame tu nombre y un número para saber si les llegó y no venir por gusto.

-No. Tranquilo. Nosotros te llamamos.  Hasta luego.  ¡El próximo!...

El vendedor me despachó y por ahi mismo me dio la espalda. Sólo le faltó soltarme un “dale alante”.  Indignado, saqué mi celular y por chat le envié a mi mujer el emoticon de la carita roja emputada.  Ni di las gracias ni me las dio nadie. Su forma de valorar mis 14 años de lealtad a dicha empresa fue diciéndome “ya vete y no regreses, eres muy necio y aparte pareces andar limpio”.  


Hasta el día de hoy no he recibido noticia de mi nuevo celular así que, dentro de mis posibilidades, sólo me queda denunciar este despreciable episodio. Delirando múltiples venganzas quizás les haga llegar esta nota para que la peguen en algún tablero de corcho, a ver si, aunque sea por un instante, les interesa prestar verdadera atención a sus clientes.  En fin...


Hay momentos en los que siento que soy un imán para el mal servicio. A veces intuyo que es porque el panameño se guía mucho por ese principio tan retrógrado que dice: "como te ven te tratan" y como yo siempre ando vestido informal, pues me tratan sin formalidad alguna.
Sabrá dios. De igual forma, cada vez que comparto con alguien las pésimas experiencias que he tenido, casos peores terminan opacando a los míos. 


Con tanto negocio aparenciendo, seguimos a merced de un montón de mediocres, ingratos y desubicados que al parecer no aprecian su trabajo y que juran que te están haciendo un enorme favor con algo tan básico como atenderte bien.  ¿Qué nos hará falta? ¿Un desastre natural? ¿Una guerra?  ¿Una crisis económica, de esas que han puesto de rodillas a países más desarrollados que el nuestro?  Por más trágico y pesimista que suene, todo parece indicar que hasta que no vivamos un sentimiento de pérdida devastador que nos estremezca como nación, jamás dejaremos de dar por sentadas las oportunidades que nos presenta nuestra realidad socioeconómica. Sólo entonces nos interesaremos en cumplir de verdad con lo que supuestamente somos: Un país de servicio.  Si no, dejémosle el trabajo a otro con mejor actitud.



TE LO DIJO EL THRASH METAL


“Thrash” significa azotar, dar una paliza, mientras que “Trash” sin hache, significa basura. Por si las moscas… que estas moscas vuelen sobre la basura y no sean azotadas por el matamoscas de la ortografía y la metáfora musical.


Los que vimos nacer el Thrash Metal, crecimos en sus años de gloria, lo vimos desvanecerse con el auge del Grunge noventero y resucitar más fuerte que nunca en esta era de la anarquía cibernética, sabemos que el sonido clásico del Thrash podría definirse como una mezcla entre la agresividad del Hardcore Punk y la destreza instrumental del Heavy Metal.   Con los años, este estilo tan pesado y agitador se convirtió en gran influencia para la música underground mundial, dando paso a la creación de nuevos sub-géneros y alcanzando los más altos estándares de calidad de producción, tanto de grabaciones en estudio como de presentaciones en vivo.


Aparte de eso, a todo Thrasher  le es clara la temática que estos músicos solían y suelen abordar a nivel de lírica:  guerras, religión, tiranía económica, corrupción política, manipulación de las masas, racismo, genocidios, conspiraciones, "el nuevo orden mundial", etc. Todas esas teorías y posturas distópicas que cuestionan las normas sociales, que desnudan la doble moral y perversión humana a través del tiempo y en ciertos casos, que desmitifican la grandeza del sueño americano, eran plasmadas por estas agrupaciones, con una musicalidad tan precisa como violenta. 
Claro que, como cualquier forma de arte, en los discos de Thrash también se tocaban temas muy variados, basados en fuentes igual de diversas: Películas y libros de culto, biografías, ocultismo, muerte y terror, fantasía, filosofía, mitología, aliens, zombies, superhéroes, sucesos históricos y asuntos personales del artista en general.  

Obviamente en aquellos años (sin acceso inmediato a Internet ni a tantas otras cosas) no a todo quinceañero le parecía cool echar a un lado la farándula social y pasarse el día entero junto a sus amigos escuchando, apreciando y decifrando las curiosidades que intentaban comunicar aquellos grupos, pero a mi juicio cualquiera que se detuviera a estudiar su contenido lírico podría considerar a sus integrantes rockeros muy ilustrados y con mucha conciencia social.  Lo último lo digo porque aparte de los temas antes mencionados, también solían hablar -y bastante- sobre uno de los temas favoritos en nuestra cultura popular: La moda verde.  La protección al medio ambiente y al ecosistema (cosa que también se ha vuelto el gancho de marketing más sopeteado para vender cualquier cosa).

