BUENAS PINTAS
Desde que empecé a beber a edades ilegales, me ha encantado la cerveza.
La economía de aquellos años te permitía hacer una vaca entre amigos igual de sedientos
y limpios que tú y comprar una caja de 24 botellas por 7 dólares con bolsa de
hielo incluida. Así me pasé la vida entera, refrescándome con la bien llamada
bebida de los dioses… el desayuno de campeones.
No importaba si visitaba el urinal mil veces o si todos se empachaban y
pasaban de cervezas a algún otro licor, si en la fiesta existía la posibilidad
de pintear indefinidamente, en eso me
quedaba yo. Mis fotos de adolescencia no me dejan mentir, menos esas en las que
sacábamos la panza y el dedo medio a quienes buscando estatus comenzaban a
empaparse en la fantochería del vino… y por su puesto a aquellos que a falta de
una vida tan placentera como la de cualquier cervecero, se mataban por sacarle
cuadritos al abdomen. Nosotros sólo deseábamos un tipo de six pack y nos orinábamos de la risa, literalmente, de que así fuera sobre
todo al bajarnos esas Lagers gringas de 40 onzas que algún amigo zonian nos trajera de su base.
Mis primeros sorbos me los dio mi difunta abuela de una lata que disfrutaba entre amigas. No sé si me convidaba para calmar mi hiperactividad pero aquellos buches de malta gaseosa alcoholizada me dejaron enganchado de por vida. En mis primeros carnavales, me escondía con un par de amiguitos detrás de la Iglesia del pueblo y entre todos nos bajábamos una “fría de la alegría” y era como haber probado la fruta prohibida del Edén pero sin un solo eructo de arrepentimiento. Para rematar, tuve familiares vinculados a la entonces Cervecería Nacional, así que durante años en mi casa esto fue nuestro pan líquido de cada día. Quién diría que aquel brebaje fermentado por los sumerios terminaría miles de años después llenando nuestra barriga y alegrándonos el corazón...
Mis primeros sorbos me los dio mi difunta abuela de una lata que disfrutaba entre amigas. No sé si me convidaba para calmar mi hiperactividad pero aquellos buches de malta gaseosa alcoholizada me dejaron enganchado de por vida. En mis primeros carnavales, me escondía con un par de amiguitos detrás de la Iglesia del pueblo y entre todos nos bajábamos una “fría de la alegría” y era como haber probado la fruta prohibida del Edén pero sin un solo eructo de arrepentimiento. Para rematar, tuve familiares vinculados a la entonces Cervecería Nacional, así que durante años en mi casa esto fue nuestro pan líquido de cada día. Quién diría que aquel brebaje fermentado por los sumerios terminaría miles de años después llenando nuestra barriga y alegrándonos el corazón...
Entre jarras de taberna y rompe-pechos
de cantina llegó la Internet y con ella el momento de viajar a nuevos
lugares buscando nuevas cosas. Conociendo sociedades mucho más amplias tanto en
tamaño como en mentalidad, pude aprender dos cosas que quizás ya asumía. La
primera, que no todos los conocedores del vino son tan pretenciosos y la
segunda, que existía un tipo de cervezas elaboradas en fábricas más pequeñas,
cuyas recetas eran distintas a las fórmulas que habíamos bebido siempre. Esa
noche en un pub de Miami, con varias Stouts encima, fresquitas de barril, no
sólo descubrí lo que era la cerveza artesanal on tap sino que también podías hacer cerveza en tu casa. Años después, un buen amigo que es ingeniero
químico terminó siendo mi vecino y hasta el día de hoy le agradezco aquella
visita con ese par de botellas de su primer batch
de homebrewing: una sabrosa Pale
Ale con más cuerpo, aroma y sabor que todos los diuréticos Lite que pude haber
probado en mi vida; elaborada bajo la ley de pureza cervecera y sus
ingredientes sagrados: agua, cebada, lúpulos y levadura. Así quedé
sumergido hasta el fondo del vaso en la pequeña gran movida del craft beer.
Con unos primos aprendí a cocinar cerveza y desde aquellos primeros
intentos fuimos viendo como esta revolución cervecera con una variedad de
estilos y sabores tan interesantes como ilimitados, se iba extendiendo en todo
el mundo hasta seducir incluso a las malas lenguas del mercado panameño,
liderado históricamente por las tipo Lager masivas, diluidas ahora por sus más
recientes dueños: las gigantes cervecerías multinacionales. Por esas buenas costumbres y tradiciones, no tengo nada en contra de las pintas que habíamos metido en
el cooler toda la vida, pero una vez tu paladar le coge el gustito a las
cualidades de las artesanales, en su diversidad de estilos, y entiende sus parámetros de apreciación, no hay
vuelta atrás.
Viendo la enorme comunidad de beer geeks que esto ha generado, para
muchos se tratará de una modita más. Pero aunque es claro que la cerveza
artesanal goza de gran popularidad en esta era en que lo manual, natural, independiente y honesto se
valora muchísimo, quienes le hemos rendido culto toda la vida sabemos que simplemente recuperó el lugar que siempre ha merecido en la oferta gastronómica global pero que por importantes motivos históricos la cerveza masiva, barata y homogénea fue la que marcó el estándar: bajo en sabor y variedad, alto en publicidad.
A los inconformes y audaces micro cerveceros estadounidenses, replantear las recetas tradicionales europeas y compartírselas al mundo entero, colaborando entre si para competir y defenderse de las mega-corporaciones, les tomó casi 40 años desde que Jimmy Carter legalizó el homebrewing. En otros países ha tomado 15 años desarrollar este nicho. En Panamá todo se destapó en tan sólo 3 años y esto apenas comienza. Ya tenemos micro cervecerías, brewpubs, importadores de marcas reconocidas, festivales cerveceros cada vez más concurridos y aficionados con suficiente convicción para que esto siga subiendo como la espuma. A pesar de todo esto, todavía nos falta incursionar en ciertas novedades que son comunes y muy rentables en otros sitios y que, a menos que el gobierno imponga alguna ley doble moralista y retrógrada que prohíba la cerveza por completo o que golpee con impuestos a los pequeños emprendedores locales, nos permitirán seguir agrandando ese pedazo del pastel que durante décadas, se bajaba entero con cervecitas aguadas. Por las buenas pintas…¡salud!
A los inconformes y audaces micro cerveceros estadounidenses, replantear las recetas tradicionales europeas y compartírselas al mundo entero, colaborando entre si para competir y defenderse de las mega-corporaciones, les tomó casi 40 años desde que Jimmy Carter legalizó el homebrewing. En otros países ha tomado 15 años desarrollar este nicho. En Panamá todo se destapó en tan sólo 3 años y esto apenas comienza. Ya tenemos micro cervecerías, brewpubs, importadores de marcas reconocidas, festivales cerveceros cada vez más concurridos y aficionados con suficiente convicción para que esto siga subiendo como la espuma. A pesar de todo esto, todavía nos falta incursionar en ciertas novedades que son comunes y muy rentables en otros sitios y que, a menos que el gobierno imponga alguna ley doble moralista y retrógrada que prohíba la cerveza por completo o que golpee con impuestos a los pequeños emprendedores locales, nos permitirán seguir agrandando ese pedazo del pastel que durante décadas, se bajaba entero con cervecitas aguadas. Por las buenas pintas…¡salud!
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.