Hasta cierta edad yo no era de viajar mucho. Salvo un exilio político en los 80s, un par de visitas a familiares que incluían la clásica ida a Disney World, mis últimos años de secundaria
en los 90s y una que otra “gira rockera”, nunca usé mi pasaporte con la constancia de
la gente común para ir a sitios comunes. De vacaciones escolares me retiraba a mi casa en
Chiriquí y durante esos meses de diversión pueblerina jamás consideraba salir
del país. La verdad es que aquellos veranos campestres generaron en nosotros
suficiente apego como para anhelar cualquier otro trip. Para rematar, cuando pude aplicar sobrado a
alguna universidad extranjera, decidí quedarme estudiando en Panamá (entiéndase
estudiando
como tocando rock todas las noches). Aún así, en aquel tiempo, sin un centavo encima, sin
tarjeta de viajero frecuente y sin Internet, tuve suficiente inquietud y
referencias para saber que había mucho por descubrir más allá de nuestras
fronteras geográficas y mentales.
Así, con los años me llegaría la oportunidad de conocer nuevos horizontes y
absorber todo aquello que nuestra limitada cotidaneidad no lograba ofrecerme.
Tuve la suerte de trabajar en algo que me permitió viajar seguido a ciudades de Norte y Sudamérica y tomarme cierto tiempo para explorarlas. Guiado por simple curiosidad, siempre supe que calles, rutas y cervezas tomar y si me perdía, disfrutaba aún más de la desorientación, caminando sin rumbo, sin límites de distancia ni tiempo, apreciando la vibra del entorno, su arquitectura, su historia, su problemática, su gente, su ritmo y estilos de vida, comprobando lo que alguna amistad, algún medio de comunicación o mi propia intuición me pudo haber advertido.
Desde
entonces, me propuse viajar más para compensar tantos años sin hacerlo y en el
camino terminé con una medio española que por tradición le tocó recorrer el mundo entero. Un mundo del que todos siempre hablamos pero que comprende
todo un abecedario y no sólo la S acostada que dibuja Panamá
geográficamente. Y es que aunque
no hay mejor lugar que nuestra casa y aunque nuestro pequeño gran país, con sus
privilegios –naturales, económicos y familiares- nos ofrece mayor comodidad y
conveniencia que otros, también carece de muchísimos factores interesantes que
da gusto asimilar, que nos nutren a nivel cultural y que en otras sociedades abundan.
Y aunque todos los lugares por perfectos que parezcan tengan sus desventajas,
dependerá del interés y las prioridades de cada quien irse a buscar lo que más
le llene, sea de visita o para establecerse. Lo cierto es que con 5 continentes
las posibilidades son infinitas.
Para
mi, qué grande es largarme y encontrar una oferta de ocio ilimitada, a veces
gratuita, que haya gente para cualquier movida y que aquellos que no compartan
tu misma sintonía no tengan que ser parte inevitable de tu panorama. Qué
sabroso es encontrarme en sitios de clima agradable, donde sobra la gente
agradable que produce cosas agradables. Gente guapa que se te acerca para
conocerte y pasar el rato contigo, cuyo equivalente, según nuestros códigos
panameñorros, serían esos pretenciosos que buscando medir tu estatus te
preguntan: y tú, ¿con quién parqueas?.
Con idiosincrasias tan distintas aprovecho también para señalar a aquellos que viajan bastante pero dejan su mente estancada aquí. Si bien todos llenamos el checklist básico del turista básico (la foto aquí, la comidita acá, el shopping acá…) es común encontrarse compatriotas quejándose de que en grandes ciudades "no eres nadie", como si aquí fueran importantísimos. Repitiendo cosas tan cuestionables como que “si allá te caes en la calle, nadie te levanta” y no notan que peor indiferencia pueden encontrar en su propio barrio. Acusando de comemierdas a ciertas nacionalidades, a veces sin fundamento alguno, ciegos a su propia pedantería y complejos. Y después de todo ¿qué importa si en ciertos lugares la gente es fría?. Suficiente calor uno pasa aquí para quejarse también de ese contraste. Estos casos sólo reiteran que el bienestar siempre será relativo: para quienes gozan del anonimato, volverse invisibles en una gran urbe resultará fantástico. Mientras que para ciertas “celebridades” resultará insoportable sentirse poco determinados.
Bien dice el refrán: Puedes sacar a la cabra del monte, pero no al monte de la cabra. Pues para mi se refiere más a esas actitudes cabreantes que a cualquier otra cosa.
Así lo
he visto y así cuentan quienes han vivido afuera, incluso quienes padecieron de
alguna depresión invernal producto de la lejanía con nuestro pueblo chico/infierno grande, en el que
hay que saber convivir y en ocasiones aislarse para cultivar un criterio más
amplio de las cosas.
Escapemos
un rato de ese estándar citadino local, aparentemente moderno pero con
mentalidad provinciana. No auténticamente provinciana como en nuestro
pintoresco interior rural del que empecé hablando, sino esa mentalidad confundida, con delirios de
primer mundo, gusto de narco ostentoso y moral del tiempo de la inquisición,
tan retrógrada y fuera de lugar en otras latitudes.
Invirtamos en conocer más. En matar el ingenuo prejuicio local por una vision más cosmopolita. En ser, como dice Carlitos Méndez, ciudadanos del mundo. Busquemos la oportunidad de respirar otros aires. Experimentemos, comparemos y comprobemos que viajar es el único gasto que nos termina enriqueciendo.
Invirtamos en conocer más. En matar el ingenuo prejuicio local por una vision más cosmopolita. En ser, como dice Carlitos Méndez, ciudadanos del mundo. Busquemos la oportunidad de respirar otros aires. Experimentemos, comparemos y comprobemos que viajar es el único gasto que nos termina enriqueciendo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.