Sabemos que la movida ambientalista-artística viene de décadas anteriores a la que aquí describo pero fue esta generación de metaleros inconformistas la que a mi me enseñó, entre otras muchas lecciones, lo que ocurre cuando le pellizcas la nalga a la Madre Naturaleza.  Entre los ejemplos más sobresalientes, la banda alemana Kreator nos narraba de forma descriptiva los inevitables desastres del calentamiento global en su canción “When the sun burns red” (1990). Testament, de San Francisco, nos hablaba del efecto invernadero en “Greenhouse Effect” (1989). Nuclear Assault, de Nueva York, desde 1986 satirizaba las amenazas de la energía nuclear con títulos como “Game Over”, “Survive” y “Handle with Care” (el último refiriéndose al planeta).   Slayer lo cantó en “Chemical Warfare” (1984), Sodom en “Nuclear Winter” (1987),  Exodus en “Fabolous Disaster”(1989). Así mismo Megadeth, Anthrax, Overkill…y por supuesto, los padres del Thrash, Metallica, nos dieron un fuerte garnatón con su trágica obra “Blackened” (1988).    

Lo que estos grupos musicales, algunos aún vigentes, nos han venido advirtiendo desde hace casi tres décadas a punta de gritos, guitarras punzocortantes, ritmos biomecánicos, bajos demoledores y “headbanging”, muchos lo visualizábamos como eventos de ciencia ficción que ocurrirían en un futuro muy lejano. Lo cierto es que aquel futuro resulta ser hoy y ya sea por ciclo natural o por intervención humana, la Tierra se está rascando fuertemente de esta alergia cancerígena llamada Homo Sapiens.
Las grandes catástrofes son cada vez más constantes (al menos así nos indican las telecomunicaciones), los medios no dejan de alarmarnos con programas dedicados a un fin del mundo cercano, los días son cada vez más cortos, el sol cada vez más ardiente, los cambios climáticos cada vez más drásticos, las potencias y multinacionales no parecieran alinearse en sus cumbres para resolver nada y no veo ninguna invasión extraterrestre con ánimos de salvarnos. Después de 160,000 años, aparentemente ahora sí estamos jodidos.  Finalmente llegó la solución definitiva a todos nuestros males: el exterminio total de nuestra especie. 

Toda esta crónica apocalíptica me hace pensar que a través de la Historia ha habido cataclismos de todo tipo, sin industrias contaminantes, sin negocios depredadores y sin instituciones religiosas.  Sabiendo esto, me pregunto ¿a quién se le culpaba y a quién se le rezaba?  Sabrá dios cuál era el zeitgeist  del momento.  Yo sólo sé que en vez de seguir interpretando analogías en libros sagrados, notas de Nostradamus, discursos trillados de nuevos profetas, jeroglíficos o cualquier calendario ancestral más avanzado que nuestros cálculos modernos, mejor repaso aquellas estrofas y coros de mis grupos favoritos para ver en cuántas cosas fallamos.   Si volemos al polvo, espero quedar en la misma pila de abono de gente agradable y así empezar contento un nuevo ciclo evolutivo, a ver si esta vez aprendemos a convivir mejor. De cualquier manera, mientras la Tierra nos sigue azotando, fomentando gradualmente un último mosh, masivo y de escala global...  ¡qué viva el fuckin' Thrash!




