Entre las sabias
decisiones que supo tomar mi viejo, el 24 de octubre del ‘75 me bautizó con 4
nombres: Noel Ernesto Rafael Ramón.
Noel como él. Ernesto
como él. Rafael como mi abuelo paterno –y por haber nacido el día de San
Rafael- y Ramón por no sé que otro disparate.
¡Ah! por San Ramón,
patrono de las embarazadas y de los nombres embarazosos.
Obviamente a penas pude me quité de encima todo ese exceso onomástico tan ridículo ya que nadie lo haría por mi: A mi padre le pareció genial atiborrar de datos mi ficha de nacimiento y complicar así todos mis trámites futuros.
Obviamente a penas pude me quité de encima todo ese exceso onomástico tan ridículo ya que nadie lo haría por mi: A mi padre le pareció genial atiborrar de datos mi ficha de nacimiento y complicar así todos mis trámites futuros.
Mientras que mi madre,
jamás creyó importante lo chistoso que esto sería para mi y para quien lo
supiera a través de los años, ya que todavía bromea en público con este temita
haciéndome sentir como si me hubiera cagado en los calzoncillos. “¡Dichosos los ojos que te ven
Noel-ernesto-rafael-ramón!”.
Por todas esas exhibidas que pasé al mostrar mi pasaporte, hoy soy yo el que se burla de aquella brillante idea que con tanta gracia supieron concebir.
Como buen cristiano que me hicieron, a Rafael y a Ramón los quemé vivos en nombre de dios. Cualquiera de estos dos me hubiera sonado agradable solito pero al juntarlos, sus erres corridas se terminaban enredando con Ernesto así que los borré sin remordimiento. Hoy desentierro sus restos como referencia para esta redacción tan bizarra.
Por todas esas exhibidas que pasé al mostrar mi pasaporte, hoy soy yo el que se burla de aquella brillante idea que con tanta gracia supieron concebir.
Como buen cristiano que me hicieron, a Rafael y a Ramón los quemé vivos en nombre de dios. Cualquiera de estos dos me hubiera sonado agradable solito pero al juntarlos, sus erres corridas se terminaban enredando con Ernesto así que los borré sin remordimiento. Hoy desentierro sus restos como referencia para esta redacción tan bizarra.
Para quedarme con algo de aquel extenso legado de mis progenitores, me dejé el segundo nombre. Y, digo, no es que Noel Ernesto me parezca encantador pero dos nombres es lo usual, considerando que Noel Sánchez ya de por si suena medio extraño. Noel es un nombre de origen francés mientras que Sánchez es de los cinco apellidos hispanos más comunes. Esta combinación no encaja ni en esa manía que tienen los chicanos de bautizar a sus hijos con nombre gringo y apellido latino (Alex Rodríguez, Mark González, Jessee Martínez, etc.). Es tan irregular que de los 500 millones de usuarios en Facebook me aparecen menos de 80 Noeles Sánchez, a los que de seguro algún gracioso también les habrá llamado “Papá Noel” o les habrá cantado algún villancico famoso. Cuánta ocurrencia me ha deslumbrado en la vida coño…
Seguido del Sánchez
suelo usar mi apellido materno, de Obaldía, honrando a esa parte de mi familia
que, por cosas del destino, fue la que me crió. No es que piense dejar el
Sánchez de Obaldía pegado como algunos apellidos criollos compuestos,
simplemente siento que le agrega carácter a mi nombre, aparte del respeto
genealógico ya mencionado.
Entiendo que Juan Pérez
quisiera destacarse siendo Pérez-Balladares y que José González quisiera
sobresalir siendo González-Revilla
pero ¿Noel Sánchez?... no veo la necesidad, por más fantoche que sea la
sociedad en la que vivo.
Y aunque el
rimbombante de Obaldía represente la mitad de mi carga cromosómica y me haga
sonar menos genérico, al final soy un Sánchez más. Tan Sánchez como Hugo y como
Martha; sin cambiarlo a Sánz como Alejandro y sin sumarle Vicario como Aranxa.
Sánchez conozco a
varios: Rafa, Luis, Josesito, Carlos, Rodrigo, Jaime, Iván, Vanessa, Adriana,
entre otros tan comunes como el sentido común que deberías tener para ponerle a
tus hijos un nombre de pila sencillo y eufónico para que lo lleve contento el
resto de sus días, más aún sabiendo que alguno te puede salir problemático,
ingrato y con gustos distintos a los tuyos.
A mi me tocó el que me
tocó y aunque Noel suena a seudónimo, algunos amigos decidieron hacerle
variantes que con el tiempo se volvieron mis apodos. El que más utilizan es
Noels (a veces pronunciado ‘No-els’, a veces ‘Nouls’), Noelio y Noelius,
Knowell y Neelz (‘Nils’), Noelillo, Noelsillo, Noelinho entre otros más raros
aún. Tampoco escapé de Not
Him (No Él en inglés), de Elnó (Noel al revés), de complementos como
“Gallagher” (el Noel de Oasis) ni de mi suegro, que a seis años de conocerme,
aún me llama Yoel.
Noel…se distingue, pero
-con el perdón de mis tocayos- no llamaría así a mi descendencia a menos que
viviera en el Polo Norte y me apellidara Blanc. Mucho menos le clavaría más de
un nombre, salvo que viviera en Salzburgo en el Siglo 18 y me saliera músico
como Johannes Chrysostomus Wolfgangus Theophilus Mozart, alias Amadeus. O quizás si fuera africano y me saliera
basketbolista como Dikembe Mutombo Mpolondo Mukamba Jean-Jacques Wamutombo, el
legendario Dikembe Motombo.
Pero bueno, ya son 37
años de ser Noel Ernesto Sánchez como mi padre, de Obaldía como mi madre, y la
verdad es que así me ha ido bien en lo que me he propuesto: Desde ganarme la
vida hasta casarme con una española que compagina conmigo hasta en el
nombre. Así me conocen y así
moriré;
sólo espero que en mi
epitafio quede escrito algo “short but sweet”.
Para garantizar esto, cuidado y desaparece Ernesto, igual que se fue Rafael, igual que se fue Ramón, igual que se fue el autor de esta maldad tan larga como original: Yo no, él.
Para garantizar esto, cuidado y desaparece Ernesto, igual que se fue Rafael, igual que se fue Ramón, igual que se fue el autor de esta maldad tan larga como original: Yo no, él.
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