jueves, 18 de agosto de 2011

PECHA KUCHA



Finalizando el 2010, tuve la oportunidad de participar en la cuarta edición de Pecha Kucha Nights, Panamá.  Si no les suena, Pecha Kucha es un evento que nació en Tokyo, Japón y que hoy se realiza en más de 300 ciudades del mundo, en el que se imparten charlas informales pero a la vez creativas sobre temas diversos.  Usualmente tanto los expositores como la audiencia es gente vinculada al diseño, la arquitectura, la fotografía, el arte y otros campos de la creatividad, sin excluir a quien le provoque disfrutar del evento.   Aunque mucho de lo que se presenta son portafolios y trabajos profesionales, este espacio también se ha prestado para exponer temas de interés general: anécdotas personales, proyectos estudiantiles e investigativos, pasatiempos, colecciones y cualquier otra curiosidad con potencial para compartirse de forma amena.  Lo que realmente hace que estas charlas sean diferentes y entretenidas es su formato: cada participante debe exponer su tema en 20 slides proyectados en una pantalla gigante y sólo cuenta con 20 segundos para explicar cada slide. Todo corrido, sin pausas ni retrocesos.  Con esta dinámica 20x20, cada charla dura exactamente 6 minutos con 40 segundos, lo que hace que algunos expositores se queden cortos de tiempo mientras que a otros les sobre. La verdad es que es todo un reto hasta para el más elocuente.  No es fácil dominar el escenario frente a tantos espectadores, esperando atentamente el siguiente tema a contarse de forma rápida, clara, concisa y de ser posible, divertida.  Si le buscáramos una analogía, para mi Pecha Kucha es sin duda, “el Pictionary de las charlas”  pero aunque hasta cierto punto pareciera un jueguito, este formato lo están utilizando algunas empresas como base para sus presentaciones.
En mi caso, los organizadores me sugirieron exponer algo relacionado a mi trayectoria como columnista en Blank. Así que me tomé el trabajo de escoger 20 de mis mejores columnas, diseñarles en Photoshop sus respectivos slides y describirlas esa noche, una por una. 
Al igual que este blog, “Notas Neuróticas” le llamé a mi exposición ya que el proceso que conlleva inspirarme para abordar cada tema, profundizarlo y redactarlo con cierta gracia -todos los meses-  es síntoma evidente de algún trastorno mental.  
La cosa es que no me preparaba tanto para hablar en público desde una poesía que recité en quinto grado. Ni como publicista, ni como músico, ni como deportista me había enfrentado a tal prueba y aunque había repasado mis líneas, cronómetro en mano, sabía que al llegar mi turno la cosa iba a ser completamente distinta. 
Y así llegó el momento. El anfitrión menciona mi nombre de forma efusiva, la gente aplaude entusiasmada esperando ver al próximo charlatán a exhibirse. Yo voy decidido, con cuatro whiskys y medio encima para aplacar los nervios, el público me sigue con la mirada y finalmente subo a la tarima  a merced de lo incierto, de lo que pudiera pasar en los próximos minutos a penas le dieran play a mi presentación.  Micrófono en mano, recordé que lo que empieza mal termina mal, así que de salida no podia cagármela pero ya no quedaba tiempo para pensar en nada. Tan sólo quedaba soltarles ese guión que desde hace días venía memorizando con precisión absoluta. Tirárselos como quien se tira loma abajo en una bicicleta sin frenos, sabiendo que dos cosas podrían pasar: o la velocidad te permitía lucirte con un salto espectacular o simplemente perdías el control y te sacabas la mierda, quedando como un grandísimo chambón.
 “Buenas noches...muchas gracias”. Pasaron mis 6 con 40 y al final todo salió muy bien. Al parecer les gustó.  Para mí pudo ser mejor. Sentí que pude darle con más calma. Pero eso sólo lo sé yo que practiqué mil veces este ejercicio creativo tan intenso como efímero y que te obliga a hacer la tarea como nunca antes. Algunas amistades para darme apoyo moral, me aseguraban que lucía confiado, lo cierto es que allá sudaba como paletero al medio día y tragaba litros de saliba para modular sin que se me enredara la lengua. No es nada cómodo escuchar tu voz  temblorosa y tu respiración acelerada saliendo altisimo de unas bocinas que no sabes donde se encuentran, mientras varias cámaras te filman para subirte a la web y de reojo logras ver los dos pisos del teatro llenos, en silencio, prestándote completa atención. Igual, sin vértigo que me detuviera, me aventé en el Pecha Kucha y por suerte caí bien parado.  Hasta quedé con ganas de darle de nuevo.  Esta vertiginosa experiencia junto a otras tendencias actuales de la comunicación, desplegadas en redes sociales, chats, blogs, etc. nos muestran el ritmo y los estándares de información con los que nos gusta interactuar, compartir y entretenernos.  Partiendo de eso, después de tantas ediciones y de buscarle tantos giros a mis escritos, a veces quisiera que este espacio fuera más corto. Lo cierto es que tal como ha sido siempre, me permitió hablar en Pecha Kucha de mis columnas en Blank y en Blank de mis columnas en Pecha Kucha.



OZZY HOY Y SIEMPRE

La semana pasada me casé y de regalo de bodas mi hermana
y uno de mis mejores amigos -ambos promotores de artistas y espectáculos -
me concedieron el honor de dirigir la conferencia de prensa de Ozzy Osbourne en Panamá, previa a su concierto a realizarse esta misma noche.  Esto implicó darle la bienvenida a nuestro país,  comentarle un poco sobre la fanaticada local, cederle el turno a distintos periodistas para que le realizaran preguntas y despedir el evento.  Al final este cordial recibimiento al Príncipe de las Tinieblas se sintió más como un conversatorio en el que compartimos de forma agradable con esta leyenda viviente del rock pesado. 
Aparte, no hubo preguntas pendejas de esas que bien podría responder Wikipedia, ni comentarios chogorros que nos dejaran como la aldea dolarizada que a veces podemos ser. Unas semanas antes de este suceso tan valioso para mi, ya había entrevistado a Ozzy por teléfono pero sólo contaba con 15 minutos para hacerlo y a los 10 la llamada se cortó.  Esta vez sí fue en persona. Durante largos minutos me estaba prestando completa atención el auténtico y único Padrino del Metal y al mirarle, mi mente reproducía un sin fin de escenas a lo largo de mi vida.
En la escuela un par de amigos tenían hermanos mayores. Estos “viejos” fueron los responsables de mostrarnos los primeros viniles de Ozzy y de engancharnos con el Heavy Metal de la época.  Eran días en que nos juntábamos a hojear las pocas revistas de rock que aquí se vendían, cuyas páginas terminaban recortadas y pegadas en las paredes de nuestros cuartos.  Desde varios de esos posters, Ozzy nos miraba con esa imagen de psicópata endiablado que sólo él sabe proyectar, la misma que hizo que en los 80s nuestros padres nos llevaran a varias charlas cristianas contra el rock satánico.  Irrisoriamente todavía hoy su estilo de vida pareciera perturbar a muchos.  En fin... nosotros a los 9 años nos la pasábamos escuchando aquellas tonadas a todo volúmen, fingiendo tocarlas con raquetas de Tennis y latas de Meneítos, mientras esperábamos ansiosos que Mtv pasara el video de Bark at The Moon para capturarlo en el Betamax.   Un amigo se amarraba una toalla de capa y se colocaba unos colmillos de vampiro, de esos de plástico que aún venden en Gran Morrison y empezaba a cantar Mr. Crowley, usando de micrófono un tubo de papel higiénico.
Un verano, a mi vieja se le ocurrió llevarnos a Miami, justo cuando acababa de salir el Ultimate Sin.  Qué placer irte de shopping cuando lo que sobraba en cualquier discotienda era buen rock (contrario a la chatarra musical que hoy abunda). Así que salí del mall con aquel cassette, cuyo single Shot in the Dark era transmitido constantemente en Mtv gringo.
Al año siguiente, unos primos me enseñaron algunos temas en guitarra, entre ellos Crazy Train. Me pasé todas mis vacaciones practicando las poderosas melodías del difunto Randy Rhoads y de Jake E. Lee, hasta que mis dedos se estiraran lo suficiente para sonarlas parecido.  Con ese par de  canciones -aprendidas a medias- entré a mi primer grupito de rock. En el ‘87 no sólo era un dilema intentar tocar bien siendo un enano, qué lío era también ahorrar cada centavo para comprar cualquier chéchere relacionado a nuestra música, desde un cassette en blanco hasta un t- shirt imitación, comprado en Deportes Henry donde te imprimían adelante alguna portada borrosa de Black Sabbath y atrás, alguna gira de Iron Maiden.
Poco después fuimos skaters y aunque nuestro gusto musical se había vuelto más agresivo, el No Rest for The Wicked, estrenando a Zakk Wylde, nos pegó durísimo.  Me parece estar cantando Miracle Man, recordando el escándalo del infame Jimmy Swaggart quien tanto nos condenó al infierno, cuando llegó la Invasión.  Se fue Noriega y los 90s me trajeron el No More Tears y a un montón de nuevos amigos que tocaban magistralmente cualquier canción de Ozzy. Con ellos he seguido birriándolas cada vez que puedo. 
Ya con la Internet pudimos bajar cada nuevo disco y cada presentación en vivo;  vimos ir y venir a cada integrante y despedimos para siempre al gran Randy Castillo.   Así mismo lo vimos sucumbir, a él y al género musical que fundó hace 4 décadas, hasta que con el apoyo de su inseparable Sharon y en resistencia al dominio del rock alternativo norteamericano, organizó el grandioso Ozzfest.  
En la década pasada no vi muchos capítulos de The Osbournes en TV, pero pude asistir a varios Ozzfests impresionantes, en los que vi a decenas de bandas de primer nivel, incluyendo al Sabbath original reunido.  Si de rock se trata, qué privilegios se me han dado.  No dejo de agradecer por cada uno de ellos. Indudablemente Ozzy forma parte del soundtrack de mi vida y sólo con darle play a sus discos puedo revivir cada momento que aquí he descrito.  Pero no vivamos del recuerdo, mejor disfrutemos del presente y antes de que el Madman patee el balde, presenciemos como hoy, el mismísimo Ozzy Osbourne, nos hace rockear más duro que nunca.